20 de diciembre de 1989, diez años después
Publicado 1999/12/20 00:00:00
Parece mentira que ya hayan pasado diez años de aquella genocida noche en que murieron miles y miles de hermanos panameños.
Fue una noche espantosa que eliminó de mi alma todos los temores que hasta ese momento tenía para en su lugar, dejar las inolvidables huellas de un trauma que trascendió del individuo a toda una sociedad.
Hace poco fui entrevistado por una emisora local, y me pidieron opiniones sobre el veinte de diciembre de 1989. La verdad, contesté, no me era posible siquiera poder pensar en aquel nefasto día sin sentir una especie de represión interna, como si mi subconsciente se negara a manifestar aquel sentimiento. Como si fuerzas de mi propia naturaleza me impidieran exteriorizar mi sentir, mi pensar.
Yo, que cuando pasaban documentales sobre la gesta patriota del 9 de enero de 1964 y la muerte de Ascanio Arosemena, que cuando leía o escuchaba a mis profesores de historia hablar sobre el Incidente de la Tajada de la Sandía de 1856, la Guerra de los Mil Días, y muchos otros acontecimientos de nuestra historia patria, donde en efecto hubo sangre derramada, pensaba en ellos como hechos del pasado, como algo que ya no volvería a pasar, sin embargo, vivir a mis 19 años un hecho de tal envergadura trágica sentí, como diría Kant, "despertar de mi sueño dramático".
A partir de ese momento, mi vida cambió, cambió radicalmente, nada nuevo, pues, sé que todo un pueblo sufrió iguales transformaciones entre gritos de auxilio y tiros de misiles y metralla. Gritos que jamás fueron socorridos, ya que fueron silenciados por aquellos tiros del soldado "Yankee" invasor.
Al reiniciarse las clases el año siguiente, muchos fueron los nombres ausentes en la lista de asistencia. Muchos fueron las caras que no hicieron su puntual acto de presencia.
Al preguntar por aquellos, nadie contestaba, nadie se interesaba en saber, era como si de repente se apagase la luz y nadie se atreviese a hablar hasta que llegase.
Diez años ya, y me pregunto si luego de todo lo que se ha escrito y dicho sobre la invasión del 1989, finalmente la luz ha vuelto.
Maldita invasión que lo único que ha causado es acrecentar, a los niveles más altos, el dolor y la humillación de nuestro pueblo, que al parecer, lleva esto en sus entrañas como un mal genético, como la mal formación de un ser inconcebible, como un aborto de la propia naturaleza.
Ahora sé por qué panameños como José de Jesús Martínez y el maestro Ricaurte Soler murieron ambos de infarto, y es que los mató la indignación de la impotencia ante el coloso Yankee; los mató.
El verse imposibilitados a hacer algo que realmente remediase el dolor y el sufrimiento de un pueblo, los mató al tener que soportar las ineptitudes de aquel gobierno y su servil posición.
Todo esto y más, aunado a sus sesenta y tantos años hicieron que se convirtieran en víctimas tardías de la invasión del 20 de diciembre de 1989. Diez años después, hoy lo sé.
Como también sé que ha sido la juventud de mis años los que han contribuido a mantener viva la esperanza de que algún día se le haga justicia a este pueblo tan sufrido y golpeado por tantos trágicos momentos, ocasionados por la codicia y la lucha por el poder, entre el pitufo familiar y su pandilla y los tres cochinitos y su amigo el lobo feroz.
Tan sólo espero que si alguna vez este documento llegase a publicarse, y ser leído por jóvenes, me disculpen por sacar a relucir este lado reprimido de mi existencia, como también espero haber logrado contribuir a la toma de conciencia y a tener presente que "Quien olvida la Historia está condenado a repetirla".
Fue una noche espantosa que eliminó de mi alma todos los temores que hasta ese momento tenía para en su lugar, dejar las inolvidables huellas de un trauma que trascendió del individuo a toda una sociedad.
Hace poco fui entrevistado por una emisora local, y me pidieron opiniones sobre el veinte de diciembre de 1989. La verdad, contesté, no me era posible siquiera poder pensar en aquel nefasto día sin sentir una especie de represión interna, como si mi subconsciente se negara a manifestar aquel sentimiento. Como si fuerzas de mi propia naturaleza me impidieran exteriorizar mi sentir, mi pensar.
Yo, que cuando pasaban documentales sobre la gesta patriota del 9 de enero de 1964 y la muerte de Ascanio Arosemena, que cuando leía o escuchaba a mis profesores de historia hablar sobre el Incidente de la Tajada de la Sandía de 1856, la Guerra de los Mil Días, y muchos otros acontecimientos de nuestra historia patria, donde en efecto hubo sangre derramada, pensaba en ellos como hechos del pasado, como algo que ya no volvería a pasar, sin embargo, vivir a mis 19 años un hecho de tal envergadura trágica sentí, como diría Kant, "despertar de mi sueño dramático".
A partir de ese momento, mi vida cambió, cambió radicalmente, nada nuevo, pues, sé que todo un pueblo sufrió iguales transformaciones entre gritos de auxilio y tiros de misiles y metralla. Gritos que jamás fueron socorridos, ya que fueron silenciados por aquellos tiros del soldado "Yankee" invasor.
Al reiniciarse las clases el año siguiente, muchos fueron los nombres ausentes en la lista de asistencia. Muchos fueron las caras que no hicieron su puntual acto de presencia.
Al preguntar por aquellos, nadie contestaba, nadie se interesaba en saber, era como si de repente se apagase la luz y nadie se atreviese a hablar hasta que llegase.
Diez años ya, y me pregunto si luego de todo lo que se ha escrito y dicho sobre la invasión del 1989, finalmente la luz ha vuelto.
Maldita invasión que lo único que ha causado es acrecentar, a los niveles más altos, el dolor y la humillación de nuestro pueblo, que al parecer, lleva esto en sus entrañas como un mal genético, como la mal formación de un ser inconcebible, como un aborto de la propia naturaleza.
Ahora sé por qué panameños como José de Jesús Martínez y el maestro Ricaurte Soler murieron ambos de infarto, y es que los mató la indignación de la impotencia ante el coloso Yankee; los mató.
El verse imposibilitados a hacer algo que realmente remediase el dolor y el sufrimiento de un pueblo, los mató al tener que soportar las ineptitudes de aquel gobierno y su servil posición.
Todo esto y más, aunado a sus sesenta y tantos años hicieron que se convirtieran en víctimas tardías de la invasión del 20 de diciembre de 1989. Diez años después, hoy lo sé.
Como también sé que ha sido la juventud de mis años los que han contribuido a mantener viva la esperanza de que algún día se le haga justicia a este pueblo tan sufrido y golpeado por tantos trágicos momentos, ocasionados por la codicia y la lucha por el poder, entre el pitufo familiar y su pandilla y los tres cochinitos y su amigo el lobo feroz.
Tan sólo espero que si alguna vez este documento llegase a publicarse, y ser leído por jóvenes, me disculpen por sacar a relucir este lado reprimido de mi existencia, como también espero haber logrado contribuir a la toma de conciencia y a tener presente que "Quien olvida la Historia está condenado a repetirla".

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