La Asamblea de Dios
Publicado 2006/01/09 00:00:00
- Juan Carlos Ansin
Me parece un error y un irrespeto a la sociedad que los diputados se arroguen los mismos derechos que los sacerdotes o los publicistas, promoviendo el mes de las sagradas escrituras.
NO SÉ SI EXISTEN estudios sociológicos al respecto, pero creo no excederme si afirmo que nos acordamos más de Dios cuando desesperados, requerimos de consuelo. Tal vez una minoría lo recuerde y le agradezca por alguna benevolencia recibida. Las iglesias rebosan de creyentes si se muere alguien o en un bautizo o un matrimonio, o cuando en épocas de persecución se busca en ella refugio. Como en los tiempos de Noriega y sus Doberman; rabiosos de oír pitos y pailas arremetían contra todo y contra todos, o como -¡paradojas del destino!- le sucedió al mismo Noriega. Luego de sus rituales de vudú terminó pidiendo la protección de Monseñor Laboa, para luego rendirse "ametrallado" por la banda sonora de "hard rock" del general Cisneros. Fue precisamente un 3 de enero, hace ya la friolera de 16 años.
Hubo una época donde las puertas de las iglesias no tenían goznes y los evangelios se leían cuando uno lo deseaba, libremente, sin la censura del Nihil Obstat. Las autoridades clericales debieran resolver estas cosas simples y sublimes, las de Dios, antes de garantizar o entrometerse en la atribulada política de los hombres fatuos.
La casa de Dios es el Templo, el lugar donde debe rendírsele culto. No debiera ser la Asamblea Legislativa, por más pastores y arrepentidos que ella tenga o que renuncien a su investidura, pero no a sus privilegios. También lo es el hogar, donde la familia escoge el momento adecuado para acercarse a Dios. Me parece un error y un irrespeto a la sociedad que los diputados -representantes políticos del pueblo- se arroguen los mismos derechos que los sacerdotes o los publicistas, promoviendo el mes de las sagradas escrituras.
En Panamá el 85% es católico, quizá un 10% sea protestante y el resto anda flotando entre la duda y la nada. La democracia es el gobierno de las mayorías, pero lo que la hace extraordinaria como sistema de gobierno, es que tiene el sagrado deber de proteger, oír y respetar a las minorías. Minoría puede ser un sólo ateo o un puñado de agnósticos y el Estado tiene el deber constitucional de respetar todas las creencias, así como a los no creyentes. Decretar un tiempo a las sagradas escrituras contradice el artículo 35 de la Constitución nacional, que trata sobre la libertad religiosa, libertad que tácitamente contempla la no religiosidad y además lo contraviene, pues esta intervención en favor de los creyentes pudiera subvertir el orden público que tal artículo, textualmente, ordena proteger si a los no creyentes se les ocurre aplicar las tácticas trogloditas de nuestros universitarios y no me estoy refiriendo sólo a los estudiantes.
La separación de la Iglesia y el Estado ha sido una de las grandes decisiones políticas de la Historia que los franceses han legado a la democracia occidental. Agregarle a ella el epíteto de cristiana ha costado innumerables vidas, sobre todo en esta parte del mundo, la que en el mapa vive a la izquierda de Europa. Cierto es que a las guerras las mueve el oro, aunque a veces las inicie un capricho, pero no es menos cierto que en ocasiones la animan las instituciones religiosas y la perpetúan los creyentes. Mientras, un solo Dios de muchos nombres, impávido, observa cómo lo interpretan, y se lo disputan, los profesionales de la fe.
Por otra parte, ¿a quién le sirve que solo durante un mes determinado nos acordemos de leer las sagradas escrituras? De hecho, no a Dios, le parecería una burla tan mala como la realizada al presidente electo de Bolivia, Evo Morales, donde en una radio perteneciente a la Iglesia Católica de España lo trataron como a partir de 1492 trataron a sus antepasados incas después de exorcizarlos en la hoguera o de descuartizarlos en vivo. Mofándose. Tampoco lo necesitamos nosotros: hombres de buena fe. No creo que los diputados tengan tiempo suficiente de leer las leyes divinas cuando apenas conocen la de los hombres, y si acaso sus honoris causas entiendan las que aprueban o desaprueban según les sople el viento ejecutivo o el judicial. Tal como suelen hacer por allí, imitándolos, algunos escribientes neoliberales de pluma mocha y buena paga.
Yo propondría que derogaran el exabrupto y declararan todo este período legislativo a la lectura diaria, así, a secas. Leer y comprender. Para un país como el nuestro, donde la educación rinde tan pocos frutos, esto es una necesidad pública que no debiera convertirse en una necedad evangélica. Los magistrales artículos de Don Meco Fábrega sobre las terribles consecuencias que una mala palabra, dicha o hecha, puede ocasionarnos -y nos ha ocasionado- deja a la epidemia de gripe aviar como un simple resfriado. Vale la pena releerlos antes de consensuar sobre un tema de convento o de un nuevo tratado de comercio.
Para la sociedad y en especial para nuestros jóvenes, es mucho más actualizado y tiene tanto o más provecho comprender las profundas diferencias entre güelfos y gibelinos, o de un Otelo y un Shylock, que las Cartas a los tesalonisenses de Pablo o el tremebundo Apocalipsis de San Juan. No porque estos últimos no tengan importancia, sino porque aquellos no han perdido vigencia. Como no la ha perdido el contrato bíblico de Job ni el del doctor Fausto de Goethe. Siempre habrá quien se atreva a pactar con el Diablo.
Hubo una época donde las puertas de las iglesias no tenían goznes y los evangelios se leían cuando uno lo deseaba, libremente, sin la censura del Nihil Obstat. Las autoridades clericales debieran resolver estas cosas simples y sublimes, las de Dios, antes de garantizar o entrometerse en la atribulada política de los hombres fatuos.
La casa de Dios es el Templo, el lugar donde debe rendírsele culto. No debiera ser la Asamblea Legislativa, por más pastores y arrepentidos que ella tenga o que renuncien a su investidura, pero no a sus privilegios. También lo es el hogar, donde la familia escoge el momento adecuado para acercarse a Dios. Me parece un error y un irrespeto a la sociedad que los diputados -representantes políticos del pueblo- se arroguen los mismos derechos que los sacerdotes o los publicistas, promoviendo el mes de las sagradas escrituras.
En Panamá el 85% es católico, quizá un 10% sea protestante y el resto anda flotando entre la duda y la nada. La democracia es el gobierno de las mayorías, pero lo que la hace extraordinaria como sistema de gobierno, es que tiene el sagrado deber de proteger, oír y respetar a las minorías. Minoría puede ser un sólo ateo o un puñado de agnósticos y el Estado tiene el deber constitucional de respetar todas las creencias, así como a los no creyentes. Decretar un tiempo a las sagradas escrituras contradice el artículo 35 de la Constitución nacional, que trata sobre la libertad religiosa, libertad que tácitamente contempla la no religiosidad y además lo contraviene, pues esta intervención en favor de los creyentes pudiera subvertir el orden público que tal artículo, textualmente, ordena proteger si a los no creyentes se les ocurre aplicar las tácticas trogloditas de nuestros universitarios y no me estoy refiriendo sólo a los estudiantes.
La separación de la Iglesia y el Estado ha sido una de las grandes decisiones políticas de la Historia que los franceses han legado a la democracia occidental. Agregarle a ella el epíteto de cristiana ha costado innumerables vidas, sobre todo en esta parte del mundo, la que en el mapa vive a la izquierda de Europa. Cierto es que a las guerras las mueve el oro, aunque a veces las inicie un capricho, pero no es menos cierto que en ocasiones la animan las instituciones religiosas y la perpetúan los creyentes. Mientras, un solo Dios de muchos nombres, impávido, observa cómo lo interpretan, y se lo disputan, los profesionales de la fe.
Por otra parte, ¿a quién le sirve que solo durante un mes determinado nos acordemos de leer las sagradas escrituras? De hecho, no a Dios, le parecería una burla tan mala como la realizada al presidente electo de Bolivia, Evo Morales, donde en una radio perteneciente a la Iglesia Católica de España lo trataron como a partir de 1492 trataron a sus antepasados incas después de exorcizarlos en la hoguera o de descuartizarlos en vivo. Mofándose. Tampoco lo necesitamos nosotros: hombres de buena fe. No creo que los diputados tengan tiempo suficiente de leer las leyes divinas cuando apenas conocen la de los hombres, y si acaso sus honoris causas entiendan las que aprueban o desaprueban según les sople el viento ejecutivo o el judicial. Tal como suelen hacer por allí, imitándolos, algunos escribientes neoliberales de pluma mocha y buena paga.
Yo propondría que derogaran el exabrupto y declararan todo este período legislativo a la lectura diaria, así, a secas. Leer y comprender. Para un país como el nuestro, donde la educación rinde tan pocos frutos, esto es una necesidad pública que no debiera convertirse en una necedad evangélica. Los magistrales artículos de Don Meco Fábrega sobre las terribles consecuencias que una mala palabra, dicha o hecha, puede ocasionarnos -y nos ha ocasionado- deja a la epidemia de gripe aviar como un simple resfriado. Vale la pena releerlos antes de consensuar sobre un tema de convento o de un nuevo tratado de comercio.
Para la sociedad y en especial para nuestros jóvenes, es mucho más actualizado y tiene tanto o más provecho comprender las profundas diferencias entre güelfos y gibelinos, o de un Otelo y un Shylock, que las Cartas a los tesalonisenses de Pablo o el tremebundo Apocalipsis de San Juan. No porque estos últimos no tengan importancia, sino porque aquellos no han perdido vigencia. Como no la ha perdido el contrato bíblico de Job ni el del doctor Fausto de Goethe. Siempre habrá quien se atreva a pactar con el Diablo.

Para comentar debes registrarte y completar los datos generales.