opinión
La próxima crisis mundial: los semiconductores. PARTE I
- José R. González Rivera
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- Cirujano Subespecialista
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Durante gran parte del siglo XX el poder internacional se medía por el tamaño de los ejércitos, el número de portaaviones o la capacidad nuclear. En el siglo XXI el centro de gravedad ha cambiado. La verdadera carrera por la supremacía global se libra dentro de una máquina fabricada en los Países Bajos.
Pocas personas habían escuchado hablar de ASML hasta hace unos años. Sin embargo, esta empresa produce las únicas máquinas capaces de fabricar los semiconductores más avanzados del planeta. Sin esos chips no existirían la inteligencia artificial moderna, los centros de datos, los vehículos autónomos ni buena parte de la tecnología militar del futuro. Quien controle esa capacidad controlará buena parte del desarrollo económico y estratégico de las próximas décadas.
Por esa razón Estados Unidos convirtió el acceso chino a esta tecnología en un asunto de seguridad nacional. Washington no solo prohibió la exportación de las máquinas más sofisticadas; ahora incluso sospecha que alguna pudo terminar en territorio chino. ASML lo niega categóricamente y asegura conocer la ubicación exacta de cada equipo fabricado. Hasta ahora nadie ha presentado pruebas que respalden las acusaciones.
Más allá de si la denuncia resulta cierta o no, el episodio revela algo mucho más profundo. Estados Unidos ya no solo desconfía de sus adversarios. También comienza a presionar a sus propios aliados cuando considera que sus intereses estratégicos están en juego.
Para un país como Panamá, cuya historia estuvo marcada durante más de ocho décadas por la presencia estadounidense y cuya economía funciona sobre el dólar, este cambio merece atención. Nuestra estabilidad ha dependido tradicionalmente de un orden internacional liderado por Washington. Sin embargo, ese liderazgo hoy enfrenta un desafío tecnológico sin precedentes.
La historia demuestra que las grandes potencias rara vez aceptan perder la supremacía sin resistencia. Gran Bretaña intentó contener el ascenso industrial alemán antes de la Primera Guerra Mundial. Estados Unidos hizo lo mismo frente a la expansión soviética durante la Guerra Fría. Ahora el escenario es distinto, pero la lógica permanece intacta. El adversario ya no busca conquistar territorios sino dominar las tecnologías que definirán el futuro.
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