Análisis
Importancia del libro para la infancia
- Paulino Romero C.*/opinion@epasa.com/
El libro para la infancia no es un producto técnico cualificado por el uso para el que se ha escrito; más bien debe ser una obra completa en sí misma, una obra bella que, precisamente por la calidad y el acento particular de su belleza, se preste a ser degustada de una manera especial por el alma joven. La belleza del libro para la infancia debe ser una belleza eterna; su sentido, su verdad, deben ser absolutos y definitivos.
Terminada la VII Feria Internacional del Libro de Panamá, he aquí un modesto aporte significativo a la literatura infantil. En efecto, uno de los problemas de nuestro sistema educativo es, precisamente, la literatura infantil. Los más caracterizados psicólogos, pedagogos y especialistas en currículo y planeamiento educativo coinciden en que uno de los instrumentos didácticos de mayor valor es la lectura.
Al correr de los años, la libre lectura de libros que suscitan el interés espontáneo del joven, acompañando al estudio propiamente dicho, asumirá una importancia todavía mayor. Así, como cuando el joven posee un mínimo de cultura formada y una consolidación incipiente de tendencias y de inclinaciones, el libro de lectura puede presentarse como un auxilio precioso; en los primeros años no es solo un complemento, sino también un elemento fundamental, y representa el camino más directo entre los que pueden actuarse a propósito para despertar el alma del niño.
Por literatura infantil se entiende ordinariamente el complejo de libros aptos para la infancia, tales que pueden darse al niño sin peligro de dañarle y con el fin primordial de ayudarle y de favorecer su desarrollo espiritual. Un libro para la infancia es corrientemente uno susceptible de ser leído y comprendido por un niño y capaz de educarle. Del sentido de esta definición y de la consideración especial que nos lleva a elegir o a escribir el libro para la infancia han nacido muchísimos prejuicios, con frecuencia inconscientes y no aclarados del todo por la reflexión crítica, que han conducido a la esterilización y a una excepcional pobreza en lo que a la verdadera literatura infantil se refiere.
El libro para la infancia no es un producto técnico cualificado por el uso para el que se ha escrito; más bien debe ser una obra completa en sí misma, una obra bella que, precisamente por la calidad y el acento particular de su belleza, se preste a ser degustada de una manera especial por el alma joven. La belleza del libro para la infancia debe ser una belleza eterna; su sentido, su verdad, deben ser absolutos y definitivos. Esto, en términos de juicio práctico e inmediato, equivale a decir que el libro bello para el niño debe serlo también para el adulto y pertenece a la literatura universal.
Establecido que el libro debe ser ante todo y sobre todo una obra literaria y artísticamente apreciable, sigue siendo todavía válido que el libro para la infancia debe poseer algunos requisitos inherentes a su destino, sobre todo estos dos: capacidad de interesar y capacidad de educar. Un libro para niños debe ser divertido, vivaz, sencillo y claro, libre de complicaciones y de inmundicias, debe saber decir algo bueno, verdadero y auténtico al espíritu.
La capacidad de conmover el alma infantil, de penetrar en ella, podrá darse en ciertos casos o, más bien, en muchos por la particular simpatía, por el amor que liga al artista a la vida y al mundo de los niños y que así le da el modo de crear en sí tal mundo a través de imágenes fantásticas, dando vida a obras que incluso en cuanto a su contenido material, en cuanto al ambiente y a la gama de sentimientos, se hallan particularmente cerca del mundo de los pequeños, hablan de ellos y usan su lenguaje.
*Pedagogo, escritor, diplomático.

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