Barriadas brujas en el interior
Publicado 1999/01/06 00:00:00
Hace poco nuestro corresponsal en Azuero, José Poveda, nos envió un reportaje sobre la existencia de una "villa miseria" o barriada bruja llamada La Zona en la hermosa Villa de Los Santos. Deben haber otras en los alrededores de los principales centros urbanos de la península, pero esa es la primera con características similares a las de San Miguelito, Boca la Caja, Curundú y otras de las que recordemos en esa productiva región.
Las características físicas de La Zona de La Villa no es distinta a cualquier otra de sus similares de David, La Chorrera, Arraiján, Colón o Panamá. Casas de zinc, cartón y sobrantes de madera, carentes de servicios públicos, de agua, electricidad, teléfono, sin adecuadas condiciones de higiene y con poco espacio.
En el reducido espacio, precario entorno y existencia es cuestión de tiempo para que la promiscuidad y malsano ambiente social cree el caldo de cultivo para la delincuencia y los vicios que muchas veces son un escape a la realidad dura y sin esperanza.
Por lo pronto el tiempo no ha sido suficiente para echar a perder y contaminar la actual generación de residentes de La Zona. Pero hay niños pequeños criándose en esas condiciones, que tienen derecho a una vida mejor y a iguales oportunidades para levantarse y surgir como cualquiera que viva en áreas o condiciones más sanas.
Son migrantes de Las Minas y los Pozos de Herrera, gente humilde pero honesta, orgullosa y trabajadora. La miseria y carencia de oportunidades debió empujarlos hacia La Villa. Bien pudieron sumarse a los miles que cada mes invaden la sobrepoblada área canalera. Pero al menos optaron por quedarse en Azuero. Acá habría sido mucho peor, presionados de salida por las mafias y pandillas, forzados por necesidad a sumarse o perecer.
Como es de suponer, los terrenos son ajenos y muchos son víctimas de los conocidos precaristas profesionales que les cobran renta por cosechas miserables y por el derecho de espacio. Afortunadamente ya el Ministerio de Vivienda está enterado pero hace falta dar el primer paso: conseguirles un terreno, lotificarlo y prestarles los materiales para que construyan sus casas en condiciones decorosas.
Igual cabe hacer con las demás barriadas de inmigrantes que huyen de la miseria, abandonando sus campos, víctimas de la globalización a ciegas y el abandono. En general son gente buena que requiere tan solo una mano para ayudarse y valerse por sí misma.
Las características físicas de La Zona de La Villa no es distinta a cualquier otra de sus similares de David, La Chorrera, Arraiján, Colón o Panamá. Casas de zinc, cartón y sobrantes de madera, carentes de servicios públicos, de agua, electricidad, teléfono, sin adecuadas condiciones de higiene y con poco espacio.
En el reducido espacio, precario entorno y existencia es cuestión de tiempo para que la promiscuidad y malsano ambiente social cree el caldo de cultivo para la delincuencia y los vicios que muchas veces son un escape a la realidad dura y sin esperanza.
Por lo pronto el tiempo no ha sido suficiente para echar a perder y contaminar la actual generación de residentes de La Zona. Pero hay niños pequeños criándose en esas condiciones, que tienen derecho a una vida mejor y a iguales oportunidades para levantarse y surgir como cualquiera que viva en áreas o condiciones más sanas.
Son migrantes de Las Minas y los Pozos de Herrera, gente humilde pero honesta, orgullosa y trabajadora. La miseria y carencia de oportunidades debió empujarlos hacia La Villa. Bien pudieron sumarse a los miles que cada mes invaden la sobrepoblada área canalera. Pero al menos optaron por quedarse en Azuero. Acá habría sido mucho peor, presionados de salida por las mafias y pandillas, forzados por necesidad a sumarse o perecer.
Como es de suponer, los terrenos son ajenos y muchos son víctimas de los conocidos precaristas profesionales que les cobran renta por cosechas miserables y por el derecho de espacio. Afortunadamente ya el Ministerio de Vivienda está enterado pero hace falta dar el primer paso: conseguirles un terreno, lotificarlo y prestarles los materiales para que construyan sus casas en condiciones decorosas.
Igual cabe hacer con las demás barriadas de inmigrantes que huyen de la miseria, abandonando sus campos, víctimas de la globalización a ciegas y el abandono. En general son gente buena que requiere tan solo una mano para ayudarse y valerse por sí misma.

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