Manténgase siempre en paz
Publicado 2003/11/15 00:00:00
- Redacción/
Queremos ayudarlo a crecer en el espíritu, por eso le ofrecemos estos consejos: No pierda tiempo en vengarse: El deseo de vengarse trae al cuerpo y al alma grandes males. Acaba con nuestra salud y paz interior. El Señor dice en la Biblia: "Mío es el castigo y no cedo a otros el poder de venganza". ¿O es que creemos que los que hacen el mal se quedarán sin castigo divino? El Señor hará beber hasta la última gota de la copa de la amargura a los que se dediquen a obrar el mal. Para estar sanos es necesario evitar cualquier sentimiento de venganza. Padecerlos nos agotan el cerebro, debilitan el sistema nervioso, desfiguran el rostro, acortan nuestra existencia y nos envejecen antes de tiempo. Cuando Jesús dijo: "Perdonen 70 veces siete" (Mt.18, 21-22), nos estaba dando una receta divina para no padecer de alta presión sanguínea, palpitaciones y ataques al corazón.
Esté atento a posibles neurosis: Debemos estar atentos a la enfermedad de la neurosis. Es la enfermedad del siglo XXI. Padecer de neurosis es muy común y no es señal de desequilibrio o anormalidad. Son los más inteligentes los que están expuestos a padecerla y es en sí un grave peligro para la paz.
La persona equilibrada acepta las penas, desdichas, calamidades y contrariedades de la vida con calma y serenidad. La persona neurótica estalla con arranques de ira a la menor contrariedad.
La persona equilibrada se siente demasiado ocupada en la vida para dedicar el tiempo a lamentarse. La neurótica vive quejándose de sí misma y de los demás. Su vida es una sinfonía de lamentos.
El equilibrado se siente contento de estar viviendo.
El neurótico siente un deseo sutil de desaparecer.
El equilibrado es flexible, sabe comprender a los demás y no convierte en tragedia los pequeños contratiempos de la vida.
El neurótico agranda los problemas en su imaginación y vive condenando o juzgando a los otros en su entendimiento; viendo mala voluntad en todas partes donde muchas veces lo que hay es debilidad.
La persona equilibrada sabe manejar sus impulsos. Dijo Salomón: "Para el precipitado todas son pérdidas". Los impulsos son ciegos y conducen a muchas imprudencias.
El equilibrado sabe que el pasado ya no cambiará y no pierde tiempo. Y respecto al futuro no se afana, vive su presente y deja que el pasado lo perdone la misericordia de Dios.
El neurótico quema muchas energías recordando con amargura sucesos negativos del pasado. Se hiere fácilmente. Es hipersensible.
El equilibrado tiene un sano sentido del humor, sabe que lo importante no es que no llueva, sino que el agua no se meta por el cuello; por eso, abre el paraguas de la paciencia y acepta las críticas de los demás como algo constructivo que lo lleva a superarse.
El equilibrado tiene paciencia y aguanta las dificultades y las cosas difíciles, sabe cómo soportarlas y mejorarlas; su madurez le enseña que el caminar hacia el éxito está lleno de espinas y obstáculos. En forma de holocausto quema ante Dios toda forma de resistencia ante lo inevitable. Quema en el abandono a la voluntad del Creador todo rechazo a lo que no pudo ser evitado. Si tiene fe piensa: ¡Qué sé yo de los designios salvadores! ¿Qué derecho tengo de protestar ante el Señor por lo que ha sucedido?
El neurótico vive disgustado por cuanto es y sucede contrario a sus planes, no acepta con paz lo que falta en su personalidad o su temperamento.
Pídale ayuda al Señor, con mucha fe, para lograr siempre estar en paz. Con Él todo lo podemos porque, ¡con El somos invencibles!
Esté atento a posibles neurosis: Debemos estar atentos a la enfermedad de la neurosis. Es la enfermedad del siglo XXI. Padecer de neurosis es muy común y no es señal de desequilibrio o anormalidad. Son los más inteligentes los que están expuestos a padecerla y es en sí un grave peligro para la paz.
La persona equilibrada acepta las penas, desdichas, calamidades y contrariedades de la vida con calma y serenidad. La persona neurótica estalla con arranques de ira a la menor contrariedad.
La persona equilibrada se siente demasiado ocupada en la vida para dedicar el tiempo a lamentarse. La neurótica vive quejándose de sí misma y de los demás. Su vida es una sinfonía de lamentos.
El equilibrado se siente contento de estar viviendo.
El neurótico siente un deseo sutil de desaparecer.
El equilibrado es flexible, sabe comprender a los demás y no convierte en tragedia los pequeños contratiempos de la vida.
El neurótico agranda los problemas en su imaginación y vive condenando o juzgando a los otros en su entendimiento; viendo mala voluntad en todas partes donde muchas veces lo que hay es debilidad.
La persona equilibrada sabe manejar sus impulsos. Dijo Salomón: "Para el precipitado todas son pérdidas". Los impulsos son ciegos y conducen a muchas imprudencias.
El equilibrado sabe que el pasado ya no cambiará y no pierde tiempo. Y respecto al futuro no se afana, vive su presente y deja que el pasado lo perdone la misericordia de Dios.
El neurótico quema muchas energías recordando con amargura sucesos negativos del pasado. Se hiere fácilmente. Es hipersensible.
El equilibrado tiene un sano sentido del humor, sabe que lo importante no es que no llueva, sino que el agua no se meta por el cuello; por eso, abre el paraguas de la paciencia y acepta las críticas de los demás como algo constructivo que lo lleva a superarse.
El equilibrado tiene paciencia y aguanta las dificultades y las cosas difíciles, sabe cómo soportarlas y mejorarlas; su madurez le enseña que el caminar hacia el éxito está lleno de espinas y obstáculos. En forma de holocausto quema ante Dios toda forma de resistencia ante lo inevitable. Quema en el abandono a la voluntad del Creador todo rechazo a lo que no pudo ser evitado. Si tiene fe piensa: ¡Qué sé yo de los designios salvadores! ¿Qué derecho tengo de protestar ante el Señor por lo que ha sucedido?
El neurótico vive disgustado por cuanto es y sucede contrario a sus planes, no acepta con paz lo que falta en su personalidad o su temperamento.
Pídale ayuda al Señor, con mucha fe, para lograr siempre estar en paz. Con Él todo lo podemos porque, ¡con El somos invencibles!

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