Gloria y calvario de Teresín Jaén
Publicado 2004/08/09 23:00:00
- Milcíades Pinzón Rodríguez
El 8 de agosto se cerró el ciclo vital de Tereso de Jesús Jaén, una vida que se había iniciado en Palmira, en el distrito santeño de Las Tablas, el 23 de junio de 1942. Murió en la vía que conduce de la capital provincial a Santo Domingo, justo frente a la Casa de la Cultura Santeña, como si en su último hálito de vida quisiera simbolizar su entrega al quehacer cultural de su tierra natal. Ahora, en la radio, se escucha sonar con insistencia La niña Marquela y Borracho y Amanecido, sumándose así a las ya desaparecidas glorias del acordeón: Gelo Córdoba, José Vergara y Victorio Vergara Batista, casi todos fallecidos en pleno apogeo musical. Ellos tienen en común el impacto sobre sus vidas de una profesión llena de riesgos, sinsabores y glorias que deben administrarse correctamente para que la cima del triunfo no se convierta en la sima de la desdicha.
En Teresín se resume el desafío del joven interiorano que se ilusiona con la gloria que depara la fama y que se abre a ella con el corazón abierto. Largo camino entre su primer baile en el Quindí pedasieño, hasta las multitudes que se agolpan en los toldos capitalinos para pregonar a los cuatro vientos que él era El Taquillero, El Rey del acordeón que ejecuta el instrumento con la versatilidad de su mano izquierda.
El músico tableño logró forjar un estilo que caló hondamente en la conciencia de quienes acudían a los jardines de bailes; allí el amanecer saludaba a los cuerpos sudorosos que se contoneaban al golpe del famoso "brinquito" musical de Teresín. Hay un aporte del santeño que habría que valorar. Me refiero a la composición social de los bailadores, porque ningún otro músico como él ha logrado reunir en un baile a un sector tan marcadamente representativo de las capas sociales más desposeídas.
No cabe duda que sus paisanos santeños le acompañaron en sus éxitos, y no podemos negar que Teresín sumó a su propuesta musical a los estratos más populares de Coclé, Veraguas y Chiriquí. En el fondo es un fenómeno que encuentra su explicación en la década del 70, período distinguido por la confluencia de dos hechos relevantes: la corriente migratorias de interioranos que ven en la ciudad capital una oportunidad para su desarrollo y la existencia de un régimen populista que abanderó la exaltación de la cultura nacional como instrumento de cohesión política.
El éxito de Teresín, además de su indudable mérito personal, encuentra su eclosión en los años 70 y primera década del 80 de la pasada centuria. En el fondo se trata de unas dos décadas de glorias que comienzan a desdibujarse luego de su accidente automovilístico de 1987, sumados a una serie de desatinos que le condujeron de la gloria al calvario.
Luego de su muerte, el aporte del Taquillero trasciende la época de la desdicha para constituirse en una clarinada al andar de quienes ejecutan el acordeón como profesión, en un indudable mensaje para quien quiera y sepa leerlo. Al final del camino y en el balance de su vida, pesan más logros que los traspiés, porque desde el interior de la República Teresín exhaltó nuestra identidad de panameños y se fundió en un abrazo con el pueblo que ahora le mira como otro icono de la música de acordeones. Ya nacerán otros Teresín, pero en nuestra conciencia perdurará el acordeonista que disfrutaba cantando su "borracho y amanecido". Salud, Tereso.
En Teresín se resume el desafío del joven interiorano que se ilusiona con la gloria que depara la fama y que se abre a ella con el corazón abierto. Largo camino entre su primer baile en el Quindí pedasieño, hasta las multitudes que se agolpan en los toldos capitalinos para pregonar a los cuatro vientos que él era El Taquillero, El Rey del acordeón que ejecuta el instrumento con la versatilidad de su mano izquierda.
El músico tableño logró forjar un estilo que caló hondamente en la conciencia de quienes acudían a los jardines de bailes; allí el amanecer saludaba a los cuerpos sudorosos que se contoneaban al golpe del famoso "brinquito" musical de Teresín. Hay un aporte del santeño que habría que valorar. Me refiero a la composición social de los bailadores, porque ningún otro músico como él ha logrado reunir en un baile a un sector tan marcadamente representativo de las capas sociales más desposeídas.
No cabe duda que sus paisanos santeños le acompañaron en sus éxitos, y no podemos negar que Teresín sumó a su propuesta musical a los estratos más populares de Coclé, Veraguas y Chiriquí. En el fondo es un fenómeno que encuentra su explicación en la década del 70, período distinguido por la confluencia de dos hechos relevantes: la corriente migratorias de interioranos que ven en la ciudad capital una oportunidad para su desarrollo y la existencia de un régimen populista que abanderó la exaltación de la cultura nacional como instrumento de cohesión política.
El éxito de Teresín, además de su indudable mérito personal, encuentra su eclosión en los años 70 y primera década del 80 de la pasada centuria. En el fondo se trata de unas dos décadas de glorias que comienzan a desdibujarse luego de su accidente automovilístico de 1987, sumados a una serie de desatinos que le condujeron de la gloria al calvario.
Luego de su muerte, el aporte del Taquillero trasciende la época de la desdicha para constituirse en una clarinada al andar de quienes ejecutan el acordeón como profesión, en un indudable mensaje para quien quiera y sepa leerlo. Al final del camino y en el balance de su vida, pesan más logros que los traspiés, porque desde el interior de la República Teresín exhaltó nuestra identidad de panameños y se fundió en un abrazo con el pueblo que ahora le mira como otro icono de la música de acordeones. Ya nacerán otros Teresín, pero en nuestra conciencia perdurará el acordeonista que disfrutaba cantando su "borracho y amanecido". Salud, Tereso.

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