Panamá
El valor de la palabra dada
- Mons. Rómulo Emiliani cmf
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Estamos en una crisis de la palabra. Antiguamente, cuando dos personas daban su palabra, por ejemplo, uno entregando cuarenta vacas y el otro comprometiéndose a dar en cambio una propiedad de tierra determinada, era tan sagrado el compromiso que se jugaban el honor de su familia, el buen nombre de su estirpe, la buena fama lograda por generaciones de personas con el mismo apellido. No cumplir con el pacto, acuerdo o contrato verbal, era señal de deshonra, deslealtad, traición, bajeza, ruindad moral. Había un concepto de lo que es dignidad basado en el respeto a sí mismo, y eso no tenía precio. Y eso no dependía del dinero que se tuviera, del color de la piel o a qué partido político se perteneciera. La autoestima venía de una conciencia de que se era persona, de que se tenía un valor inherente al ser, algo dentro de uno que era muy digno, que en el fondo era sagrado. Ciertamente, la religión cristiana contribuyó mucho con el concepto de templo de Dios, de ser hijo de Dios y salvado por Cristo. De que uno valía por algo trascendente. Y de que un daño a otro era pecado, una ofensa a Dios. El ser cristiano dignificaba lo humano. Entonces, en un ambiente adecuado, se podía convivir pacíficamente y con la confianza adecuada a los demás.
Ciertamente, siempre han existido pícaros, tramposos y mentirosos, pero en las poblaciones grandes o pequeñas se sabía de la conducta de la gente, y aquellos que así eran se les tenía como personas de cuidado, peligrosas y de ninguna confianza. En algún sentido se les marginada e inclusive había clanes familiares de mala fama y que cargaban con la deshonra, con una mancha vergonzosa por generaciones.
Hoy día, como se ha hecho tan normal el engaño, la trampa, la estafa, las operaciones comerciales fraudulentas, se ha tenido que crear toda una serie de mecanismos legales, de control de calidad, de medidas de vigilancia, de regulaciones administrativas, para evitar las consecuencias tan dañinas en los negocios y en cualquier acuerdo o contrato. Firmas, sellos, notarios, testigos, plazos de cumplimiento y detrás de eso la sombra tenebrosa extendida de la sospecha y el andar siempre a la defensiva. Vivimos en un mundo donde nadie confía en nadie. Y eso es muy triste.
Necesitamos todo un cambio, una conversión radical donde reine la verdad, la honestidad, el respeto a los demás y a uno mismo, el nunca hacer el mal a nadie, y para eso el poder divino, la formación cristiana, el darle todo el valor a la palabra dada, y ver cómo Dios Padre entregó su Palabra que se hizo carne, y para siempre y que nunca nos falló. Que permanece así eternamente con nosotros.

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