Frases ¿Célebres?
Menos que célebres, son para olvidar, pero ya expliqué cómo llegue a llamar así al malhadado conjunto de petulancias que voy a citar. ¿Y por qué lo hago si deben olvidarse? Por dos motivos: el primero (y esto que quede entre nosotros), porque debo escribir una columna; el segundo: porque estas frasecitas son bastante comunes, uno las oye a cada rato y no vaya a ser (también lo expliqué el domingo pasado) que el constante uso le cambie el vestido a nuestra lengua.
Tuve el privilegio de ser alumno y luego amigo de doña Elsie Alvarado de Ricord (q.e.p.d.), de quien aprendí mucho. Una de mis condiscípulas le preguntó una vez que si la palabra “tatequieto” existía (como en la expresión “Le dieron su tatequieto”). Sin pestañear, la poeta y filóloga la bañó con un “Por supuesto”. La chica (hoy colega mía, a quien le mando saludos) levantó el pesado Diccionario de la Lengua que tenía sobre el pupitre y le reclamó: “Pero si aquí no aparece”. “Me preguntaste que si existía”, arguyó quien sería por muchos años la Presidenta de la Academia Panameña de la Lengua, “Cada vez que la pronuncias, la palabra existe; que la recoja el diccionario es otra cosa”.
Volviendo a mi lista de frases, pienso que, dado que las dicen a diario, sus expositores creen en la corrección de lo que afirman; y, considerando que ejercen autoridad sobre otras personas, no sería raro que esparzan con éxito esa cizaña (otra palabra a la que le hemos cambiado el vestido; yo aludo al concepto original: gramínea que pide a gritos ser erradicada del arrozal, del maizal o del trigal).
Basta de ramoneos, vamos a la lista, pero permítanme una aclaración: voy a ordenarlas desde las más conocidas, esas que se dicen con el pecho erguido (los varones; las damas lo harán con los pechos erguidos), hasta aquellas que a los propios hablantes les produce vergüenza, porque saben que lo dicho está mal dicho).
No importa cómo lo escribí, lo importante es que entendiste:esto lo dicen cuando uno critica la redacción de un anuncio, o el texto de una información. Mi buen amigo Francisco Moreno Mejías me envió un ejemplo del anuncio puesto en el mural de una iglesia: “Las Damas Católicas de la comunidad los invitan para que colaboren con la colecta de artículos usados, pero en buen estado, para la Gran Feria de este domingo; no olviden traer a sus hijos y esposos”. Podríamos usar todo el Día D para dar más ejemplos.
Mi título lo escribes con mayúscula, porque me costó 8 años en la universidad:hay jefes, jefecitos y jefecillos; en boca de las dos últimas categorías suelen escucharse estas expresiones. Busca una regla para el uso de las mayúsculas que ampare semejante galimatías: no la encontrarás porque no existe. Las normas para el uso de las mayúsculas no incluyen resarcir esfuerzos ni conceder prestigio a nadie.
No me toques la ortografía, ya la revisé con Word:una dama escribió hace un tiempo que esa costumbre era lo que más admiraba de su jefe anterior. “¡Santas teclas, Batman!”, diría Robin, aludiendo a la patrona de los mecanógrafos, según el santoral poético del apreciado César Young Núñez. El corrector de Word representa la misma garantía que una recámara vacía en el cargador del revólver del zoquete que practica la ruleta rusa (es decir, de que ayuda, ayuda, pero…).
Hablaré con Egbert, para ver si me da más espacio, porque cuando el tema se pone candente (o álgido, ya saben) debemos dejarlo para el siguiente domingo.
Que la palabra te acompañe.

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