Los después y los antes de Mireya
Publicado 2001/03/19 00:00:00
La popularidad y asimilación de la imagen de las personas que trascienden dentro su conglomerado, va en dimensiones proporcionales a la simpatía y veracidad que promuevan sus actuaciones y su personalidad. En el caso de los políticos, las exigencias son mayores con relación al cargo que desempeñan, por ende la popularidad es dependiente en gran medida de su calidad humana, su inteligencia emocional y de su humildad intelectual, la cual lo preserva de pretensiones desproporcionadas, como lo es el anhelo subyacente de adherirse al poder. Sus factores igualmente determinantes, el sentido de la responsabilidad y del compromiso.
El político que vive y siente una verdadera preocupación por el conglomerado humano al cual debe servir, cumpliendo entre otras cosas, las promesas electorales, así como desarrollando su mejor desempeño en la solución de los problemas que se van presentando en el ejercicio de la administración gubernamental, no puede evitar que la gran mayoría de los ciudadanos perciban este anhelo y correspondan con evidentes muestras de simpatías. Sin embargo, algunas personas basados en criterios preconcebidos, en antipatías sin causales precisas, o en razón de controversias ideológicos o partidistas, proyectan antagonismos que aún las actuaciones más meritorias no logran diluir, particularmente contra personas con liderazgo. Incluso, en ocasiones, influye en el subconsciente un complejo de machismo que se revela frente al avance social y político de la mujer.
En días pasados se publicó un artículo cuyo título he parodiado, y en el cual es evidente la intención de cuestionar y criticar en todos los aspectos a la ciudadana presidenta. El mismo especula con una supuesta pérdida de popularidad de Doña Mireya. Por ironía, en esos días recibió, durante las recientes festividades religiosas del Cristo de la Atalaya, multitudinarias muestras de aprecio y popularidad, exteriorizadas en aplausos y frases de afecto. Es evidente que los después y los antes, del pueblo que eligió a Mireya son constantes porque creen en ella.
Adicional a todo esto, el artículo en mención plantea la tesis de una "Mireya candidata" a la cual el autor le atribuye todas las virtudes y cualidades, a una "Mireya presidenta", a la cual le niega merecimientos personales y políticos. No voy a refutar ninguna de las dos teorías, pero al margen de sus virtudes y defectos reales o que le quieran atribuir, si agregare una tercera, y es la de una "Mireya sorprendente", que pese a una contracción económica en el ámbito mundial, al predominio de una Asamblea Legislativa hostil e increíblemente METAmorfósica, a la pérdida de un mercado cautivo interno que generaba cientos de millones de dólares y a la degradante secuela lastrosa del gobierno anterior, está luchando y promoviendo en las diversas fuerzas sociales, laborales y económicas una mística de aliento y optimismo y una actitud de permanente vigilancia fiscal y política con la que ha fustigado, incluso, a algunos de sus propios copartidarios. Existe ciertamente la noción colectiva que en este gobierno los saqueadores de fondos públicos y los que abusan de su autoridad, no podrán actuar con impunidad.
Es inevitable señalar que la "Mireya sorprendente", nos ha brindado otras que van más allá de sus obligaciones presidenciales, como cuando por encima de aviesos formulismos legalistas, se paró al borde de las fosas sin nombre, y sin cruz y ordenó la continuación de la búsqueda de los restos humanos víctimas de la cruel dictadura, así como el permitir la presencia de los familiares de los asesinados, y de los periodistas. También sorprende gratamente al país, cuando toma medidas contra la ancestral corrupción, que era del conocimiento ciudadano, en el Registro Público, aplicando destituciones y detenciones. Al igual que cuando se detuvo a tiempo una operación no autorizada, con bonos emitidos por el Municipio de Colón. O cuando obviando su propio seguridad, hace regresar al helicóptero en el que viajaba, a rescatar amigos y copartidarios cuyo helicóptero se había malogrado. También ante candente situación de conflicto bélico en Darién, se apersonó al área a brindar ánimo y apoyo. Con similar ánimo rectificador, ha exigido a funcionarios públicos de alto nivel, el cumplimiento de las normativas que establecen moralidad mercantil en las tramitaciones burocráticas. Como éstas se han dado otras diversas situaciones, en las que su intervención ha contribuido a preservar seriedad en el manejo de la cosa pública, lo que por contraste y antecedentes, sí es sorprendente en más de un presidente.
El político que vive y siente una verdadera preocupación por el conglomerado humano al cual debe servir, cumpliendo entre otras cosas, las promesas electorales, así como desarrollando su mejor desempeño en la solución de los problemas que se van presentando en el ejercicio de la administración gubernamental, no puede evitar que la gran mayoría de los ciudadanos perciban este anhelo y correspondan con evidentes muestras de simpatías. Sin embargo, algunas personas basados en criterios preconcebidos, en antipatías sin causales precisas, o en razón de controversias ideológicos o partidistas, proyectan antagonismos que aún las actuaciones más meritorias no logran diluir, particularmente contra personas con liderazgo. Incluso, en ocasiones, influye en el subconsciente un complejo de machismo que se revela frente al avance social y político de la mujer.
En días pasados se publicó un artículo cuyo título he parodiado, y en el cual es evidente la intención de cuestionar y criticar en todos los aspectos a la ciudadana presidenta. El mismo especula con una supuesta pérdida de popularidad de Doña Mireya. Por ironía, en esos días recibió, durante las recientes festividades religiosas del Cristo de la Atalaya, multitudinarias muestras de aprecio y popularidad, exteriorizadas en aplausos y frases de afecto. Es evidente que los después y los antes, del pueblo que eligió a Mireya son constantes porque creen en ella.
Adicional a todo esto, el artículo en mención plantea la tesis de una "Mireya candidata" a la cual el autor le atribuye todas las virtudes y cualidades, a una "Mireya presidenta", a la cual le niega merecimientos personales y políticos. No voy a refutar ninguna de las dos teorías, pero al margen de sus virtudes y defectos reales o que le quieran atribuir, si agregare una tercera, y es la de una "Mireya sorprendente", que pese a una contracción económica en el ámbito mundial, al predominio de una Asamblea Legislativa hostil e increíblemente METAmorfósica, a la pérdida de un mercado cautivo interno que generaba cientos de millones de dólares y a la degradante secuela lastrosa del gobierno anterior, está luchando y promoviendo en las diversas fuerzas sociales, laborales y económicas una mística de aliento y optimismo y una actitud de permanente vigilancia fiscal y política con la que ha fustigado, incluso, a algunos de sus propios copartidarios. Existe ciertamente la noción colectiva que en este gobierno los saqueadores de fondos públicos y los que abusan de su autoridad, no podrán actuar con impunidad.
Es inevitable señalar que la "Mireya sorprendente", nos ha brindado otras que van más allá de sus obligaciones presidenciales, como cuando por encima de aviesos formulismos legalistas, se paró al borde de las fosas sin nombre, y sin cruz y ordenó la continuación de la búsqueda de los restos humanos víctimas de la cruel dictadura, así como el permitir la presencia de los familiares de los asesinados, y de los periodistas. También sorprende gratamente al país, cuando toma medidas contra la ancestral corrupción, que era del conocimiento ciudadano, en el Registro Público, aplicando destituciones y detenciones. Al igual que cuando se detuvo a tiempo una operación no autorizada, con bonos emitidos por el Municipio de Colón. O cuando obviando su propio seguridad, hace regresar al helicóptero en el que viajaba, a rescatar amigos y copartidarios cuyo helicóptero se había malogrado. También ante candente situación de conflicto bélico en Darién, se apersonó al área a brindar ánimo y apoyo. Con similar ánimo rectificador, ha exigido a funcionarios públicos de alto nivel, el cumplimiento de las normativas que establecen moralidad mercantil en las tramitaciones burocráticas. Como éstas se han dado otras diversas situaciones, en las que su intervención ha contribuido a preservar seriedad en el manejo de la cosa pública, lo que por contraste y antecedentes, sí es sorprendente en más de un presidente.

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