En defensa de la fe
Publicado 2007/03/02 00:00:00
- Silvio Guerra Morales
Ahora ha surgido un nuevo ataque a la fe cristiana: el descubrimiento, así supuesto, de que una tumba pueda contener los restos de Jesús.
YA HAN SALIDO los detractores de la fe a esgrimir sus ataques: "Se derrumba la Iglesia"; "Todo ha sido una mentira"; "La Biblia miente"; "Si Jesús murió y allí están sus restos no es cierto que sea Dios"; "Dios no existe y Jesús Dios tampoco"; "Es mentira luego que Jesús haya resucitado"; "Jesús es un mito"; "Se cae la Biblia como Libro Divino y como Palabra de Dios"; en fin, qué no han dicho.
Cuando vi y escuché la noticia por CNN en Español, simple y sencillamente, quedé impresionado. No por su contenido, sino por la capacidad que tienen algunos, inclusive llamados hombres de ciencia -sobre todo, algunos arqueólogos- de crear falacias, mentiras, tautologías, y hacer de los tales aparentes kerigmas. Se conocen casos de quienes han amasado fortunas millonarias a base de supuestos encuentros arqueológicos que luego son desmentidos o demostrados ser falsos, irreales, ilegítimos. El presente escrito no constituye, de ninguna manera, un caso de irenismo; por el contrario, se trata de un abogado que sale a defender la fe desde la perspectiva de la argumentación sistémica.
Cuando Cristo fue crucificado, muerto, sepultado y resucitado, los políticos y la religión aliada a los resortes del poder de Roma en Jerusalén, idearon argumentos para desfigurar el dogma y base, fundamento y pilar de la fe cristiana: Cristo Resucitado. El principal argumento que se esbozó consistió en señalar que el cuerpo había sido robado y que, consiguientemente, no había nada de cierto en la resurrección de Jesús. No hay duda alguna en sostener que muchos se dejaron convencer por este argumento político religioso. Se vieron seducidos con él los débiles en la fe, los ingenuos, los incautos, los tragadores de embrollos, los que viven de "come cuentos", o simplemente también enrolaron con dicho argumento a los que les gusta creer todo lo que escuchan o ven.
Los que no se dejaron disuadir o persuadir fueron los que tuvieron la experiencia, la situación vivencial, de advertir con sus propios ojos, con todos los sentidos -Tomás: ver para creer-, la efectiva resurrección de Jesucristo. Tampoco se dejaron seducir los que vivieron la ascensión de Jesús a los cielos y escuchar, previamente, de la boca de Jesús una serie de enseñanzas y de promesas, entre ellas, la más importante, la venida del Espíritu Santo, el Gran Consolador.
La mente profunda, el cerebro pensante no se deja persuadir por lo primero que escucha, por lo primero que ve o por lo que se le presenta como real o verdadero. Las mentes y los cerebros de proyecciones y de análisis se acuerdan de los consejos de Descartes: "Cogito ergo suum" (pienso luego existo) y de las leyes que rigen según este filósofo, la racionalidad propia de nuestra especie.
En ese sentido, consideremos: supongamos que los retos que pudieran reposar en la tumba que se alude son, efectivamente, de un judío, de sangre judía previa prueba de ADN; ¿nos permitiría esa prueba decir que se trata de Jesús? ¿Podrá alegarse, bueno es que la escritura en la piedra advierte que se trata de Jesús. Bien, preguntamos: y si se trata de una jugada política de la época para desviar la mirada y la fe de los primeros cristianos y porque el poder romano se veía atormentado con el crecimiento de la Iglesia Cristiana? ¿Qué contestaría Usted? ¿Tiene lógica verdad?
Estas inquietudes son, apenas, cuestiones propias o de ensayos de una teoría de la argumentación que tanto nos gusta plantearnos. Pero hay otras inquietudes: ¿Se desvirtúa la deidad, divinidad, consustancialidad de Cristo dios con afirmar que una tumba puede contener sus restos? Desde luego que no: el hombre y la mujer de fe no retroceden ante semejantes afirmaciones. Nuestra fe es inconmovible. Sabemos que Satanás enseña a los suyos a ser capaces y capaces de todo. Pero también habemos hombres y mujeres de Dios que somos capaces, pero entendiendo la capacidad en función del talento, de la inteligencia, al servicio de Dios y de los hombres.
La ciencia sigue conmocionada, perturbada. No ha habido un solo momento en que haya ganado la batalla que libra contra la fe. No hablo de la batalla entre Iglesia -institución- y la ciencia. Hablo de la batalla entre ciencia y fe. La ciencia, sabemos los que andamos en los caminos de la Filosofía, se conforma con las explicaciones aparenciales, aproximativas, no radicales ni extremas. Por ello, para la ciencia la verificación entraña un paso del método científico no posible de omisión. Sin embargo, cuántas cosas de la ciencia hoy día son desmitificadas, replanteadas, corregidas. La Filosofía, por el contrario, busca explicaciones radicales, extremas, finales, invencibles.
Por eso, conceptuamos que los golpes que la ciencia quiere asestar a la fe seguirán siendo inútiles, infructuosos, inofensivos. Un ejército, infinitud de argumentos, forman fila para destronar una afirmación tan plagada de sensacionalismo, como la que consiste en decir que Cristo no resucitó y que por ello se ha asestado el golpe final, el golpe de muerte a la fe.
Atacar la deidad de Cristo sigue siendo, hoy, como ayer, un argumento desgastado. Es incuestionable la divinidad de Jesús, Dios hecho hombre, Salvador de la humanidad que en El cree y lo acepta como Señor. No retroceden los que sabemos que Cristo es real, consustancial a Dios, Dios de Dios, Luz de Luz: binomio que en la teología cristiana indica la identidad entre Dios Hijo y Dios Padre.
La ciencia está herida de muerte, sigue llevando a la humanidad a su propia destrucción haciéndole ver o entender que es posible vivir sin Cristo, sin Dios. La ciencia debe darse cuenta, de una vez por todas, que ella hace lógica o desenvuelve su objeto en base a lo que Dios ha creado: un universo interesante del que ha nacido la medicina, la biología, la astronomía; en fin, todas las ramas de la ciencia que tanto nos apasionan y nos dejan perplejos, y que se la pasan descubriendo los principios que Dios empleó en la creación del mundo y de nosotros mismos.
Vaya, viva la ciencia que impulsa el progreso y el desarrollo de la humanidad y no aquella que quiere mantener un pugilato innecesario con Dios.
abog27172010@hotmail.com
Cuando vi y escuché la noticia por CNN en Español, simple y sencillamente, quedé impresionado. No por su contenido, sino por la capacidad que tienen algunos, inclusive llamados hombres de ciencia -sobre todo, algunos arqueólogos- de crear falacias, mentiras, tautologías, y hacer de los tales aparentes kerigmas. Se conocen casos de quienes han amasado fortunas millonarias a base de supuestos encuentros arqueológicos que luego son desmentidos o demostrados ser falsos, irreales, ilegítimos. El presente escrito no constituye, de ninguna manera, un caso de irenismo; por el contrario, se trata de un abogado que sale a defender la fe desde la perspectiva de la argumentación sistémica.
Cuando Cristo fue crucificado, muerto, sepultado y resucitado, los políticos y la religión aliada a los resortes del poder de Roma en Jerusalén, idearon argumentos para desfigurar el dogma y base, fundamento y pilar de la fe cristiana: Cristo Resucitado. El principal argumento que se esbozó consistió en señalar que el cuerpo había sido robado y que, consiguientemente, no había nada de cierto en la resurrección de Jesús. No hay duda alguna en sostener que muchos se dejaron convencer por este argumento político religioso. Se vieron seducidos con él los débiles en la fe, los ingenuos, los incautos, los tragadores de embrollos, los que viven de "come cuentos", o simplemente también enrolaron con dicho argumento a los que les gusta creer todo lo que escuchan o ven.
Los que no se dejaron disuadir o persuadir fueron los que tuvieron la experiencia, la situación vivencial, de advertir con sus propios ojos, con todos los sentidos -Tomás: ver para creer-, la efectiva resurrección de Jesucristo. Tampoco se dejaron seducir los que vivieron la ascensión de Jesús a los cielos y escuchar, previamente, de la boca de Jesús una serie de enseñanzas y de promesas, entre ellas, la más importante, la venida del Espíritu Santo, el Gran Consolador.
La mente profunda, el cerebro pensante no se deja persuadir por lo primero que escucha, por lo primero que ve o por lo que se le presenta como real o verdadero. Las mentes y los cerebros de proyecciones y de análisis se acuerdan de los consejos de Descartes: "Cogito ergo suum" (pienso luego existo) y de las leyes que rigen según este filósofo, la racionalidad propia de nuestra especie.
En ese sentido, consideremos: supongamos que los retos que pudieran reposar en la tumba que se alude son, efectivamente, de un judío, de sangre judía previa prueba de ADN; ¿nos permitiría esa prueba decir que se trata de Jesús? ¿Podrá alegarse, bueno es que la escritura en la piedra advierte que se trata de Jesús. Bien, preguntamos: y si se trata de una jugada política de la época para desviar la mirada y la fe de los primeros cristianos y porque el poder romano se veía atormentado con el crecimiento de la Iglesia Cristiana? ¿Qué contestaría Usted? ¿Tiene lógica verdad?
Estas inquietudes son, apenas, cuestiones propias o de ensayos de una teoría de la argumentación que tanto nos gusta plantearnos. Pero hay otras inquietudes: ¿Se desvirtúa la deidad, divinidad, consustancialidad de Cristo dios con afirmar que una tumba puede contener sus restos? Desde luego que no: el hombre y la mujer de fe no retroceden ante semejantes afirmaciones. Nuestra fe es inconmovible. Sabemos que Satanás enseña a los suyos a ser capaces y capaces de todo. Pero también habemos hombres y mujeres de Dios que somos capaces, pero entendiendo la capacidad en función del talento, de la inteligencia, al servicio de Dios y de los hombres.
La ciencia sigue conmocionada, perturbada. No ha habido un solo momento en que haya ganado la batalla que libra contra la fe. No hablo de la batalla entre Iglesia -institución- y la ciencia. Hablo de la batalla entre ciencia y fe. La ciencia, sabemos los que andamos en los caminos de la Filosofía, se conforma con las explicaciones aparenciales, aproximativas, no radicales ni extremas. Por ello, para la ciencia la verificación entraña un paso del método científico no posible de omisión. Sin embargo, cuántas cosas de la ciencia hoy día son desmitificadas, replanteadas, corregidas. La Filosofía, por el contrario, busca explicaciones radicales, extremas, finales, invencibles.
Por eso, conceptuamos que los golpes que la ciencia quiere asestar a la fe seguirán siendo inútiles, infructuosos, inofensivos. Un ejército, infinitud de argumentos, forman fila para destronar una afirmación tan plagada de sensacionalismo, como la que consiste en decir que Cristo no resucitó y que por ello se ha asestado el golpe final, el golpe de muerte a la fe.
Atacar la deidad de Cristo sigue siendo, hoy, como ayer, un argumento desgastado. Es incuestionable la divinidad de Jesús, Dios hecho hombre, Salvador de la humanidad que en El cree y lo acepta como Señor. No retroceden los que sabemos que Cristo es real, consustancial a Dios, Dios de Dios, Luz de Luz: binomio que en la teología cristiana indica la identidad entre Dios Hijo y Dios Padre.
La ciencia está herida de muerte, sigue llevando a la humanidad a su propia destrucción haciéndole ver o entender que es posible vivir sin Cristo, sin Dios. La ciencia debe darse cuenta, de una vez por todas, que ella hace lógica o desenvuelve su objeto en base a lo que Dios ha creado: un universo interesante del que ha nacido la medicina, la biología, la astronomía; en fin, todas las ramas de la ciencia que tanto nos apasionan y nos dejan perplejos, y que se la pasan descubriendo los principios que Dios empleó en la creación del mundo y de nosotros mismos.
Vaya, viva la ciencia que impulsa el progreso y el desarrollo de la humanidad y no aquella que quiere mantener un pugilato innecesario con Dios.
abog27172010@hotmail.com

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