De estética y religión
Publicado 2003/07/17 23:00:00
- Ruling Barragán
Resulta en extremo curioso que la estética, en cuanto teoría del arte y la belleza, no fue tomada con especial interés por los grandes filósofos antiguos, medievales, y aún la gran mayoría de los modernos. La razón de esto, según algunos, podría deberse al negativo concepto que tuvo Platón sobre los poetas y los artistas en general, a quienes había desterrado de su utópica República. El arte es ficción -algo opuesto o distinto a lo real o verdadero- y cada obra de arte es -según Platón- una copia imperfecta de algo que ya es imperfecto, el mundo en el cual vivimos y morimos.
Recordemos que para el ilustre pensador griego, el mundo “realmente real” es el universo de los Arquetipos o Formas, al cual corresponde el divino atributo de realidad. Nuestro mundo, aquel que nos ofrece la experiencia cotidiana, es apenas una ilusión imperfecta, degradada o inferior. Qué decir, pues, de los objetos artísticos que crean otra ilusión basados en algo ya ilusorio.
La filosofía medieval tampoco le prestó mayor atención al arte o la belleza. La teología cristiana, que ofreció a la filosofía su más alto objeto de estudio -Dios, por supuesto- no destacó a la belleza entre los atributos divinos. Para los teólogos cristianos, Dios era principalmente, unidad, simplicidad, verdad, realidad, y bondad.
Sólo la experiencia de artistas y místicos, resaltó la belleza como una característica esencial a la divinidad. Sin embargo, en cuanto ‘experimentadores de Dios’ los artistas y místicos del medioevo no ofrecieron teorías filosóficas (aunque sí espléndida y abundante poesía teológica) sobre la belleza y su relación con la divinidad.
No fue sino hasta el siglo XIX, con la impronta romántica de las filosofías de Schelling y Hegel, más que con Burke y Kant en el siglo anterior, que la reflexión estética se asienta definitivamente y de manera central en las inquisiciones filosóficas. Para ambos filósofos, la estética ocupa un sitial preponderante en la metafísica, dimensión sine qua non de la filosofía. Según estos pensadores, tanto la evolución de la naturaleza como el desarrollo de la humanidad aspiran a la condición del arte y la belleza. Pero las creaciones artísticas del hombre son una mejoría sobre el mundo creado por Dios, la naturaleza. El hombre perfecciona, a través del arte, la obra del Creador.
Con Schopenhauer, Kierkegaard, y Nietzsche, a mediados y finales del siglo XIX, el arte y lo bello son prima philosophia (filosofía primera) en todo su esplendor. En ellos destacan la música y la poesía (entendida esta última en el sentido general de toda creación literaria) como las más elevadas formas de filosofía. O sabiduría, propiamente hablando. Pero ya en Kierkegaard y Nietzsche el arte no ofrece sino una ‘trascendencia sin Dios’.
Para Kierkegaard, quien era religioso, el arte es apenas un estadio en el camino hacia algo más transcendente. Para Nietzsche, que era ateo, la mayor trascendencia que pueden aspirar los hombres es la del arte.
En el siglo XX, la estética mantiene su carácter metafísico y religioso en el neorrealismo inglés, movimiento filosófico representado por Santayana, S. Alexander, y A. N. Whitehead, entre otras figuras. Sin embargo, la impronta metafísica y religiosa del arte se abandona, toto caelo, con la filosofía analítica, la fenomenología, el marxismo, y el estructuralismo, las corrientes filosóficas más preponderantes del pasado siglo.
Hoy, la estética es abordada por las más diversas tradiciones filosóficas y no filosóficas. En casi todas ha perdido su sentido religioso o metafísico. Es objeto de estudio por numerosas disciplinas académicas, sin mayores pretenciones teóricas o existenciales. También es parte fundamental, en cuanto actividad práctica o no reflexiva de nuestra cultura popular, sobre todo en la industria del entretenimiento y la moda.
Según el filósofo norteamericano Richard Rorty, actualmente nos encontramos en los albores de una cultura ‘postmetafísica’, en la cual el arte toma ahora el lugar que antes ocupaba la religión, o la filosofía en su sentido clásico. Hay mucho de verdad en esta afirmación. Es así posible que en estos tiempos, en los cuales “Dios ha muerto” el arte y la belleza sean las únicas formas en que el hombre encuentre alguna transcendencia o redención.
Algunos de nosotros -quienes creemos todavía en un Dios-, nos sentimos, como buenos ‘posmodernos’, más unidos a la Divinidad en los cines que en las iglesias... Y a menudo nos aproximamos mejor a Dios escuchando música rock que oyendo un sermón evangélico...
En nuestra posmodernidad, en esta ‘era postmetafísica’, tal vez no es demasiado temerario o sacrílego aventurar la hipótesis de que el arte sea la manera más apropiada que tiene Dios para manifestarse a todos los hombres.
Recordemos que para el ilustre pensador griego, el mundo “realmente real” es el universo de los Arquetipos o Formas, al cual corresponde el divino atributo de realidad. Nuestro mundo, aquel que nos ofrece la experiencia cotidiana, es apenas una ilusión imperfecta, degradada o inferior. Qué decir, pues, de los objetos artísticos que crean otra ilusión basados en algo ya ilusorio.
La filosofía medieval tampoco le prestó mayor atención al arte o la belleza. La teología cristiana, que ofreció a la filosofía su más alto objeto de estudio -Dios, por supuesto- no destacó a la belleza entre los atributos divinos. Para los teólogos cristianos, Dios era principalmente, unidad, simplicidad, verdad, realidad, y bondad.
Sólo la experiencia de artistas y místicos, resaltó la belleza como una característica esencial a la divinidad. Sin embargo, en cuanto ‘experimentadores de Dios’ los artistas y místicos del medioevo no ofrecieron teorías filosóficas (aunque sí espléndida y abundante poesía teológica) sobre la belleza y su relación con la divinidad.
No fue sino hasta el siglo XIX, con la impronta romántica de las filosofías de Schelling y Hegel, más que con Burke y Kant en el siglo anterior, que la reflexión estética se asienta definitivamente y de manera central en las inquisiciones filosóficas. Para ambos filósofos, la estética ocupa un sitial preponderante en la metafísica, dimensión sine qua non de la filosofía. Según estos pensadores, tanto la evolución de la naturaleza como el desarrollo de la humanidad aspiran a la condición del arte y la belleza. Pero las creaciones artísticas del hombre son una mejoría sobre el mundo creado por Dios, la naturaleza. El hombre perfecciona, a través del arte, la obra del Creador.
Con Schopenhauer, Kierkegaard, y Nietzsche, a mediados y finales del siglo XIX, el arte y lo bello son prima philosophia (filosofía primera) en todo su esplendor. En ellos destacan la música y la poesía (entendida esta última en el sentido general de toda creación literaria) como las más elevadas formas de filosofía. O sabiduría, propiamente hablando. Pero ya en Kierkegaard y Nietzsche el arte no ofrece sino una ‘trascendencia sin Dios’.
Para Kierkegaard, quien era religioso, el arte es apenas un estadio en el camino hacia algo más transcendente. Para Nietzsche, que era ateo, la mayor trascendencia que pueden aspirar los hombres es la del arte.
En el siglo XX, la estética mantiene su carácter metafísico y religioso en el neorrealismo inglés, movimiento filosófico representado por Santayana, S. Alexander, y A. N. Whitehead, entre otras figuras. Sin embargo, la impronta metafísica y religiosa del arte se abandona, toto caelo, con la filosofía analítica, la fenomenología, el marxismo, y el estructuralismo, las corrientes filosóficas más preponderantes del pasado siglo.
Hoy, la estética es abordada por las más diversas tradiciones filosóficas y no filosóficas. En casi todas ha perdido su sentido religioso o metafísico. Es objeto de estudio por numerosas disciplinas académicas, sin mayores pretenciones teóricas o existenciales. También es parte fundamental, en cuanto actividad práctica o no reflexiva de nuestra cultura popular, sobre todo en la industria del entretenimiento y la moda.
Según el filósofo norteamericano Richard Rorty, actualmente nos encontramos en los albores de una cultura ‘postmetafísica’, en la cual el arte toma ahora el lugar que antes ocupaba la religión, o la filosofía en su sentido clásico. Hay mucho de verdad en esta afirmación. Es así posible que en estos tiempos, en los cuales “Dios ha muerto” el arte y la belleza sean las únicas formas en que el hombre encuentre alguna transcendencia o redención.
Algunos de nosotros -quienes creemos todavía en un Dios-, nos sentimos, como buenos ‘posmodernos’, más unidos a la Divinidad en los cines que en las iglesias... Y a menudo nos aproximamos mejor a Dios escuchando música rock que oyendo un sermón evangélico...
En nuestra posmodernidad, en esta ‘era postmetafísica’, tal vez no es demasiado temerario o sacrílego aventurar la hipótesis de que el arte sea la manera más apropiada que tiene Dios para manifestarse a todos los hombres.

Para comentar debes registrarte y completar los datos generales.