Cien años de Los Mil Días
Publicado 1999/09/12 23:00:00
- Mexicali
El 12 se septiembre de 1899 se produjo en Bucaramanga el primer chispazo de una guerra colombiana más. Nadie se imaginó que el conflicto fratricida duraría tres interminables años; de su extensión y terribles consecuencias le viene el nombre de los Mil Días.
Desde tiempos del presidente Rafael Núñez Moledo, los liberales estuvieron proscritos del poder. Belisario Porras reduce el glorioso partido del pendón rojo a la condición de “paria†sin más perspectiva que la cárcel o el destierro.
Hubo un ideólogo que continuamente martillaba sobre la frustración y proscripción de los liberales: Rafael Uribe Uribe, pero quien instalaría la guerra en Panamá fue el ge-neral Benjamín Herrera.
El propio historiador cartagenero Eduardo Lemaitre, quien jamás nos vio con buenos ojos, estima que los Mil Días y sus consecuencias fueron una causa poderosa en el trámite de la emancipación definitiva del Istmo.
Cuando el siglo XIX se cie-rra, dos ancianos estaban en la Presidencia: Manuel A. Sanclemente y José M. Marroquín. El chusco carácter bogotano insinuaba que no eran mandatarios históricos, sino prehistóricos.
En consecuencia, el descontento lastrado de los liberales tenía que reventar incontenible.
Cuando los enfrentamientos entre colombianos aseguró triunfos a la insurgencia, los liberales proclamaron a Gabriel Vargas Santos como presidente provisional de Colombia.
No obstante, las victorias eran fugaces y pronto los li-berales debían retroceder ante el empuje de los militares leales al Gobierno.
La Guerra prendió en Panamá con el desembarco de Porras y sus soldados en Punta Burica, Chiriquí (marzo de 1900).
Una serie de fulgurantes campañas se iniciaron desde David y por todo el Interior que “aseguraban†a los combatientes que estaban ganando la causa reivindicadora. Frágil ilusión porque la masacre que sufrieron los liberales en el Puente de Calidonia a manos de las huestes legitimistas los persuadieron de lo contrario.
El liberalismo herido de muerte hizo acopio de nuevas fuerzas para las acciones de 1902.
La contienda sangrienta de los Mil Días que tuvo al Istmo por principal teatro sólo produjo desolación y ruina moral y material.
Tras numerosos meses de refriegas no quedaba otra salida que firmar una paz honrosa.
En Colombia, el Tratado de Neerlandia puso fin a las hostilidades con la rúbrica del documento por los generales Juan B. Tovar y Rafael Uribe Uribe.
En Panamá devastada, pero donde los Estados Unidos tenían grandes intereses y una influyente presencia de más de medio siglo, la paz fue acordada a bordo del acorazado de guerra Wisconsin el 21 de noviembre de 1902. En representación del gobierno colombiano firmaron Víctor M. Salazar y Alfredo Vásquez Cobo. Por los alzados en armas, Lucas Caballero y Eusebio A. Morales.
No obstante, hubo alguien para quien las cláusulas y garantías del Convenio del Wisconsin fueron letra muerta: el cholo guerrillero de Coclé, Victoriano Lorenzo. El se convirtió, mejor dicho, lo transformaron en el chivo expiatorio de los godos. En un juicio rápido e inicuo fue condenado a morir fusilado en la Plaza de Chiriquí o de las Bóvedas el 15 de mayo de 1903.
El escritor Horacio Gómez Aristizábal coincide en el punto de vista de que los Mil Días habían - vale reproducir sus palabras -, “sembrado en Panamá el último motivo para que determinara separarse de Colombiaâ€.
Todavía faltaba que el Congreso rechazara con argumento fútiles la primera intentona de pacto canalero, el Herrán - Hay.
Ello explica que el Acta de 4 de noviembre de 1903 afirme que la separación se producía “sin odios ni rencores†porque los panameños no obtuvimos de Colombia el ímpetu económico y social que nos merecíamos en función de nuestra excepcional situación geográfica en medio de las coordenadas del hemisferio.
La Guerra de los Mil Días espoleó la determinación inapelable de los istmeños. Causa de fuerte incidencia, que no la única. A esta se unieron otras motivaciones anteriores y posteriores que desembocarían en el advenimiento de la República.
Cien años de los Mil Días. Una elección admonitoria para no repetir los errores del pretérito, para saber que durante todo el siglo pasado fue sedimentándose y afirmándose la conciencia nacional.
Hoy, en el umbral del Tercer Milenio que se abre con el siglo XXI, los panameños hemos dado suficientes muestras de arrojo cuyo frutos son la reconquista del Canal y sus áreas adyacentes.
La Guerra de los Mil Días coadyuvó a afinar y poner de manifiesto el sentimiento nacional. En este momento sube a una cumbre y de allí despega hacia nuevas metas.
Desde tiempos del presidente Rafael Núñez Moledo, los liberales estuvieron proscritos del poder. Belisario Porras reduce el glorioso partido del pendón rojo a la condición de “paria†sin más perspectiva que la cárcel o el destierro.
Hubo un ideólogo que continuamente martillaba sobre la frustración y proscripción de los liberales: Rafael Uribe Uribe, pero quien instalaría la guerra en Panamá fue el ge-neral Benjamín Herrera.
El propio historiador cartagenero Eduardo Lemaitre, quien jamás nos vio con buenos ojos, estima que los Mil Días y sus consecuencias fueron una causa poderosa en el trámite de la emancipación definitiva del Istmo.
Cuando el siglo XIX se cie-rra, dos ancianos estaban en la Presidencia: Manuel A. Sanclemente y José M. Marroquín. El chusco carácter bogotano insinuaba que no eran mandatarios históricos, sino prehistóricos.
En consecuencia, el descontento lastrado de los liberales tenía que reventar incontenible.
Cuando los enfrentamientos entre colombianos aseguró triunfos a la insurgencia, los liberales proclamaron a Gabriel Vargas Santos como presidente provisional de Colombia.
No obstante, las victorias eran fugaces y pronto los li-berales debían retroceder ante el empuje de los militares leales al Gobierno.
La Guerra prendió en Panamá con el desembarco de Porras y sus soldados en Punta Burica, Chiriquí (marzo de 1900).
Una serie de fulgurantes campañas se iniciaron desde David y por todo el Interior que “aseguraban†a los combatientes que estaban ganando la causa reivindicadora. Frágil ilusión porque la masacre que sufrieron los liberales en el Puente de Calidonia a manos de las huestes legitimistas los persuadieron de lo contrario.
El liberalismo herido de muerte hizo acopio de nuevas fuerzas para las acciones de 1902.
La contienda sangrienta de los Mil Días que tuvo al Istmo por principal teatro sólo produjo desolación y ruina moral y material.
Tras numerosos meses de refriegas no quedaba otra salida que firmar una paz honrosa.
En Colombia, el Tratado de Neerlandia puso fin a las hostilidades con la rúbrica del documento por los generales Juan B. Tovar y Rafael Uribe Uribe.
En Panamá devastada, pero donde los Estados Unidos tenían grandes intereses y una influyente presencia de más de medio siglo, la paz fue acordada a bordo del acorazado de guerra Wisconsin el 21 de noviembre de 1902. En representación del gobierno colombiano firmaron Víctor M. Salazar y Alfredo Vásquez Cobo. Por los alzados en armas, Lucas Caballero y Eusebio A. Morales.
No obstante, hubo alguien para quien las cláusulas y garantías del Convenio del Wisconsin fueron letra muerta: el cholo guerrillero de Coclé, Victoriano Lorenzo. El se convirtió, mejor dicho, lo transformaron en el chivo expiatorio de los godos. En un juicio rápido e inicuo fue condenado a morir fusilado en la Plaza de Chiriquí o de las Bóvedas el 15 de mayo de 1903.
El escritor Horacio Gómez Aristizábal coincide en el punto de vista de que los Mil Días habían - vale reproducir sus palabras -, “sembrado en Panamá el último motivo para que determinara separarse de Colombiaâ€.
Todavía faltaba que el Congreso rechazara con argumento fútiles la primera intentona de pacto canalero, el Herrán - Hay.
Ello explica que el Acta de 4 de noviembre de 1903 afirme que la separación se producía “sin odios ni rencores†porque los panameños no obtuvimos de Colombia el ímpetu económico y social que nos merecíamos en función de nuestra excepcional situación geográfica en medio de las coordenadas del hemisferio.
La Guerra de los Mil Días espoleó la determinación inapelable de los istmeños. Causa de fuerte incidencia, que no la única. A esta se unieron otras motivaciones anteriores y posteriores que desembocarían en el advenimiento de la República.
Cien años de los Mil Días. Una elección admonitoria para no repetir los errores del pretérito, para saber que durante todo el siglo pasado fue sedimentándose y afirmándose la conciencia nacional.
Hoy, en el umbral del Tercer Milenio que se abre con el siglo XXI, los panameños hemos dado suficientes muestras de arrojo cuyo frutos son la reconquista del Canal y sus áreas adyacentes.
La Guerra de los Mil Días coadyuvó a afinar y poner de manifiesto el sentimiento nacional. En este momento sube a una cumbre y de allí despega hacia nuevas metas.

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