El centinela del idioma
La sumisión grotesca a otros idiomas conduce a la imposibilidad de comprender bien el propio y a perder así el acceso a la tradición, a la riqueza cultural que conserva la lengua española.
El escritor, poeta y eximio traductor Demetrio Fábrega no cesa en su preocupación e interés por el aprendizaje y buen uso del idioma por parte de los panameños. Su experiencia y conocimientos le indican que, si persisten esas deficiencias, la sociedad panameña puede estar dirigiéndose hacia el abismo.
“Sé muy bien que si el país sigue por el camino que lleva ahora, con una o dos generaciones más que no hayan aprendido a hablar ni a leer, tendremos una población eminentemente irracional”, asevera “Meco” Fábrega, y alerta que si no revierte esa situación en el futuro “no se podrá vivir sin violencia”.
Pocos años antes de morir, Rafael Alberti se quejaba de que ya nadie leía poesía en España. A mí personalmente, cuando fui a Madrid al Recital que me organizaron en el Círculo de Bellas Artes, que es la sala más importante para la literatura en español, me tocó ver la poca importancia que amigos cultos le atribuían a la poesía, pero esa actitud estaba acompañada siempre por un desconocimiento de la tradición literaria de España y de lo bueno de América. Sencillamente, la gente había dejado de leer, pero ese descuido de las grandes obras se debía ante todo a una enorme limitación en el conocimiento de la gramática, en la adopción de formas sintácticas que eran malas traducciones literales del inglés y del francés para sustituir lo que había sido el habla en español durante siglos.
Desde luego que sí. Pero, ¿qué necesidad hay de decir "concretizar" si en español siempre se ha dicho "concretar"? ¿Acaso es mejor decir "concretizar" porque en francés se dice "concrétiser" y borrar la palabra que surgió de una evolución distinta del latín en España? ¿Hay acaso necesidad de decir "de cualquier manera" como si esa expresión significara "en todo caso" que es el buen español y que ya nadie usa en España? Esa sumisión grotesca a otros idiomas conduce a la imposibilidad de comprender bien el propio y a perder así el acceso a la tradición, a la riqueza cultural que conserva la lengua española.
Tiene que existir una relación estrecha. No creo que hablar bien tiene que estar acompañado de la capacidad de escribir bien. Escribir bien es más difícil, y eso es lo que muchísima gente ha olvidado. Si usted necesita una operación quirúrgica no va a buscar un cirujano que sólo ha operado una apendicitis, sino que busca uno que ya haya hecho varias veces la operación que usted necesita. Lo mismo si va a montarse en un avión para ir a Estados Unidos no se montaría en uno con un piloto que va a hacer su segundo o tercer viaje. Mucha gente cree que porque puede hablar, puede escribir. Sobre todo en el caso de la poesía, sin tomar en cuenta los muchos años que hay que dedicar al estudio de los grandes poetas, al aprendizaje de otras lenguas para conocer a fondo la tradición occidental que es la nuestra. Cervantes, por cierto, en el "El viaje del Parnaso", le dice al barquero que zarpe ligero con unos versos muy significativos:
Antes que el escuadrón vulgar acuda
de más de veinte mil sietemesinos
poetas que de serlo están en duda.
Lo que está ocurriendo no es evolución sino degradación. No se debe nunca olvidar lo que representa para el ser humano el conocimiento del propio idioma. En su "Defensa del lenguaje", Pedro Salinas escribió: "No habrá ser humano completo, es decir, que se conozca y se dé a conocer, sin un grado avanzado de posesión de su lengua", y más adelante nos recuerda cómo el pueblo dice "habla como un libro" porque el pueblo admira al que habla bien. El que quiere que escribamos como habla la gente cualquiera es un imbécil, porque lo que hay que procurar es que la gente hable como escriben los grandes escritores. Es insensato separar el español hablado del español escrito, y termina Salinas ese pensamiento diciendo que "toda educación como es debido debe ponerse como finalidad una integración profunda del lenguaje hablado y del escrito".
Desde luego que eso sería una maravilla, pero las utopías dejaron de atraerme hace tiempo. Lo que es importante es que en la sociedad prevalezca una lengua suficientemente rica como para que todos los ciudadanos comprendan sus obligaciones y sus derechos, para que las instrucciones de trabajo se den claramente y se comprendan, para que se pueda planificar. Por cierto, el neurofisiólogo William Calvin estableció que el hombre no puede planificar sin sintaxis porque el conocimiento de la sintaxis es indispensable para analizar y juzgar y pensar.
En cuanto a que podamos hacer algo, eso depende de los que mandan. Los que estamos conscientes del peligro les recordamos lo que decía Amado Alonso, que: "si las dos lenguas se separan, la escrita acabaría en lengua muerta, la hablada en patois, en dialecto, sin valor general".
En cuanto a aprender el español gramaticalmente, que es lo que permite comprender a los grandes escritores, tenemos que recordar que eso es lo único que permite comprender la realidad y conocer el universo. Si no sabemos que aquella estrella se llama Aldebarán ni que aquello es el lucero que se llama Venus, lo que vemos en la noche son lucecitas que titilan a una distancia incomprensible. En la realidad que existe, el hombre conoce y posee solamente lo que puede nombrar. En el mundo de las ideas, en lo intangible, lo que no tiene nombre que uno conozca no forma parte de lo existente. Usted recuerda lo que le pasó a la Roma antigua cuando el latín se fue degradando. A lo mejor estamos en el alba de otra Edad Media, y si no nos proponemos defender el lenguaje, el futuro será una humanidad compuesta por masas irracionales.
En primer lugar, la figuración nunca me ha interesado mayormente. El hecho de que uno vaya a una reunión de pintores y escritores y se tome unas copas con un periodista amigo o con alguna profesora no mejora lo que uno escribe. Uno aprende a escribir leyendo a los grandes escritores. Una tarde leyendo a Ovidio vale más que lo que pueda uno oír en treinta reuniones literarias, y cuando uno tiene que ganarse la vida, es poco el tiempo que queda para leer, para estudiar estilos, para comprender lo que ha sido la poesía de una época determinada, y sin ese estudio asiduo no se puede progresar. No hay exageración posible en esa afirmación. El premio Nobel, T.S. Eliot decía que el que quiera escribir poesía después de cumplir veinticinco años de edad tiene que conocer cinco lenguas europeas, latín y griego, y una lengua oriental, preferiblemente el chino, porque sólo así podrá digerir lo que es la tradición occidental y, dentro de ella, la tradición en su idioma.
El gran novelista francés Stendhal decía que uno escribe nada más para unos diez amigos. El aplauso no es lo que satisface al que escribe sino la creación misma. Que un amigo de pronto me cuente que hace cuarenta y ocho años un profesor de Harvard lo invitó a su casa a cenar para leer un libro mío, que un periodista brasileño me dijera que mi libro Tangos perdidos era la mejor lengua poética después de la Guerra Civil Española, que el Círculo de Bellas Artes de Madrid, que es la sala más importante de España, me haya invitado a dar un recital, que el Director de la Real Academia Española me elogiara en una carta escrita de su puño y letra, que Carlos Solé, con su medio siglo de ser profesor en una gran universidad de Estados Unidos, comparara mi estilo al de la lengua que creó el Imperio y que Isabel la Católica prefirió, o una media hora de elogios de Elsie Alvarado de Ricord, son los reconocimientos que me han hecho sentir que lo que he creado durará, y me ha llevado a escribir cinco libros más ya casi listos para su publicación y a tener cuatro más en la cabeza, tres de poesía y uno sobre las masas irracionales que surgirán si el lenguaje sigue degradándose. Eso es recompensa suficiente. No es la figuración lo que constituye recompensa del estudio y del trabajo que hay que invertir para escribir, son otras cosas. Por ejemplo, si un poeta delicado como César Young Núñez me da las gracias porque he escrito un libro nuevo, eso es satisfacción suficiente para querer seguir escribiendo.
Hay tres años de trabajo en esas páginas, y la colaboración de Dimas Lidio Pitty y de su esposa Esperanza en la revisión de los textos, y hay consejos de Isabel Turner y mucha meditación, y el motivo es ante todo que sé muy bien que si el país sigue por el camino que lleva ahora, con una o dos generaciones más que no hayan aprendido a hablar ni a leer, tendremos una población eminentemente irracional y no se podrá vivir sin violencia. Las ciudades serán como selvas de concreto con bestias salvajes acechando en todas las esquinas. Sé muy bien que muchos pensarán que exagero o repito una pesadilla, pero yo sé que lo que digo es verdad y sé que los mejores lingüistas y los neurofísiólogos más distinguidos también piensan así. No son los gruñidos ni los sonidos dispersos de palabras sin sentido, es el lenguaje racional lo que nos separa de los animales, y esa facultad se está perdiendo.

Para comentar debes registrarte y completar los datos generales.