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A crueldad con propósito

El delincuente común se comporta muchas veces en forma parecida a un animal. Hay ladrones que, sin explicación alguna.

Arnulfo Arias O. | opinion@epasa.com | - Actualizado:

Arnulfo Arias Olivares

"Nosotros no nos asemejamos a los animales porque estemos en la jaula, sino que estamos en la jaula porque nos asemejamos a los animales". Carnelutti ¿Puede haber tal cosa como una crueldad con propósito? Así pensaban los grandes generales como Julio Cesar y, hasta recientemente, todo un sistema educativo que creía en el castigo redentor.

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Al margen de cuál sea la opinión de cada cual, totalmente libre de adherirse a ese gran mercado de su preferencia, lo cierto es que el debate lo vive en carne propia todo padre responsable. Se rasga uno la conciencia desde que se ve inmerso en es realidad, y las corrientes y enseñanzas sobre la crianza se desbordan como la crecida del monzón en las librerías y en las redes. Impartir disciplina es probablemente una de las tareas más delicadas de los padres hoy en día, especialmente cuando abundan las ideas que amedrentan y amenazan con el daño crónico que supuestamente se podría causar. En fin, se dice que si uno no se adapta a todo, entonces todo se terminará por adaptar a uno, como las bioincrustaciones esas que encuentran un hogar bajo el casco de los barcos.

Me gustaría pensar, entonces, que más que una crueldad con propósito, podríamos estaríamos en presencia de una educación severa que evita males mayores en aquellos a los que se le imparte. ¿Qué pasa si un padre, por ejemplo, deja sin castigo una fechoría menor de su pequeño hijo? Algo tan inocente como hurtarse un caramelo. ¿No estaría acaso ese padre dando una señal al niño de que su con ducta se justifica y que puede el niño sentirse libre de cultivarla hasta que se haga un hábito nocivo? ¿No cabría, más bien, una reprimenda severa, seguida de una conversación afectiva con el niño? La falta de un encausamiento firme y oportuno podría evitar muchas veces que esos hábitos tan inocentes en principio se conviertan con el tiempo en serias conductas delictivas. Y, como una cadena que se amarra férreamente de eslabón en eslabón, la conducta delictiva desatendida también termina despertando los impulsos básicos de la bestia esa que, por milenios, ha venido el ser humano aconductando en él.

El delincuente común se comporta muchas veces en forma parecida a un animal. Hay ladrones que, sin explicación alguna, defecan en los lugares donde roban; hay intrusos que penetran los hogares para cometer un hurto que termina luego en violación desenfrenada o en homicidio cruel.

En ellos se despliegan, como manta que sacude el viento, los instintos más primarios del mamífero, que quedan fuera del alcance de la mano de la ley, que arrastran la crecida de conductas primitivas que la razón no puede comprender y que la bestia no puede a veces controlar. Por eso, la disciplina férrea bien dosificada en los menores, por parte de los que los cuidan y aleccionan, puede resultar tan efectiva en un momento dado, como un remedio preventivo. Por eso también se deben reorientar esos programas de resocialización que, ante actos de crueldad animal por parte de los delincuentes, resultan totalmente inútiles por sí solos.

Ese que ha cometido un delito grave, arrastrado corrientes de crueldad animal, no puede simplemente ser tratado como un hombre que recapacita y que responde al tratamiento, cualquiera éste sea; se debe disipar muy prontamente esa ilusión sin fundamento. A ese nivel de bestia acorralada tras los barrotes, no se puede redimir en ellos vacío espiritual que está completamente ya viciado y que ha atrapado al hombre en una piel hirsuta de animal. Ese nivel de entendimiento básico de la conducta delictiva cruel haría que la delincuencia de ese tipo se tratara desde una perspectiva de la comprensión, sin que se deforme nunca en una represalia inútil gobernada por el odio y el resentimiento. Ese entendimiento básico de la crueldad animal del hombre, ya enunciada Martin Luther King, que sólo combatía el odio con la comprensión y nunca con la afectividad emotiva, haría que se repiensen las medidas para combatir el crimen y su violencia intrínseca.

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