El mito de las tres culturas
- Carlos David Castro Gómez
Uno de los mitos mejor preservados en la accidentada búsqueda de la identidad cultural latinoamericana ha sido el del llamado Encuentro de las Tres Culturas. Expresión utilizada últimamente, para conmemorar el histórico acontecimiento del 12 de octubre de 1492. Este mito ha sido el resultado de un largo proceso de construcción y reconstrucción de nuestra historia, no exento de encuentros y desencuentros, entre las más disímiles y controversiales corrientes del pensamiento social e ideológico de la región y que ha involucrado a conspicuos representantes de la historia, la antropología, la filosofía, la etnología, la teología, la sociología y el derecho.
Primero se habló del Día de la Raza. Sin embargo, las funestas reminiscencias del Holocausto, persuadieron a muchos, a mediados del siglo pasado, de que la palabra Raza podría resultar un tanto evocadora y ofensiva y decidieron optar por denominar a la fecha como Día de la Hispanidad. Resulta no obstante, que inclinar la balanza, excesivamente, hacia la exaltación de la gran obra de los Reyes Católicos de España, podría resultar también ofensiva y degradante, en este caso, tanto para los pueblos originarios como para los descendientes de los negros esclavos cimarrones y bozales. Para sortear estas dificultades se optó por hablar finalmente de Encuentro de las tres culturas. Carlos Fuentes, sin embargo hablaría del Choque de tres culturas, y otros, más irreverentes, se atreverían, incluso, a declarar el onomástico como Día de Duelo Nacional. Lastimosamente para muchos, hoy en día, la fecha pareciera pasar inadvertida.
La realidad es que sin importar como se denomine a la fecha, no podemos seguir insistiendo en el concepto reduccionista, simplificador, unilineal y determinista de que se trata de un asunto que involucra solo a tres culturas. Si tenemos que hablar de choque, encuentro, o conflicto, hay que recalcar que no se trata de un asunto que involucra solo a tres culturas, sino de un complejo mundo que compromete a muchas y diferentes culturas, tanto desde el punto de vista interétnico como intraétnico.
Los pueblos originarios tienen un tronco común, su origen, pero entre ellos, las disimilitudes abundan. ¿Los Mapuches pueden ser asimilados a los Aztecas o a los Mayas o viceversa? Y qué decir de los negros provenientes de África, cuyo tronco común fue la esclavitud, pero cuyas diferencias ancestrales y culturales separaban nítidamente a unos grupos de otros. De hecho, los negros de África Occidental no son ni cultural ni ancestralmente iguales a los negros del Centro-Sur de África. ¿Qué podríamos decir del melting pot de castellano-aragoneses, andaluces, extremeños, catalanes, vascos, asturianos, valencianos y gallegos que llegaron en calidad de descubridores y conquistadores?
La incapacidad para entender esta realidad, es la que nos ha impedido comprender el complejo proceso de mestizaje en nuestro continente. No nos reconocemos en las diferencias, ya que tendemos a reducir nuestras diferencias culturales al aspecto físico, la textura del pelo o el color de la piel. Somos incapaces de ver el todo en las partes y las partes en el todo.
Insistir en el reduccionismo de las tres culturas expresa la vigencia de la incomunicación identitaria, o lo que es lo mismo, hacer propio el inconcluso proyecto colonial español, en detrimento de nuestra propia identidad.

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