Harina de otro costal
- Ariel Barría Alvarado
Puede que las frases hechas resulten verdaderos escollos para el aprendizaje de la lengua, pero, ¿qué sería de nuestra comunicación sin esas vaharadas que confieren tantos y tan diversos matices a la comunicación? Son expresiones vulnerables ante un análisis prolijo, pero con las que, sin dudas, nos entendemos bien en el ámbito coloquial y hasta culto, y de ellas hablábamos la semana pasada. Hoy, 25 de octubre, pretendemos seguir echando leña al fuego.
Sin que usted pretenda ser “más papista que el Papa”, tal vez sí prefiera las palabras precisas a la hora de hablar, para garantizar que no habrá errores; no obstante, ¿no ha tenido que hacer alguna vez “de tripas corazón” antes de acometer una acción que antes rechazaba? Y si, en efecto, lo ha hecho, nunca falta luego el que eche “sal sobre la herida” al recordárselo, aunque sea alguien sin “velas en ese entierro”.
En su entorno próximo, a menos que prefiera “hacerse de la vista gorda”, usted habrá notado que algunas conductas hacen que el prójimo merezca alguna de estas locuciones particulares que emparejan su carácter con figuras de animales: por ahí andarán los “mosquita muerta”, “los lobos con piel de oveja”, los que “echan los perros” o hasta los “perros del hortelano…” Y si es por funciones, no extrañará al “serruchador de pisos”, al que gusta hacer “leña del árbol caído”, al que “desviste un santo para vestir otro”, al que procura “llevar la batuta” o al que “a la vez que repica, camina la procesión”.
Ahora bien, pongámosle el cascabel al gato (o mejor los puntos sobre las íes): las frases hechas no son potestad de los panameños, tampoco de los hispanohablantes. Cuando decimos, en español, que Perenceja llegó al aeropuerto “en el último instante”, un anglosajón diría que eso ocurrió “at the eleventh hour”, es decir, una hora antes de que culminara el día (si observan, separa a ambas una connotación muy fina); o cuando uno de nuestros muchachos dice que una prueba estuvo “jamón” (que, no sé por qué, indica que fue muy fácil), en inglés alguien diría “as easy as pie” (tampoco entiendo la relación, porque alguna vez acometí la tarea de hornear un pastel y ni les cuento los resultados, pero por eso son frases hechas, o “idioms”).
Y, hablando del rey de Roma, hay expresiones que se usan aunque, comparadas con la realidad, parezcan traídas por los cabellos, y se deban a referencias muy antiguas y ahora extrañas: “Contigo pan y cebollas” es una supuesta declaración de amor (¡puaf!); “soplar y hacer botellas” (debe entenderse como algo extremadamente fácil, pero inténtelo, vamos, inténtelo); “en los tiempos en que los perros se amarraban con chorizo” (no metería la mano en el fuego asegurando que tal tiempo existió); “chupar de gorra” (para los que acostumbran beber y no pagar); “dar lata” (para decir que alguien es molestoso); “cuentas claras, chocolate espeso” (separadas las frases las imagino mejor); “no hay tu tía” (?), “meterse en camisa de once varas”, etc.
Y si abundan las frases hechas comunes a los hablantes de este idioma, sumémosle ahora las de uso personal, aquellas que se introducen mediante la fórmula: “Como decía mi abuelito...”, o la tan socorrida y con ínfulas de culta: “Ya lo dijo el filósofo chino…” detrás de las cuales cabe lo que a usted se le antoje.
Tengo otras expresiones “en la punta de la lengua”, pero “para muestra un botón” y agregue usted las que más le agraden, pues “para gustos están los colores”. Chao, pesca’o (“see you later, alligator”).
Que la palabra te acompañe.

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