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Día D / Aventura en el santuario de Machu Picchu

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Aventura en el santuario de Machu Picchu

Publicado 2008/03/08 20:30:35
  • Isam Ichi Liao

Para conocer esta maravilla debe llegarse primero a la ciudad peruana del Cusco (Q'osco), que fuera la capital del Imperio Inca o Tahuantinsuyo. Desde allí, sólo existen dos maneras de llegar a Machu Picchu.

Lo que aún denominaba las "Ruinas de Machu Picchu" lo consideraba algo tan gastado turísticamente y tan comercializado que solamente el hecho de complacer a mi acompañante y llegar a la cima del Huayna Picchu eran los únicos motivos para agendarla en mi visita al Perú. Pero esa percepción cambió totalmente con solo hacerme presente en lo que, en esos días, estaba próximo a convertirse en nueva maravilla mundial.

La experiencia comenzó en el ombligo del imperio Inca, la ciudad de Q'osco, caminando con mis enseres personales a mi espalda en una fría madrugada por sus calles empedradas y amuralladas esquivando los últimos sobrevivientes de una noche de farra que hacían equilibrio entre los efectos del pisco y el soroche (mal de altura). Me dirigía a tomar una "combi" por el Valle Sagrado hasta las poblaciones de Urubamba y Ollantaytambo para desde allí hacer trasbordo al tren.

El espacio confinado de la "combi" y el malabarismo a la Houdini del que eran presas mis piernas era altamente recompensado por la música andina, las pláticas en quechua alrededor mío y el amanecer despertando valles, colinas, montañas, nevados, llamas, ovejas y campesinas ataviadas de coloridos vestidos y sombreros. Al bajarme en la Plaza de Ollantaytambo, entre pequeñas edificaciones adoquinadas, me encuentro un camión con su vagón lleno de campesinos e indígenas dirigiéndose a destinos más remotos. Parece que nuestra Latinoamérica rural, olvidada, engañada y marginada es la misma a lo largo de este imponente continente. Seguí mi ruta a la estación del tren en donde me tocó mezclarme con el resto de gente que como yo se dirigía al obligado destino.

Una vez en el tren, serpenteamos el Urubamba entre sembrados de trigo y selva subtropical viendo como los más osados con mochilas grandes y pesadas se bajaban en diversas partes a comenzar su parte del Camino Inca. Finalmente, el tren se detuvo en la base de Machu Picchu, Aguas Calientes; villa en donde la palabra horizonte parece no existir al estar sus habitantes ocultos por montañas tan verticales, cual columnas que podrían sostener un mundo. Allí hicimos base, recuperamos horas de sueño y dejamos transcurrir la noche con la expectativa de lo que sería el día siguiente.

A las 5:00 a.m., con la luna llena aún mostrando su esplendor, mientras esperaba el bus que me llevaría a la ciudadela, abrigaba la esperanza de poder llegar el santuario aún alumbrado por el astro de la noche, algo que yo pensaba haría la diferencia de admirar el codiciado lugar.

Ya en las proximidades del santuario, una centena de gente proveniente de todos los rincones del mundo nos detuvimos a presentar el boleto, y en medio de lo que recordaba una torre de babel, todos nos desesperábamos cual chiquillos esperando el timbre del recreo.

La noche terminaba su función y daba paso a la claridad del 2 de julio de 2007 cuando los portones se abren y fuimos avanzando semiordenadamente.

Era evidente la emoción de cada persona que estaba allí. Pero aún faltaban unos pasos más; caminando entre andenes se avistaban las primeras edificaciones con sus techos reconstruidos, mas la ciudadela aún no mostraba su esplendor. Siguiendo por donde iban todos, súbitamente encuentro una puerta Inca que no todos percibieron; así que dejé que el resto continuara su tropel andenes arriba y me interné por la misma. Al cruzarla, lo primero que percibí fue cómo mis pensamientos, prejuicios y preconcepciones anteriores sobre las "ruinas" pasaban por mi garganta y me atragantaban mientras se descubría ante mis ojos el Santuario de Machu Picchu en todo su esplendor.

Se me presentó libre de turistas y envuelto en la frialdad de esa mañana junto al canto de aves, el fuerte rugir del Urubamba y las nubes disipándonse en las montañas circundantes. Historia, leyenda y paisaje se mezclaban en uno solo.

La Luna aún brillaba sobre varios nevados en la distancia y como el sol aún estaba detrás de los altos Upus o montañas sagradas circundantes, la ciudad se veía envuelta en un extraño ambiente azul que se combinaba con el verdor de sus pastos y la selva distante. Caminaba entre tanta historia que no sabía distinguir entre el mito, la leyenda y la realidad. El saber que la ciudadela nunca fue tocada por blanco alguno durante la invasión europea de hace 500 años realmente lo hacía ver todo muy virgen.

En ese momento agradecí la decisión de visitar el lugar sin ataduras de agencias de viajes turísticas y andaba a mis anchas, con la sola guía del libro de viaje que mi otra mitad iba leyendo por cada recodo y esquina que cruzábamos. De repente reconocimos los rasgos característicos de un templo y hacia allá nos dirigimos. Nuestro libro nos decía cada una de las cosas que veíamos: El Templo de las Tres Ventanas, el Templo Principal, la Sacristía... Seguimos recorriendo hasta el punto más alto que teníamos al alcance, el Intiwatana, donde el sol se "amarra" al Santuario en cada solsticio.

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Allí, uno de los señores que se encarga de limpiar las malezas del lugar nos explicó gran parte de los detalles que veíamos y nos mostró el lugar desde donde el Inca tenía dominio completo de la Plaza y les hablaba a los pobladores. Súbitamente, el astro rey hizo su aparición sobre los Upus, justo cuando estábamos en ese templo... el momento era mágico. Me despedí del señor no sin antes darle un fuerte apretón de manos que me permitió transferirle un sol que vale por cinco que venía viajando en mi bolsillo.

Continuamos hasta el extremo norte de la ciudadela y luego del control respectivo (fuimos el número 20 y 21 ese día), comenzamos el ascenso al Huayna Picchu por las escarpadas y empinadas escalinatas Incas que lo serpentean por su cara Oeste. El frescor de la mañana y la sombra de la montaña hacían la subida más placentera, pero no menos fácil. Muy a menudo y para complacer a mi media naranja por compartir ese momento conmigo, dejábamos pasar otros caminantes con menos años en sus piernas.

Y recalco que dejábamos pasar porque no más de dos personas pueden permanecer lado a lado en varios tramos. Comenzamos a divisar las ruinas y andenes que coronan la cumbre luego de casi una hora de sudar, jadear y poner la mente sobre el cuerpo. Literalmente escalamos los últimos peldaños y al llegar nos sentamos a descansar en uno de los andenes. Nuevamente, los Incas me hacían tragar mis pensamientos y me dejaban sorprendido al observar la ciudadela desde este ángulo jamás visto antes por mi persona.

Lo que veían mis ojos me llevaba a concluir de que no son ruinas, que ciudadela es sólo un nombre descriptivo y que Santuario es definitivamente el sustantivo que mejor gloria le hace. El lenguaje que utilizábamos todos los que habíamos conseguido llegar lo evidenciaba.

A pesar de que los que estábamos en la cima hasta esos momentos jamás nos habíamos visto y creo que jamás nos volveremos a ver, un solo lenguaje logró romper barreras culturales y lingüísticas y reversó el efecto torre de Babel. Ese lenguaje que utilizábamos mientras contemplábamos tanta belleza, grandeza y majestuosidad era uno solo: el silencio absoluto. No hubiera sido necesario preguntar si todos estábamos de acuerdo en que era algo indescriptible e impresionante.

Pero así como nosotros habíamos llegado, una horda de estrepitosos anglosajones hizo su aparición cual Pizarro con sus caballos y nos tumbó del Nirvana que experimentábamos. Al recuperarme del golpe espiritual y mental que recibía, vino a mi mente la letra de la canción "Aquí no es Así" (Caifanes) y los calificativos que Ernesto G. de la Serna inmortalizara en su diario por estas tierras y que si mal no recuerdo dicen: "..ignorantes de la distancia moral que los separa del caído pueblo incaico, porque solo el espíritu semiindígena sudamericano puede apreciar tales sutilezas...".

Decidí que era tiempo entonces de culminar los pocos metros que me separaban de la cima, labor que obligaba a pasar por un estrecho túnel entre rocas que evidenció que los genes que tienen que ver con la estatura del peruano promedio no han variado mucho desde tiempos incaicos.

Tuve que reptar cual serpiente y ni siquiera pensar en por lo menos arrodillarme. Ya en la cima, agradecí a los dioses el haber mantenido el Santuario oculto por tantos años y que no hubiera viento fuerte que tornara peligrosa la acción de tomarse la foto de rigor. Seguía entonces el obligado descenso no sin llegar a la conclusión personal y definitiva de que el Imperio Inca llegó a acumular un nivel de conocimiento cultural, científico y social muy por encima de aquellos que en su momento empuñaron la biblia y la espada y que desgraciadamente aún en nuestros días no hemos sabido alcanzar para el bienestar de toda nuestra Latinoamérica.

El Santuario de Machu Picchu, recientemente declarado cuarta Maravilla del Mundo, jamás fue descubierto por los conquistadores españoles y permaneció oculto en la selva hasta 1911 cuando Hiram Bingham dio a conocer al mundo su existencia. Sin embargo, conocedores peruanos del tema me hicieron saber que fue un tal Agustín Lizarraga quien realmente descubrió el lugar primero. Tampoco nadie sabe realmente el nombre exacto que dieran los Incas a la ciudadela, ya que el que todos conocemos viene "heredado" de la montaña poco conocida que se encuentra al sur de la ciudadela. De hecho, Machu Picchu quiere decir "Pico Viejo". La montaña de menor tamaño que se ve al fondo en las fotos famosas de Machu Picchu lleva por nombre Huayna Picchu, que quiere decir "Pico Joven".

Para llegar a esta maravilla debe llegarse primero, vía aérea o terrestre a la ciudad peruana del Cusco (Q'osco), que fuera la capital del Imperio Inca o Tahuantinsuyo.

Desde allí, sólo existen dos maneras de llegar a Machu Picchu: en una combinación de tren-bus o caminando el Camino Inca. Para la primera opción puede tomarse el tren directo desde Cusco a Aguas Calientes o avanzar en bus hasta mitad de camino y después tomar el tren a Aguas Calientes. La segunda opción involucra hacer caminatas de 4 días tres noches ó 2 días 1 noche, opción reservada para los que gustan del trekking y la acampada, están en condiciones aceptables para el reto y dispuestos a hacer reservas con meses de antelación.

En Aguas Calientes hay sitios de hospedaje y restaurantes para todo tipo de presupuestos. Es también el lugar de donde parten los buses que suben al Santuario y además el único lugar en Perú donde se puede comprar el boleto de ingreso.

Una visita al Santuario de Machu Picchu estará siempre mejor recompensada si se hace el trekking a la cima del Huayna Picchu. Por temas de protección y seguridad, sólo se permiten 400 personas por día en esta montaña, así que quien quiera hacer este ascenso de una hora deberá compartir este tiempo con el recorrido por el Santuario.

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