Lo que nos faltaba
Publicado 2014/06/29 00:00:00
Mónica Miguel Franco
Antropóloga, actriz y escritora
Para terminar de convertir a la humanidad en un conglomerado de imbéciles irredentos. El fin se acerca. Y yo aplaudiré cuando llegue el Ragnarök hasta que me sangren las manos. No nos merecemos nada mejor, por gilipollas.
Hace unos días leí un nuevo proyecto de ley en Inglaterra en el cual se pretende penar criminalmente a los padres que no les ofrezcan a sus hijos las suficientes muestras físicas de cariño. Tóquense ustedes, por favor, los huevos. Y perdónenme el exabrupto. Así como lo leen. Porque, aducen, (el razonamiento no tiene desperdicio), la falta de demostraciones de devoción podría llevar a los infantes al suicidio. Olé con la pérfida Albión. El país flemático y parco en demostraciones de afecto por antonomasia, pretende revertir la tendencia a la contención y convertirse en la jauja del sobeteo paterno-filial. Los ositos cariñositos serán, al lado de los anglos y de los sajones, y a partir de esta ley, secos como la estopa. O más.
¿Estamos todos tontos o qué? Pues, al parecer, estamos.
Y ojo, (avisaré por si acaso, no sea que salte ahora alguno de los defensores de la ternura) que no estoy hablando de maltrato, ni de abusos. Que para los que cometen ciertas barbaridades con menores yo soy de las que piensan que hay que aplicar un corte limpio en salva sea la parte y dejar que se desangren. No estamos hablando de abusos físicos o psíquicos. Estamos hablando de falta de demostraciones externas de afecto. Me gustaría saber cómo se medirían dichas manifestaciones. ¿Un baremo? ¿Cuántos besos babosos a la semana? ¿Habría un número mínimo de abrazos y apapachos? ¿Se evaluará el desempeño y la fuerza? ¿Tendríamos una lista de frases alentadoras?
Olvidémonos de eso de: ‘ahí te dejé café’, como expresión de cariño paterno. Aquellos que pensamos que cursilerías las justas y que, más vale un regaño a tiempo que miles de besos extemporáneos, para demostrar que tus retoños te importan, estamos condenadas de antemano. Olvídense de acercarse por la noche a sus cuartos mientras duermen para ver si están tapados como demostración de amor. Ahora se exigirá que los despertemos para besarlos y decirles una y otra vez lo mucho que los queremos, y así cumplir la cuota de arrumacos diarios.
Nada de lo que hicieron nuestros abuelos para criar hijos decentes y bien educados servirá. Eso de dejar que se les pase la rabieta sin hacerles caso, ni ceder al chantaje, será prueba de crueldad infinita, así que ¡a la reja! Ahora ahogaremos sus gritos a base de besos, abrazos y carantoñas. Diciéndoles cuánto los amamos a pesar de sus berridos, sus manotazos y pataleos. Los supermercados estarán llenos de progenitores tumbados en el suelo encima de sus hijos e hijas besándolos, mientras aquellos tiernos infantes y aquellas delicadas florecillas, chillan cual gorrinos en San Martín. No sea que vayan a acusar a los padres de no ofrecerles soporte emocional en momentos tan cruciales en su desarrollo.
Me imagino la escena. Y tiemblo.
Por suerte, mis hijos ya están más o menos criados, (si a estas alturas no saben que los quiero… pues ni modo) y en lo que la ley estúpida ésta la copien aquí (que la copiarán, denle tiempo al tiempo) ya serán mayores de edad. Menos mal, porque no me veo empezando de repente a apapacharlos. A lo peor y se me suicidan, sí, pero de la extrañeza de ver a su madre corriendo enloquecida detrás de ellos para besarlos una y otra vez. No, no me veo en esa tesitura. Casi prefiero la cárcel. Sí, prefiero la cárcel.

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