"Paseadores" de perros, arte y maestría en las calles
Publicado 2007/03/10 00:00:00
- REDACCION
Cada trabajador pasea a unos doce perros, aunque algunos llegan a los 25.
En Buenos Aires es habitual ver a gente paseando con más de veinte perros, que manejan con maestría por las transitadas calles porteñas: son los "paseadores", empleo polémico ya asentado en la tradición ciudadana.
"El primer día que llevas a un perro al parque es como el primer día de colegio. Llega asustado y el resto no le hace caso. Los perros en cierta medida son como los niños, hay que estar muy pendiente de ellos", dice Patricia, con 14 años en el oficio.
Este gremio, en el que hay personas de entre 15 y 70 años, de diferentes niveles socioculturales y con distintas situaciones familiares, comparte dos cosas: el amor por los animales y el disfrute del trabajo al aire libre.
"Este laburo te da una libertad que no te da ningún otro. Pero también tiene cosas malas, como aguantar las altas y bajas temperaturas, los mosquitos y los días en los que hay truenos o tiran petardos y los perros se vuelven locos. Es muy difícil controlarlos en esas circunstancias", admite Patricia.
Para ello es fundamental la correa, instrumento imprescindible de los paseadores que, junto con una voz de mando y la experiencia acumulada, consiguen que el perro esté controlado.
Los paseadores, que cobran una media de 30 dólares por perro al mes, suelen sacar a su grupo una vez al día, entre las 8 de la mañana y las 14 horas, cuando devuelven a la última de las mascotas.
Cada trabajador pasea a unos doce perros, aunque algunos llegan a los 25, cuando el máximo permitido por las autoridades es de diez.
"Es mejor llevar muchos perros, se hace más fácil dirigirlos porque los del centro no ven apenas y siguen al guía, que suele ser el de mayor edad o de más autoridad", explica Facundo, que entró en el oficio quedándose con los perros que paseaba un amigo.
Los paseadores suscitan polémica porque se los acusa de dejar sucias las veredas, pero Facundo se defiende: "Depende de cada paseador. Algunos incluso recogemos por las mañanas las heces que los dueños no recogen cuando sacan a su perro al parque por la noche".
Por otra parte, se quejan de que sólo hay una plaza en Buenos Aires con un poste con bolsas para recoger los excrementos y señalan que los caniles, recintos de arena vallados, no son la solución, no sólo por la gran cantidad de perros que hay sino porque los consideran "poco higiénicos".
También aseguran que las autoridades quieren sacarles de en medio, y les ofrecen un terreno cerca de las vías del ferrocarril, al lado de un asentamiento precario donde, "a parte del peligro de los trenes, se dan robos de perros".
"Lo que deberían hacer es habilitar un jardín con un guarda que lo cuide o darnos a nosotros las herramientas necesarias para mantenerlo limpio", añade uno de los paseadores.
"El primer día que llevas a un perro al parque es como el primer día de colegio. Llega asustado y el resto no le hace caso. Los perros en cierta medida son como los niños, hay que estar muy pendiente de ellos", dice Patricia, con 14 años en el oficio.
Este gremio, en el que hay personas de entre 15 y 70 años, de diferentes niveles socioculturales y con distintas situaciones familiares, comparte dos cosas: el amor por los animales y el disfrute del trabajo al aire libre.
"Este laburo te da una libertad que no te da ningún otro. Pero también tiene cosas malas, como aguantar las altas y bajas temperaturas, los mosquitos y los días en los que hay truenos o tiran petardos y los perros se vuelven locos. Es muy difícil controlarlos en esas circunstancias", admite Patricia.
Para ello es fundamental la correa, instrumento imprescindible de los paseadores que, junto con una voz de mando y la experiencia acumulada, consiguen que el perro esté controlado.
Los paseadores, que cobran una media de 30 dólares por perro al mes, suelen sacar a su grupo una vez al día, entre las 8 de la mañana y las 14 horas, cuando devuelven a la última de las mascotas.
Cada trabajador pasea a unos doce perros, aunque algunos llegan a los 25, cuando el máximo permitido por las autoridades es de diez.
"Es mejor llevar muchos perros, se hace más fácil dirigirlos porque los del centro no ven apenas y siguen al guía, que suele ser el de mayor edad o de más autoridad", explica Facundo, que entró en el oficio quedándose con los perros que paseaba un amigo.
Los paseadores suscitan polémica porque se los acusa de dejar sucias las veredas, pero Facundo se defiende: "Depende de cada paseador. Algunos incluso recogemos por las mañanas las heces que los dueños no recogen cuando sacan a su perro al parque por la noche".
Por otra parte, se quejan de que sólo hay una plaza en Buenos Aires con un poste con bolsas para recoger los excrementos y señalan que los caniles, recintos de arena vallados, no son la solución, no sólo por la gran cantidad de perros que hay sino porque los consideran "poco higiénicos".
También aseguran que las autoridades quieren sacarles de en medio, y les ofrecen un terreno cerca de las vías del ferrocarril, al lado de un asentamiento precario donde, "a parte del peligro de los trenes, se dan robos de perros".
"Lo que deberían hacer es habilitar un jardín con un guarda que lo cuide o darnos a nosotros las herramientas necesarias para mantenerlo limpio", añade uno de los paseadores.

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