Le Clézio y el Panamá profundo
- Carlos Wynter (Escritor)
Hace dos semanas traje a colación el agradecimiento que Jean Marie Le Clézio, escritor francés quien fue merecedor del Premio Nobel, dio a una indígena panameña, de la etnia emberá. También escribí de lo que aprendí de este grupo mientras escribía El niño que tocó la Luna. Esta semana relato lo que viví en Santa Fe, un lugar tan apartado como iluminador de nuestra provincia de Veraguas.
Después de cinco horas, llegamos a Santa Fe. Había neblina y música clásica. Leslie, a quien reconocí de alguna tertulia y supe amigo de un amigo, Daniel Rizotti, acababa de comprar una colección de Chopin. Nos entretuvimos viendo las ondas de la cordillera y armando la tienda de campaña, actividad que fue más divertida de lo que preví. Cumplida la misión, nos tomamos unas cervezas, reímos, y mi hija jugó con una niña española de su edad. Le obsequié a Leslie varios libros; entre ellos, El niño que tocó la Luna, narraciones nacidas de mi convivencia con los emberá.
Sedado por la camaradería y las visiones campestres, me sentí otra vez entre los emberá. En Veraguas, más bien se encuentran indígenas ngöbe-buglé, pero había algo en el transcurrir del tiempo, en la percepción de la realidad, que igualaba este convivio al otro.
Al día siguiente conocimos a Chon, quien con María, su esposa, es dueño de una granja totalmente orgánica. Nos enlodamos, vimos cabras, comimos viandas salidas de la tierra más pura, admiramos una variada colección de orquídeas. En cierto momento, Chon nos contó la historia de cómo nació su cooperativa –organización que agrupa a un número considerable de campesinos-, y habló sobre el padre Héctor Gallego y de su cruzada por los derechos de los más pobres. Para él, un día los ricos simplemente se lo llevaron y nunca apareció. Fin de la historia.
Hacia la tarde, estreché las manos de la pareja canadiense que había sido parte del grupo, del trío español, y Leti, Luna y yo tomamos el camino de regreso. Los canadienses estaban en el país explorando la posibilidad de fundar un campamento de intercambios infantiles. Hasta el momento, les parecía que Panamá tenía la mejor infraestructura para su proyecto. Chon nos hizo el favor de llevar a Luna en caballo hasta el automóvil. Minutos después de llegar, lo vimos partir a galope tendido.
Llegamos a la capital sintiendo que habíamos cruzado una parte considerable del mundo. No sabíamos que un lugar cercano podía alejarnos tanto de nuestra cotidianidad. O solo fue que cerramos los ojos y nos miramos dentro.

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