Panamá
De una mujer sencilla vino nuestra salvación
- Mons. Rómulo Emiliani cmf
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No es sorprendente que una mujer sencilla de un pueblito llamado Nazaret que nadie conocía fuera de Israel después de dos mil años sea recordada, amada, venerada, suplicada en mil advocaciones a lo largo y ancho del mundo. Que hay grandes Santuarios en el mundo que nos la recuerdan: Lourdes, Fátima, Guadalupe, Aparecida, Medjugorje, Santa María la Mayor en Roma, y tantas capillas, templos, llevan su nombre. Tenemos congregaciones religiosas que llevan el nombre de María. Que hasta en el libro de los musulmanes el Corán aparece su nombre de la manera más respetuosa. Que millones de mujeres en el mundo han llevado el nombre de María.
Y todo empezó en Nazaret cuando una niña que Dios había escogido desde la eternidad para ser madre de Jesús y había preservado del pecado original en su concepción, desde que tuvo uso de razón tomó conciencia de que un Dios más grande que el universo se había fijado en ella y la amaba. Ella se envolvía en el amor eterno de Dios en el silencio y la soledad, y en medio del movimiento febril del pueblo, donde artesanos, arrieros, pastores, mujeres cargando la harina y las verduras, y los sábados los hombres por un lado y las mujeres por otro, asistiendo a la sinagoga, esa niña vivía intensamente la presencia de Dios en su vida. Y así fue creciendo y viviendo sus momentos íntimos de encuentros con el Dios de Israel. Podríamos ver que esa tenue luz que emergía de Nazaret un día se hace en extremo brillante y sus rayos iluminan no solo al pueblo, sino a todo Israel, al mundo y el universo entero cuando María dijo sí y el Verbo se hizo carne en ella. Dios se hace hombre en el seno virginal de María. Se da la encarnación de la segunda persona de la Santísima Trinidad y empieza la salvación del mundo entero gracias al sí valiente y totalmente confiado de una jovencita de un pueblo pobre, Nazaret. Ella se convierte en madre de Dios y madre nuestra.
Esto nos enseña a valorar siempre lo pequeño, por las grandes sorpresas que da la existencia, desde las semillas sembradas que se desarrollan y crecen como grandes árboles, como los granos de trigo que se extienden en enormes trigales, y en el caso de una mujer sencilla y humilde, una campesina que llegó a ser la madre del Señor, el Salvador de todo el género humano. Nunca menospreciemos lo pequeño, porque como de Nazaret, un pueblo sencillo de Israel, de una mujer muy humilde, vino la salvación, así mismo Dios se puede manifestar en lo mínimo y hacerlo grande.

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