El misterio de Cristóbal Colón
Publicado 2006/01/31 00:00:00
- REDACCION
La historia oficial afirma que Cristoforo Colombo nació en 1451 en Génova, Italia, hijo de un comerciante de maderas llamado Domenico Colombo y Susana Fontanarossa.
El próximo 20 de mayo se cumplirán quinientos años de la muerte de Cristóbal Colón. La vida y la muerte del Almirante están rodeadas de misterio. Algunos investigadores inscribieron a Colón en la familia Colombo, luego se supo que el apellido original era Collone.
En 1462 el navegante usó otro apellido al asociársele con el sanguinario pirata ligur Vincenzo Colombo, que en 1492 acabó en el patíbulo. Luego se localizó en los archivos genoveses a un Domenico Colombo, tejedor, padre de un Cristóforo, lanero, y sobre esta base construyeron una genealogía que les permitió confeccionar la biografía del Almirante. Esos orígenes permanecen oscuros todavía.
Cuando Cristóbal Colón se hallaba próximo a expirar, el 20 de mayo de 1506, en Valladolid, no sospechó seguramente que sus restos emprenderían un trashumante peregrinar, casi tan movido como el de las múltiples expediciones que emprendiera en vida. Tan pronto ocurrió el deceso, sus restos fueron inhumados en la capilla del Duque de Medinaceli en el convento de San Francisco, en el propio Valladolid. Tiempo después los despojos fueron trasladados a Sevilla y enterrados en el monasterio de Santa María de las Cuevas.
Se sabe que en el lapso en que sus despojos estuvieron enterrados en Sevilla hubo una gran inundación del Guadalquivir que posiblemente haya revuelto y afectado la autenticidad de la osamenta. En 1536, Luis Colón, nieto del Gran Almirante, reclamó los despojos enterrados en Sevilla para depositarlos en Santo Domingo.
Para ello fue necesaria una cédula del Rey que finalmente se obtuvo y, probablemente entre 1537 y 1540, Cristóbal Colón regresó a América y una urna con sus despojos fue instalada en el presbiterio de la recién concluida Catedral Metropolitana, junto a la de su hijo Diego.
Monseñor de la Cueva refiere, en 1667, que al realizar obras de ampliación del presbiterio halló los restos de Colón "sin que tuviésemos noticias antes de que los había". Los depositó en una urna nueva, dijo una misa solemne y volvió a sellar la huesa.
En 1795, por el Tratado de Basilea, España se vio obligada a ceder a Francia la parte occidental de la isla de Santo Domingo. La resultante inestabilidad motivó que, a finales de ese año, las reliquias colombinas fuesen exhumadas y trasladadas a La Habana en el navío San Lorenzo. Según algunos historiadores, no se halló constancia física ni documental alguna de que los restos fuesen efectivamente los de Colón.
Aquellas cenizas fueron destinadas a la Catedral de La Habana y, después que las dignidades ecleciásticas le dieran ingreso, se cantaran los cánticos usuales para la ocasión y el presbítero José Agustín Caballero pronunciara el panegírico, se las guardó bajo llave en un nicho del presbiterio.
En 1812 el Duque de Veragua, descendiente de Colón, reclamó el regreso de los restos a Santo Domingo pero la incierta situación política condujo a la desatención del requerimiento. El obispo Espada realizó obras de ampliación de la Catedral en 1822 y en esa ocasión se extrajo un ataúd señalado en su tapa con la inscripción: "Aquí yacen los huesos de D. Cristóbal Colón Primer Almirante y Descubridor de las Américas".
Al abrir de nuevo la urna fueron depositadas, junto a las cenizas, la constitución de la monarquía española y una medalla conmemorativa.
En 1877 se produjo en Santo Domingo el hallazgo de unos despojos que fueron tenidos -por los dominicanos-, como los auténticos del Almirante, estimándose que los enviados a La Habana habían sido los de su hijo. Se generó entonces un debate entre historiadores y antropólogos, conocido como "El dilema de los dos sepulcros".
Para colmo de aventuras en 1898, al perder España la última de sus colonias de América, se dispuso que las supuestas reliquias del Almirante regresaran a España. Al abrir, una vez más, la urna hallaron un hueso de unos diez centímetros de largo y mucha ceniza gruesa, en lugar del polvo fino que algunos suponían. Colón volvió a su sitio de origen, a Sevilla, en cuya catedral se mantiene hasta hoy.
Todo este peripatético juego ha sido cuidadosamente consignado por el historiador Eusebio Leal en una conferencia que pronunciara en un Encuentro Colombino, efectuado en Sevilla en 1988. Alejo Carpentier cita en su novela El arpa y la sombra al conde Roselly de Lorgues para quien "Colón fue un santo; un santo ofrecido por voluntad del Señor allí donde Satanás era rey". Si ello fuere cierto, Satanás se ha vengado sobradamente con esta revoltura de huesos, y la consiguiente confusión de despojos, que ha condenando a perpetuo vagar al alma del Descubridor de América.
En 1462 el navegante usó otro apellido al asociársele con el sanguinario pirata ligur Vincenzo Colombo, que en 1492 acabó en el patíbulo. Luego se localizó en los archivos genoveses a un Domenico Colombo, tejedor, padre de un Cristóforo, lanero, y sobre esta base construyeron una genealogía que les permitió confeccionar la biografía del Almirante. Esos orígenes permanecen oscuros todavía.
Cuando Cristóbal Colón se hallaba próximo a expirar, el 20 de mayo de 1506, en Valladolid, no sospechó seguramente que sus restos emprenderían un trashumante peregrinar, casi tan movido como el de las múltiples expediciones que emprendiera en vida. Tan pronto ocurrió el deceso, sus restos fueron inhumados en la capilla del Duque de Medinaceli en el convento de San Francisco, en el propio Valladolid. Tiempo después los despojos fueron trasladados a Sevilla y enterrados en el monasterio de Santa María de las Cuevas.
Se sabe que en el lapso en que sus despojos estuvieron enterrados en Sevilla hubo una gran inundación del Guadalquivir que posiblemente haya revuelto y afectado la autenticidad de la osamenta. En 1536, Luis Colón, nieto del Gran Almirante, reclamó los despojos enterrados en Sevilla para depositarlos en Santo Domingo.
Para ello fue necesaria una cédula del Rey que finalmente se obtuvo y, probablemente entre 1537 y 1540, Cristóbal Colón regresó a América y una urna con sus despojos fue instalada en el presbiterio de la recién concluida Catedral Metropolitana, junto a la de su hijo Diego.
Monseñor de la Cueva refiere, en 1667, que al realizar obras de ampliación del presbiterio halló los restos de Colón "sin que tuviésemos noticias antes de que los había". Los depositó en una urna nueva, dijo una misa solemne y volvió a sellar la huesa.
En 1795, por el Tratado de Basilea, España se vio obligada a ceder a Francia la parte occidental de la isla de Santo Domingo. La resultante inestabilidad motivó que, a finales de ese año, las reliquias colombinas fuesen exhumadas y trasladadas a La Habana en el navío San Lorenzo. Según algunos historiadores, no se halló constancia física ni documental alguna de que los restos fuesen efectivamente los de Colón.
Aquellas cenizas fueron destinadas a la Catedral de La Habana y, después que las dignidades ecleciásticas le dieran ingreso, se cantaran los cánticos usuales para la ocasión y el presbítero José Agustín Caballero pronunciara el panegírico, se las guardó bajo llave en un nicho del presbiterio.
En 1812 el Duque de Veragua, descendiente de Colón, reclamó el regreso de los restos a Santo Domingo pero la incierta situación política condujo a la desatención del requerimiento. El obispo Espada realizó obras de ampliación de la Catedral en 1822 y en esa ocasión se extrajo un ataúd señalado en su tapa con la inscripción: "Aquí yacen los huesos de D. Cristóbal Colón Primer Almirante y Descubridor de las Américas".
Al abrir de nuevo la urna fueron depositadas, junto a las cenizas, la constitución de la monarquía española y una medalla conmemorativa.
En 1877 se produjo en Santo Domingo el hallazgo de unos despojos que fueron tenidos -por los dominicanos-, como los auténticos del Almirante, estimándose que los enviados a La Habana habían sido los de su hijo. Se generó entonces un debate entre historiadores y antropólogos, conocido como "El dilema de los dos sepulcros".
Para colmo de aventuras en 1898, al perder España la última de sus colonias de América, se dispuso que las supuestas reliquias del Almirante regresaran a España. Al abrir, una vez más, la urna hallaron un hueso de unos diez centímetros de largo y mucha ceniza gruesa, en lugar del polvo fino que algunos suponían. Colón volvió a su sitio de origen, a Sevilla, en cuya catedral se mantiene hasta hoy.
Todo este peripatético juego ha sido cuidadosamente consignado por el historiador Eusebio Leal en una conferencia que pronunciara en un Encuentro Colombino, efectuado en Sevilla en 1988. Alejo Carpentier cita en su novela El arpa y la sombra al conde Roselly de Lorgues para quien "Colón fue un santo; un santo ofrecido por voluntad del Señor allí donde Satanás era rey". Si ello fuere cierto, Satanás se ha vengado sobradamente con esta revoltura de huesos, y la consiguiente confusión de despojos, que ha condenando a perpetuo vagar al alma del Descubridor de América.

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