en la actualidad se realizan 39 estudios científicos
Barro Colorado sigue siendo un tesoro para los científicos
La diversidad de flora y fauna, así como su clima hacen de esta isla el fragmento mejor estudiado de territorio tropical en el mundo por los científicos. De los 122 mamíferos que la habitan, 73 son especies variadas de murciélagos, que tienen mayor población que Estados Unidos y Europa.
Visitantes
- turistas visitan la isla al año, donde 20 guías se turnan para los recorridos.
- kilómetros de sendero tiene Barro Colorado, a excepción de los sitios en tierra firme.
Ubicada a 30 kilómetros de la ciudad, la isla de Barro Colorado es quizás la joya natural más valiosa del país. En ella se encuentra un sinnúmero de riquezas, que no son oro ni plata, pero sí una gran diversidad de especies de flora y fauna que para científicos e investigadores son parte de un gran tesoro.
En la actualidad, 71 investigadores habitan la isla , en la que se llevan a cabo 39 estudios.
Para citar uno, el científico Bill Wcilo investiga el comportamiento de la abeja de ojos grandes, ya que su especie suele vivir sola y sale de su colmena antes del amanecer y del anochecer. Ya lleva unos cinco años en este proyecto.
Para llegar a Barro Colorado se tiene que atravesar en bote el lago Gatún. Un viaje que toma casi media hora y cuyo recorrido se inició minutos después que los rayos del astro sol irradiaran las riberas del Canal de Panamá.
La partida fue puntual, 7:15 a.m. marcaban las manecillas del reloj cuando “Jacana” empezó a calentar sus motores, mientras Ian Sánchez, el guía, hacía el último llamado para abordar la embarcación.
Distante del muelle de Gamboa, se inició la travesía por el lago. A lo lejos se apreciaban algunos barcos que esperaban su turno para pasar por las esclusas de Pedro Miguel y algunos trabajos de dragado, como parte de la ampliación del Canal del Panamá.
A medida que “Jacana” se adentraba en las profundas aguas del lago Gatún, las siluetas de las cinco penínsulas aledañas a la isla empezaban a visualizarse: Gigante, Peña Blanca, Bohío, Buena Vista y Frijoles; sitios que antes de la construcción del Canal fueron poblados y que conforman las 5,600 hectáreas del Monumento Natural Barro Colorado.
Esta es una reserva ecológica que por años ha sido un laboratorio a campo abierto, estudiada por investigadores de todas partes y donde el Instituto Smithsonian cuenta con una estación científica.
Mientras el paisaje coqueteaba ante la mirada de los viajeros, parte del personal que trabaja en la isla aprovecha el trayecto para caer en los brazos de morfeo, y otros leen el diario para enterarse de los últimos hechos noticiosos.
Culmina la travesía por el lago al llegar a la ensenada de la isla, sin tranques ni semáforos que lo retrasaran, más rápido que andar en metrobús, pero apenas era el inicio de la aventura.
Ya en Barro Colorado, la naturaleza hacía su trabajo. La jornada laboral empezaba para el personal de la isla, mientras que para los huéspedes -biólogos, entomólogos, ornitólogos- era otro día para continuar con sus investigaciones, aunque otros recuperaban las horas de sueño tras una larga jornada de trabajo bajo el velo oscuro de la noche, pues es la oportunidad que tienen para estudiar animales nocturnos.
Ni siquiera había empezado la caminata por la isla cuando uno de sus habitantes hacía su debut frente al grupo, la mariposa Morfa Azul, modelando el azul brillante de sus alas, una de las 500 a 600 especies que se encuentran en la reserva biológica.
De dos a tres kilómetros es el recorrido por los senderos de la isla, contó Ian, a la vez que narraba la historia detrás de los nombres que llevan algunos de estos tramos, por lo general de científicos, filántropos o gente de campo. Uno de estos fue Donato Carrillo, celador de la isla y quien abrió los primeros senderos cuando recién empezó a funcionar el laboratorio.
De pronto, al frente se observa una placa que lleva el nombre del panameño Fausto. Su apellido era Bocanegra y fue asistente de investigación de Martin Moynihan (director fundador del Smithsonian).
Cuando apenas iniciaba el viaje, algunos anfitriones daban la bienvenida, una familia de ñeques con crías escudriñaban entre la alfombra de hojas secas del bosque en busca de alimentos, ya que esta es la temporada en la que los árboles producen cantidad de frutos, lo cual es aprovechado por algunas especies.
Muy cerca de estos, pero menos visibles, aunque bastante ruidosos, un grupo de murciélagos pernoctaban en las paredes de una de las instalaciones.
La vida en el lugar continúa su curso, el ruido de los cocorrones rompe de vez en cuando el silencio en el que por momentos se ve envuelta la isla y no falta un ave que con su canto se les una.
De pronto se escucha agua correr, una quebrada se abre paso en medio del sendero y seguidamente le prosigue un camino de escaleras que conduce hacia las antiguas instalaciones que albergaron el laboratorio y los dormitorios, construido en 1925.
Luego de 500 metros recorridos, entre pendientes y bajadas, de pronto un estropicio se escuchó en las copas de los árboles. Un grupo de monos aulladores y arañas curioseaban entre las ramas, atraídos por el ruido de los visitantes.
El guía aprovecha para contar que el mono araña es muy común que se observe en los recorridos, además que es una especie que fue reintroducida en la isla hace muchos años para hacer estudios sobre su población.
El cansancio empieza a mermar el ritmo del grupo, pero la belleza natural del paisaje, que cautiva con sus figuras y tamaños de la vegetación que crece en el lugar, al igual que algunos de sus inquilinos son el aliciente para continuar apreciando las bondades de la isla. La oportunidad de convivir de cerca con la naturaleza y de ver cómo se desarrolla todo tipo de vida hacen que valga la pena quemar un par de calorías.
A lo largo del sendero se pueden observar cintas de colores, placas en algunos árboles, pequeñas jaulas y hasta lo que un día fue una cámara para obtener registros de avistamientos de especies que deambulan por la isla en horas de la noche, como es el caso del jaguar, un visitante que es visto tres veces al año merodeando por el lugar.
Todos son rastros de los instrumentos o herramientas de investigación que siembran los científicos para estudiar el clima de este bosque tropical húmedo y la variedad de especies que lo habitan.
Detrás de Barro Colorado hay historias de casi 100 años de investigaciones y descubrimientos, donde alrededor de 250 científicos al año visitan este laboratorio a campo abierto con miras a estudiar el comportamiento y evolución de plantas y animales de la reserva natural.
En las entrañas del bosque se encuentran troncos de diferentes tipos de árboles sembrados, resultado de un experimento de 1932-1934 para ver cuáles maderas tenían más resistencia al comején y la humedad del trópico y poder ser utilizadas en la construcción de nuevas casas en la Zona del Canal.
A medida que Ian enumera algunas de las grandes investigaciones realizadas, interrumpe para resaltar que antes de llevarse a cabo algún estudio en la isla, las personas deben presentar una propuesta al Smithsonian en la que sustentan el objetivo de su investigación.
“Aquí se estudia la ciencia viva”, expresó el guía, queriendo enfatizar que la mayoría de las investigaciones que se permiten en Barro Colorado son más que todo de observación y solo una pequeña escala representa tomar algunas muestras de las especies, esto con el propósito de conservar la esencia de la reserva.
La isla de Barro Colorado es visitada anualmente por más de 5,000 turistas, entre nacionales y extranjeros.

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