Por años los niños recordarán el sismo de su niñez y los viejos por el resto de su vejez. Hay un antiguo proverbio que dice que cuando las rodillas tiemblan, es momento de caer y arrodillarse para orar. Ayer fue uno de esos días, precisamente. Todo parecía temblar bajo nosotros y seguía temblando dentro de nosotros luego de las réplicas constantes. Entre temblor del suelo y temblor del cuerpo, muchos pasaron la noche sin un pestañeo. Aunque todos vivieron de manera individual esa experiencia, un denominador común podía ser escuchado en los videos, desde Isla Cañas en Tonosí hasta Donoso, allá en Colón; era el “Dios mío” universal del hombre, como aclamación a que vive a flor de la garganta del creyente y del ateo, indistintamente. Dios existe para todos en momentos de desgracia, aunque sean o no creyentes y su llamado se convierte en una invocación primaria y casi muscular del inconsciente. En las trincheras no existen los ateos.
Esa sensación de que el suelo se te mece bajo los pies, aunque no se esté meciendo ya, es desgastante hasta para los nervios más templados. Cuando era un estudiante, viví en la ciudad de Lima por un tiempo, por lo que tuve que aceptar los movimientos sísmicos como parte de mi vida diaria; pero nunca había experimentado un sismo de esta intensidad y persistencia. Eventos como estos nos hacen retornar a la humildad, reconociendo la fragilidad evidente de la vida. Nos integra a todos en este “pequeño punto azul”; nombre con que el astrofísico Carl Sagan bautizó la Tierra. Debemos convivir con lo que pasa aquí, unidos ante la tragedia que todo y cada uno de los hombres sufre, en alguna que otra medida, y debemos aceptar que somos solo parte de un ecosistema protegido solamente por una invisible atmósfera gaseosa y frágil. Nuestras generaciones han recibido, como otras en el pasado, un duro golpe al espinazo; la pandemia reciente y los eventos telúricos vecinos, que cobraron vidas, y ahora el terremoto que vivimos, nos deben despertar a todos y hacernos entender que todo lo que somos como humanidad puede terminar, en un cerrar de ojos, en ese cesto de la evolución imparcial de nuestro mundo, que no tiene miramientos para el hombre ni para el insecto, y nos contempla a todos por igual.
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Ni el científico ni el cura, ni el estudiante ni el maestro, son distintos para nada ante el advenimiento de estas circunstancias. Todos por igual, tal vez algunos con más sangre fría que otros, pero vulnerables todos al fin. Nuestro interior ha sido afectado especialmente y aunque la tragedia de la muerte no ha alcanzado los hogares esta vez, según dicen las reportes, es momento de que la Capital mire hacia provincia y deje de considerarla como apéndice imperceptible en los momentos en los que la olvida o como el hígado y estómago que le procesa los excesos en los momentos de los festivales, fiestas, procesiones, toldos y jolgorio. Somos uno. Tan pequeños somos que el poeta nacional Miró pudo llevarnos hasta Barcelona en su baúl y pudo decantar para nosotros las palabras que resuenan por igual en todo panameño, como la experiencia trágica que hemos vivido: “¡Oh Patria tan pequeña que cabes toda entera debajo de la sombra de nuestro pabellón!”. Unidos ante los placeres y el folclore, unidos ante la desgracia y el dolor.

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