Soliloquios
¡Viva Charlie!
- Ernesto Endara (Escritor)
Debemos conciliar la verdad religiosa con la verdad filosófica. Averroes Cuando leía Las mil y una noches, Bagdad, Basora y
Debemos conciliar la verdad religiosa con la verdad filosófica.
Averroes
Cuando leía Las mil y una noches, Bagdad, Basora y Damasco eran ciudades de mis sueños. El califa Harún Al-Raschid había reemplazado al Cid y a Amadís de Gaula. Ese Harún era tremendo como guerrero y gobernante. No le podían echar cuentos, él era un cuento. Me relamo recordando la espléndida mañana en que siguió a su esposa hasta el manantial donde se bañaba para verla a su gusto. Quebró una rama seca y Sett Zobeida se asustó. Se llevó las manos a su historia (de todas las formas en que han llamado al pubis, ésta es la que más me conmueve) para sustraerla de miradas impertinentes. Y dice Scherazade que fue quien lo contó: «por cierto, la historia de Zobeida era tan considerable y escurridiza que sus dos manos apenas la ocultaban –y entra en poesía como debe ser cuando se trata de amor:– «se le escapó por entre los dedos y apareció en toda su gloria a la vista del califa. Harún tuvo un relámpago de inspiración y le salió un verso: ¡En el baño vi la plata cándida!... » Luego aparece en mis lecturas El león de Damasco, de Emilio Salgari. ¿Quién lo hubiera dicho? Un guerrero moro enamora nada más y nada menos que al temible combatiente cristiano el Capitán Tormenta. En medio de terribles batallas aparece triunfante el amor. Por supuesto, hay batallas memorables, pero batallas al fin, llenas de sangre y dolor. Pero luchaban de frente, cara a cara, cuerpo a cuerpo. ¿Qué pasó en París? ¿Dónde perdieron el paso los musulmanes de hoy? ¿Dónde la antigua gallardía? ¿Cómo lograron que su fantasiosa (al igual que todas) religión se convirtiera en plaga del siglo XXI?
No busques la culpa en el meollo sino en los extremos, en los filos del cerebro, bordes que acumulan sucio, incolora frontera que quiere salirse del módulo que le da vida.
Si existieran mis dioses favoritos (Zeus, Afrodita, Atenea, Dionisio, Ares, Poseidon) desde hace mucho les hubieran castigado: desaparición total, o tal vez los hubiesen convertido en lo que no comen: marranos (al mejor estilo de Cirse). Adiós a Saladino y Averroes. Al menos déjenme terminar el poema de Harún: ¡Una gacela cautivó mi alma a la sombra de sus caderas mientras su historia se escurría entre sus dedos juntos!

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