El daguerrotipo
- Lupita Quirós Athanasiadis
Monsieur Lautrec estaba abanicándose con un remendado sombrero negro cuando oyó el tintineo de las campanillas de metal que pendían de la puerta y que avisaban que alguien entraba a la tienda de antigüedades.
Cuando el muchacho entró con el bulto, Lautrec lo saludó con afecto, ya que era la única forma de disimular el temor de haberlo conocido y olvidado, que es de esta manera como juguetea la memoria con los octogenarios.
Pierre, que así se llamaba el joven, colocó el objeto sobre el mostrador y miró hacia aquellos otros que parecían observarle desde las repisas. Había libros, relojes, adornos de porcelana, candelabros y, al fijar su mirada en un viejo portarretratos, recordó el propósito de su visita. Puso un sobre cerca del viejo anticuario y le arrimó el objeto que estaba dentro de una bolsa que había sido de terciopelo oscuro en sus buenos tiempos, pero que ahora denotaba el estropicio de los años.
Monsieur Lautrec se alisó el mostacho con un ademán tan propio que parecía haber nacido con él.
??"A ver, qué me traes, muchacho…
??"Mi bisabuelo murió hace unos días. Me dijo antes que me legaría esto y, como no entiendo por qué lo quería y lustraba tanto, aquí se lo traigo para que me dé algo por él.
Monsieur Lautrec acabó de desenfundar la más antigua cámara de fotografía que jamás pensó que existiese y tosió tratando de aclararse la garganta para que el joven no percibiese la emoción que le producía esa antigüedad.
??"Esto está muy viejo y por dentro debe estar oxidado, pero como supongo que te entristece un poco el deshacerte de él te daré el dinero suficiente para que celebres, hoy mismo, una juerga que te haga olvidarlo.
Pierre sonrió satisfecho y puso la mano arriba del sobre arrugado.
??"También le entrego esta carta que dejó mi bisabuelo pues a mí no me dice nada, creo que es la explicación de cómo se sacaban las fotos. Además hay dentro una cajita con botellines.
??"Déjalos ??"dijo el viejo, animado como estaba por aquel pingüe negocio. Le entregó el dinero pactado y, dándole un golpecito en el hombro, musitó:
??"No te preocupes, estará en buenas manos.
??"Gracias ??"le dijo el muchacho. Razón tenía el bisabuelo cuando me aseguró que habría de interesarle.
Estas palabras no alcanzó a escucharlas Monsieur Lautrec, ensimismado en la contemplación de su tesoro. Sólo cuando brincaron las campanillas de metal y se cerró la puerta, encendió el ventilador unos instantes porque ni el aire fresco quería compartir el tacaño y usurero de Lautrec quien, acostumbrado como estaba a hacer trampa, era incapaz de percibir cuando se la hacía a sí mismo.
Puso llave a la puerta de entrada, colocó el aviso de "Cerrado" y, sonriendo, se fue con el daguerrotipo a la trastienda. Allí, con el aire viciado por tantos artículos viejos empezó a leer la carta.
"A través de la daguerrotipia he intentado demostrar que la realidad no es efímera y que se pueden mantener vivos los recuerdos, porque los que recordamos tendremos una existencia perecedera".
Firmaba: "M. Lautremont, fotógrafo y mago".
??"Viejo loco ??"murmuró el anticuario y procedió a abrir la cámara fotográfica y a observarla con una lupa.
Sacó las láminas de metal tan prolijamente limpias que daban un brillo tornasolado, y extrajo los botellines en cuyas etiquetas se leía: nitrato de plata, cobre, bromo, mercurio y cloruro sódico diluido. Tosió varias veces a causa del calor y el aire enrarecido de la trastienda y, entusiasmado como un niño, desdobló un papelito que venía en la carta y donde se leían las instrucciones. Acomodó los aparejos e inició el procedimiento.
Vertió el nitrato de plata sobre la base de cobre en la superficie especular de las placas metálicas. Trató de obtener el positivo revelando las fotos que había tomado a las estatuas de su tienda y, para hacerlo, sumergió las imágenes en cloruro sódico diluido, pero el sellado le quedaba defectuoso porque las mismas desaparecían en pocos minutos.
Fascinado, repitió una y otra vez el procedimiento pensando que, si lograba demostrar que esta antigüedad todavía funcionaba, podría subastar el daguerrotipo en una descomunal cantidad de dinero. La tenacidad, estimulada por la ambición, pronto dio resultado: Monsieur Lautrec empezaba a lograrlo.
Se acomodó en su silla, arregló la luz y se ajustó las gafas; la sudoración se le había hecho insoportable, pero eso no lo detenía.
El alquimista en ciernes gritó jubiloso cuando logró extraer de las láminas las imágenes permanentes. Y tanto era su afán que creyó enloquecer al observar con detenimiento que éstas no eran las tomadas en su almacén, sino figuras con rostros humanos de otra época.
Reconoció a su esposa, quien lo había abandonado a los 28 años junto con sus dos pequeños hijos. Al lado de ella se veía a un caballero distinguido que lucía un sombrero de mago y que parecía sonreírle con sorna a través de decenas de años; actuaba en la foto como marido y padre de… ¡su propia familia!
Buscó con desesperación la lupa, observó el rostro masculino y trastabilló de pánico al tomar otra vez la carta y leer de nuevo la firma: " Monsieur Lautremont, fotógrafo y mago". En ese momento todo se le hizo claro.
Cuando cayó al suelo ya casi no podía respirar envenenado por los vapores del bromo y del mercurio, sustancias que no pudieron escapar de ese lugar tan cerrado.
En el piso, y todavía con la carta arrugada entre los dedos, recordaba la promesa de su más grande enemigo: "Tú robaste mi fortuna, pero yo te quitaré lo más preciado que tienes y hasta tu propia vida". Al recordar la última palabra, el anticuario ya no supo si lo mataban aquellas palabras o el ambiente contaminado que respiraba.
De regreso en casa, Pierre se dirigió a la poltrona donde le esperaba un anciano elegante, siempre ensimismado en nuevos trucos de magia. Cuando sus miradas se cruzaron el joven alzó el pulgar y le dijo:
??"Fácil, bisabuelo, misión cumplida.
Fue entonces cuando el hombre esbozó una sonrisa, largamente contenida.

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