Medicinas baratas para los pobres
Publicado 2003/09/01 23:00:00
Desde hace décadas venía teniendo lugar, ante distintos foros internacionales, una agria controversia entre países ricos y pobres en torno al tema de la fabricación indiscriminada de medicamentos por los últimos, en violación a las respectivas patentes de invención. Las naciones más avanzadas del tercer mundo, de Asia, Africa y América, venían permitiendo que, en su suelo, se copiaran las fórmulas tan afanosamente descubiertas con multimillonarias inversiones de laboratorios privados, como forma desesperada de enfrentar enfermedades que, de otro modo, provocarían incontables muertes y padecimientos entre su población.
Por mucho tiempo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) procuró mediar en aquella polémica, sin éxito. El argumento era que los grandes fabricantes, titulares de los derechos de patente, permitieran que por vías de excepción, se fabricaran los medicamentos más urgentes de uso masivo a países pobres azotados por colosales pandemias.
La crisis del sida en Africa es uno de los ejemplos más dramáticos. Hay poblaciones del Norte de ese continente que están siendo diezmadas por el mal, en situación en que la "triple terapia", que es la mejor opción medicamentosa disponible, es impagable para la familia del afectado y para los sistemas de salud oficiales.
En nuestro país, Juan Jované, director general de la Caja de Seguro Social, ha dicho en más de una ocasión que los altos costos de la "triple terapia" y las diálisis, estaban sencillamente desquiciando las finanzas del programa de salud de la entidad. Y eso que Panamá no figura entre los más pobres.
Pues bien, acaba de suscribirse en Ginebra un trascendental convenio en el seno de la Organización Mundial de Comercio (OMC), el cual permitirá que las naciones pobres puedan por fin fabricar sus medicinas bajo nombre genérico, sin el temor a enfrentar sanciones, ni los altos costos de las regalías de las patentes, con tal que no envíen ni comercialicen el producto y lo destinen exclusivamente a su población pobre para combatir enfermedades graves de incidencia masiva. Obviamente, la razón que sustenta el acuerdo es eminentemente humanitaria.
El convenio requiere, evidentemente, de supervisión, para evitar abusos. El sistema de patentes de invención es la columna vertebral que impulsa y financia los altos costos de investigación, tanto de las enfermedades como de las drogas que las combaten. Y hay que respetarlo para garantizar que la rueda del progreso no se detenga por falta de estímulos. La razón humanitaria del convenio es, paralelamente, un retorno a las raíces de los descubrimientos de salud, y nos sirve para recordar que su fin último es el ser humano, además del lucro.
Por mucho tiempo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) procuró mediar en aquella polémica, sin éxito. El argumento era que los grandes fabricantes, titulares de los derechos de patente, permitieran que por vías de excepción, se fabricaran los medicamentos más urgentes de uso masivo a países pobres azotados por colosales pandemias.
La crisis del sida en Africa es uno de los ejemplos más dramáticos. Hay poblaciones del Norte de ese continente que están siendo diezmadas por el mal, en situación en que la "triple terapia", que es la mejor opción medicamentosa disponible, es impagable para la familia del afectado y para los sistemas de salud oficiales.
En nuestro país, Juan Jované, director general de la Caja de Seguro Social, ha dicho en más de una ocasión que los altos costos de la "triple terapia" y las diálisis, estaban sencillamente desquiciando las finanzas del programa de salud de la entidad. Y eso que Panamá no figura entre los más pobres.
Pues bien, acaba de suscribirse en Ginebra un trascendental convenio en el seno de la Organización Mundial de Comercio (OMC), el cual permitirá que las naciones pobres puedan por fin fabricar sus medicinas bajo nombre genérico, sin el temor a enfrentar sanciones, ni los altos costos de las regalías de las patentes, con tal que no envíen ni comercialicen el producto y lo destinen exclusivamente a su población pobre para combatir enfermedades graves de incidencia masiva. Obviamente, la razón que sustenta el acuerdo es eminentemente humanitaria.
El convenio requiere, evidentemente, de supervisión, para evitar abusos. El sistema de patentes de invención es la columna vertebral que impulsa y financia los altos costos de investigación, tanto de las enfermedades como de las drogas que las combaten. Y hay que respetarlo para garantizar que la rueda del progreso no se detenga por falta de estímulos. La razón humanitaria del convenio es, paralelamente, un retorno a las raíces de los descubrimientos de salud, y nos sirve para recordar que su fin último es el ser humano, además del lucro.

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