A las cinco de la mañana comienza mi próximo viaje
- Jaime Figueroa Navarro
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Por mucho tiempo pensé que la mejor medicina para una vida larga era la genética. Después de todo, mi padre nos dejó a los 97 años y mi madre aún nos acompaña con sus 101 primaveras. A los 73 años he redescubierto que también se llama disciplina. Y su consulta abre todos los días a las cinco de la mañana.
Durante más de siete décadas tuve el privilegio de disfrutar de una salud excepcional. Quijoteando el mundo con la misma ilusión con la que otros salen a caminar por su barrio y nunca imaginé que una simple rodilla pudiera convertirse en el obstáculo más serio para mi estilo de vida. Todo cambió cuando recibí el diagnóstico de osteoartritis en la rodilla derecha. La noticia no solo significaba dolor o limitaciones físicas; amenazaba con arrebatarme aquello que más disfruto: la posibilidad de seguir descubriendo nuevos lugares, caminar por ciudades desconocidas, subir las escaleras de antiguos castillos o recorrer interminables recovecos sin preocuparme por el siguiente paso. Tenía dos alternativas: aceptar que la edad imponía sus reglas o demostrarme que todavía podía escribir mi propia historia. Elegí la segunda.
Mi despertador suena antes del amanecer. A las cinco de la mañana ya estoy entrando al gimnasio. A esa hora el ambiente tiene algo especial: reina el silencio, el aire es fresco y quienes estamos allí compartimos un mismo propósito. No importa la edad ni la profesión; todos hemos decidido regalarnos una hora para cuidar el cuerpo que nos acompañará el resto de la vida. Esa primera decisión del día, levantarse cuando la ciudad aún duerme, termina marcando el tono de todo lo que viene después.
Mi rutina comienza invariablemente con la bicicleta estática. Ese tiempo me permite elevar de forma progresiva la frecuencia cardíaca, calentar las articulaciones y preparar los músculos para el trabajo posterior. Pedalear fortalece las piernas sin someter la rodilla a impactos innecesarios, algo especialmente importante para quienes convivimos con la osteoartritis. Es una media hora que aprovecho también para ordenar las ideas, agradecer la oportunidad de seguir activo y recordar que cada amanecer representa una nueva ocasión para invertir en mi salud. Inicié esta rutina muy lentamente y hoy me acerco a recorrer diez kilómetros en treinta minutos. Cada kilómetro recorrido es un recordatorio de que el cuerpo responde cuando se le brinda la oportunidad de mejorar.
Al terminar la bicicleta comienza la parte más exigente del entrenamiento. Tengo la fortuna de contar con un entrenador personal que diseña cuidadosamente cada sesión. Su experiencia ha sido fundamental para enseñarme que el progreso no depende de levantar grandes pesos, sino de entrenar con técnica, constancia y sentido común. Las rutinas cambian de un día a otro para permitir una recuperación adecuada y mantener el cuerpo en equilibrio. En unas sesiones trabajamos la parte superior del cuerpo —pecho, espalda, hombros, brazos y abdomen— y en las siguientes concentramos el esfuerzo en la parte inferior, fortaleciendo cuádriceps, glúteos, isquiotibiales, pantorrillas y los músculos responsables del equilibrio y la estabilidad. Combinamos máquinas y pesas libres porque ambas tienen virtudes complementarias: las primeras ofrecen seguridad y control, mientras que las segundas desarrollan coordinación, fuerza funcional y confianza en los movimientos cotidianos.
Con el paso de los meses comprendí que el gimnasio transforma mucho más que los músculos. Lo primero que cambia es la actitud frente a la vida. Después aparecen una mejor postura, mayor equilibrio, más resistencia para caminar durante horas y la tranquilidad de saber que el cuerpo responde cuando se le exige. La osteoartritis dejó de ser una sentencia para convertirse en un desafío que puedo gestionar con disciplina. Descubrí que el movimiento no elimina el paso del tiempo, pero sí retrasa muchas de sus consecuencias y devuelve una sensación de autonomía que no tiene precio.
El entrenamiento, sin embargo, no termina cuando abandono el gimnasio. Continúa en la cocina. Procuro mantener una alimentación rica en proteínas de buena calidad, frutas, verduras, ensaladas y grasas saludables como el aceite de oliva, el aguacate y los frutos secos. También doy suma importancia a la hidratación. Con los años aprendemos que el cuerpo necesita menos excesos y mucha más calidad. Cada comida representa una oportunidad para fortalecer los músculos, proteger el corazón y conservar la energía necesaria para seguir disfrutando de una vida activa.
Como complemento de esta rutina incorporo diariamente cinco gramos de creatina monohidratada. La investigación científica ha demostrado que, acompañada de un programa de entrenamiento de fuerza, puede favorecer la conservación de la masa muscular, mejorar la fuerza y facilitar la recuperación física en adultos mayores. Aunque no constituye un tratamiento para la osteopenia, sí puede ayudar indirectamente a mantener una mejor salud ósea al permitir entrenar con mayor eficacia, siempre acompañada de una alimentación adecuada, suficiente proteína, calcio, vitamina D y los controles médicos recomendados.
Con frecuencia escucho decir que, después de cierta edad, ya no vale la pena comenzar una rutina de ejercicios. Mi experiencia demuestra exactamente lo contrario. El cuerpo humano fue diseñado para moverse y, cuando dejamos de hacerlo, comenzamos a perder fuerza, equilibrio, independencia y confianza. Cada sesión en el gimnasio representa una inversión en el futuro. Cada kilogramo de músculo ganado protege las articulaciones. Cada mejora en el equilibrio reduce el riesgo de una caída. Cada día activo añade calidad a los años y nos recuerda que el envejecimiento no tiene por qué ser sinónimo de resignación. Prefiero gastar mis ahorros en viajes y cruceros antes que en médicos, hospitales y medicinas. Esa frase resume mi filosofía: invertir en la salud mientras todavía podemos disfrutar plenamente de sus beneficios.
No entreno para competir ni para romper récords. Tampoco persigo la ilusión de detener el reloj. Entreno para continuar haciendo aquello que más felicidad me produce: viajar. Quiero seguir caminando por las calles de Praga y Buenos Aires, perderme entre los mercados de Asia, recorrer senderos naturales, visitar museos, subir escaleras centenarias y descubrir rincones que todavía no aparecen en las postales. Quiero que mi pasaporte siga acumulando sellos mientras me acerco al centenar de países visitados, y que mis piernas puedan seguir llevándome hasta donde la curiosidad me invite.
Si alguien de mi generación me preguntara cuál ha sido la mejor decisión que he tomado en los últimos años, respondería sin vacilar: entrar a un gimnasio. No para luchar contra el paso del tiempo, porque esa batalla nadie la gana, sino para vivir cada etapa con dignidad, autonomía y entusiasmo. A los 73 años sigo madrugando. Sigo pedaleando durante treinta minutos cada amanecer. Sigo levantando pesas bajo la mirada atenta de mi entrenador. Y sigo haciendo planes para el próximo viaje. He aprendido que el verdadero secreto para envejecer bien no consiste en añadir años a la vida, sino en añadir vida a los años.
A las cinco de la mañana no voy al gimnasio para desafiar mi edad. Voy para conservar la libertad de seguir explorando el mundo, un paso, una repetición y un viaje a la vez. La verdadera riqueza de los años plateados no está en contar el tiempo que ha pasado, sino en seguir acumulando experiencias, destinos y recuerdos. Mientras tenga la voluntad de levantarme antes del amanecer y cuidar de mi cuerpo, seguiré convencido de que el mejor viaje de mi vida es siempre el próximo.

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