La familia: ¿Mito o realidad?
Publicado 1999/07/03 23:00:00
- Cledy de Riesen
Institución establecida por Dios desde los inicios de los tiempos, ha sufrido año tras año transformaciones e influencia de factores que han ido en detrimento de sus bases y fundamentos, trayendo como consecuencias el deterioro de su imagen, virtudes e impacto dentro de la comunidad y sociedad en el mundo entero.
Sus miembros, cada día van perdiendo conciencia y perspectivas del papel que han de desempeñar para preservar la unidad familiar y las múltiples actividades que se promueven en el medio van incidiendo negativamente en el comportamiento y actitudes necesarias para permitir que reine la armonía, confianza, comunicación, respeto y límites requeridos para preservar la familia como institución ineludible.
Los nuevos conceptos referentes a la familia, dan por resultado la aceptación muy a la ligera, sin escrúpulos ni prejuicios de una nueva imagen donde se tiende a desvirtuar el concepto inicial de ésta en la que padre y madre eran concebidos como una unidad en comunión con sus hijos y otras figuras parentales significativas como los abuelos quienes fungían un papel primordial en la crianza y educación, preservando principios y valores firmes y determinantes para la estructura de la personalidad de sus miembros y preservación de su unidad.
Hoy día es frecuente ver a niños inocentes sintiéndose frustrados, inconformes e insatisfechos por una figura materna o paterna ausente y que a la vez es insustituible. También vemos como son traídos al mundo niños producto del egoísmo, concebidos por esa necesidad de suplir carencias personales y mitigar temores a la soledad entre otras, o bien para autorrealizarse en el rol paterno o materno, obviando consecuencias y el impacto que esta situación pueda producir en sus descendientes.
Son estos hechos los que van deteriorando la imagen y función por la que la familia fue instituida, dando lugar a hijos rebeldes, con desórdenes de personalidad y emocionales, inmersos en una sociedad cada vez más liberal y permisiva, pero que a su vez no satisface ni promueve un adecuado equilibrio y salud mental.
En las escuelas vemos reflejados en estas caritas tristes, de niños provenientes de familias desintegradas, la frustración y anhelo de encontrar explicación a su realidad y razón de vivir, que rara vez pueden comprender o aceptar ante las respuestas evasivas, inconclusas o disfrazadas que en muchas ocasiones ignoran las consecuencias que su irresponsabilidad provoca en sus hijos.
Hagamos un alto y rescatemos el valor inmensurable propio de una verdadera concepción familiar e incorporemos a nivel de escuela, iglesia, clubes cívicos y comunidad en general, programas tendientes a concienciar en la búsqueda de la formación de verdaderos ciudadanos que hagan honor al don divino de poder convertirse en progenitores de niños que puedan disfrutar del privilegio de nacer y crecer dentro de una verdadera unidad familiar, todo lo que repercutirá en una sociedad sana y equilibrada.
Sus miembros, cada día van perdiendo conciencia y perspectivas del papel que han de desempeñar para preservar la unidad familiar y las múltiples actividades que se promueven en el medio van incidiendo negativamente en el comportamiento y actitudes necesarias para permitir que reine la armonía, confianza, comunicación, respeto y límites requeridos para preservar la familia como institución ineludible.
Los nuevos conceptos referentes a la familia, dan por resultado la aceptación muy a la ligera, sin escrúpulos ni prejuicios de una nueva imagen donde se tiende a desvirtuar el concepto inicial de ésta en la que padre y madre eran concebidos como una unidad en comunión con sus hijos y otras figuras parentales significativas como los abuelos quienes fungían un papel primordial en la crianza y educación, preservando principios y valores firmes y determinantes para la estructura de la personalidad de sus miembros y preservación de su unidad.
Hoy día es frecuente ver a niños inocentes sintiéndose frustrados, inconformes e insatisfechos por una figura materna o paterna ausente y que a la vez es insustituible. También vemos como son traídos al mundo niños producto del egoísmo, concebidos por esa necesidad de suplir carencias personales y mitigar temores a la soledad entre otras, o bien para autorrealizarse en el rol paterno o materno, obviando consecuencias y el impacto que esta situación pueda producir en sus descendientes.
Son estos hechos los que van deteriorando la imagen y función por la que la familia fue instituida, dando lugar a hijos rebeldes, con desórdenes de personalidad y emocionales, inmersos en una sociedad cada vez más liberal y permisiva, pero que a su vez no satisface ni promueve un adecuado equilibrio y salud mental.
En las escuelas vemos reflejados en estas caritas tristes, de niños provenientes de familias desintegradas, la frustración y anhelo de encontrar explicación a su realidad y razón de vivir, que rara vez pueden comprender o aceptar ante las respuestas evasivas, inconclusas o disfrazadas que en muchas ocasiones ignoran las consecuencias que su irresponsabilidad provoca en sus hijos.
Hagamos un alto y rescatemos el valor inmensurable propio de una verdadera concepción familiar e incorporemos a nivel de escuela, iglesia, clubes cívicos y comunidad en general, programas tendientes a concienciar en la búsqueda de la formación de verdaderos ciudadanos que hagan honor al don divino de poder convertirse en progenitores de niños que puedan disfrutar del privilegio de nacer y crecer dentro de una verdadera unidad familiar, todo lo que repercutirá en una sociedad sana y equilibrada.

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