Misericordia y fidelidad
Publicado 2000/04/22 23:00:00
- San José
Los Salmos, atribuidos al Rey David, son oraciones inspiradas de diálogo intensamente reflexivo entre el hombre en sus diferentes situaciones existenciales y Dios en sus diversas relaciones interpersonales con su criatura. Con razón Thomas Cahill, en su estupendo libro The Gifts of the Jews, How a Tribe of Desert Nomads Changed the Way Everyone Thinks and Feels, llama a los Salmos "fuente burbujeante de auto-reflexión", al destacar que "están repletos con el `Yo´: el Yo del arrepentimiento, el Yo de la ira y la venganza, el Yo de la lástima por sí mismo y de la duda en sí mismo, el Yo de la desesperación, el Yo del deleite, el Yo del éxtasis." Pero en esa misma medida no hay textos bíblicos donde Dios se revele más como Tú: el Tú que crea, el Tú que ama, que elige, que protege, que castiga, que salva, el Tú que le ofrece al hombre una alianza eterna Consigo Mismo.
En el contexto de ese diálogo orante, el Yo del hombre descubre al Tú de Dios sobre todo como misericordioso y fiel. "Es bueno dar gracias al Señor y tocar para tu nombre, oh Altísimo, proclamamos por la mañana tu misericordia y de noche tu fidelidad", dice el Salmo 92 (2-3), enmarcando así el tiempo humano entre el alpha de la misericordia divina y el omega de su fidelidad. "Señor, tu misericordia llega al cielo, tu fidelidad hasta las nubes", dice el Salmo 36 (6), indicando que éstos son rasgos de Dios en su sede propia o más bien en su propia singularidad de Dios único y todopoderoso.
En su encíclica Dives in misericordia, Juan Pablo II recuerda el texto de Exodo (34,6) donde Dios se manifiesta a Moisés en su revelación central como "Dios de ternura y de gracia, lento a la ira y rico en misericordia y fidelidad" (no. 4). La misericordia, explica el Papa, "es el contenido de la intimidad (del hombre) con su Señor" (ibid. ). Los términos hebreos que la Biblia usa para expresar la misericordia son muy sugerentes. El término "hesed" implica una benevolencia mutua "en virtud de un compromiso interior, por lo tanto también (en virtud) de una fidelidad hacia sí mismos" (ibid.), en relación con la alianza entre Dios y el hombre. Se trata de un amor más fuerte que la traición y que el pecado. Y el término "rahamim" implica la ternura, la paciencia y la comprensión, una variante casi femenina de sentimiento. Se trata de "un amor que es fiel e invencible gracias a la misteriosa fuerza de la maternidad" (ibid.) y que salva de los peligros, los enemigos y el pecado. La paternidad y la maternidad de Dios se conjugan en su misericordia y su fidelidad, de acuerdo con el Viejo Testamento.
La misericordia es entonces el mismo amor que Dios es, pero tornado hacia las fragilidades y las miserias que el hombre experimenta. Y la fidelidad es la determinación de dicho amor de mantenerse disponible y accesible al hombre cualesquiera que sean sus limitaciones e indignidades, de tal modo que la fidelidad de Dios a sí mismo como amor misericordioso fundamenta su fidelidad hacia el hombre en el contexto de la alianza.
El reconocimiento de que somos pecadores y estamos expuestos a fallas, males y sobre todo pecados, condiciona nuestro descubrimiento existencial de la misericordia y de la fidelidad de Dios. Cuando encaramos la muerte desde este reconocimiento, la misericordia y la fidelidad de Dios se convierten en nuestra única, pero sólida esperanza de una vida eterna. Le dan así a nuestra vida su dimensión la más prometedora. Por lo contrario cuando rechazamos este reconocimiento, como suelen hacer muchos de nuestros contemporáneos en su orgullo antropocéntrico, y encaramos la muerte como animales o superhombres, desconocemos por completo la ternura de Dios y su irrevocable disposición de perdonarnos y salvarnos. La vida termina en el vacío, cuando no en la desesperación.
El Nuevo Testamento asume y profundiza esta visión. En la Epístola a los Efesios San Pablo afirma: "Pero Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo -por gracia habéis sido salvados- y con él nos resucitó..." (2, 4-7). En Jesucristo, enseñan el Concilio y Juan Pablo II, se nos "revela plenamente el hombre al mismo hombre" (no. 1) . Sondeamos las profundidades de bondad heroica y de maldad siniestra de las que somos capaces. A la par se nos revela más cabalmente el insondable misterio de Dios Padre que entrega su Hijo ¿nico a la muerte en cruz para resucitarlo luego a la gloria y con l a nosotros, rescatándonos del pecado y haciéndonos hijos suyos por adopción y hermanos de Jesucristo. A la luz de la fe en Cristo comprendemos que la misericordia y la fidelidad se manifiestan no simplemente en una mirada compasiva, sino en la acción de caridad "que promueve y extrae el bien de todas las formas de mal existentes en el mundo y en el hombre" (no. 6). La misericordia se torna en fuerza transformadora de nuestro mundo y de nosotros mismos y la fidelidad en una persistente e invencible dedicación a esta obra.
En la muerte en cruz de Jesús, Hijo de Dios e Hijo del Hombre, se encuentra el "punto culminante" (no. 8) de la revelación del amor misericordioso y fiel de Dios Padre. En este acto de radical misericordia y fidelidad de Dios, se hace al mismo tiempo justicia del pecado y de la muerte del hombre. Además, en la resurrección de Jesús se asienta al máximo nuestra esperanza de superar tanto el pecado como la muerte y con ellos todo sufrimiento e injusticia, transformando radicalmente la condición humana. Así, el misterio pascual, nos revela, como indica el Papa, que el amor misericordioso y fiel de Dios "es más fuerte que la muerte, más fuerte que el pecado y que todo mal, ...que eleva al hombre de las caídas graves y lo libera de las más grandes amenazas" (no. 15).
Hay actitudes contrapuestas de muchos hombres contemporáneos que se resisten a esta revelación culminante del misterio pascual. Por una parte, en su autosuficiencia y ensimismamiento, han perdido el sentido del pecado. No confiesan como el salmista: "Pues yo reconozco mi delito, mi pecado esta siempre ante mí; contra ti, contra ti solo pequé, lo malo a tus ojos cometí" (Salmo 51, 5-6). En consecuencia, desvinculan el sentido de la muerte del sentido del pecado y, por eso, en su autolimitación e inmanencia, ésta les parece natural y definitiva. No anuncian como el profeta: "Pues he aquí que yo creo cielos nuevos y tierra nueva, y no serán mentados los primeros ni vendrán a la memoria; antes habrá gozo y regocijo por siempre jamás por lo que voy a crear" (Isaías, 65, 17-18). Estos hombres de nuestro tiempo viven una intensa e insuperable inquietud al haber restringido su espíritu y su libertad, de por sí abiertos a lo ilimitado del bien y del mal, a un empequeñecimiento en virtud del cual ni reconocen s u culpa en la trama histórica ni aspiran a una existencia transformada en la eternidad. Dejan así de encararse a un Dios misericordioso y fiel, que es el único Dios que humilla y enaltece al hombre a la vez, es decir que le respeta su capacidad de infinitud, porque lo hizo libre, a su imagen y semejanza.
Y al dejar de encararse al Dios de la misericordia y la fidelidad, dichos hombres comprometen la justicia, que es el valor que ha de regir las relaciones humanas en comunidad. En efecto, la justicia no se sostiene por si sola. Su fuente es el amor, que de cara al hombre ha de ser siempre misericordioso y fiel. Por una parte, el cumplimiento de la justicia es condición de una auténtica expresión de este amor. Mas, por la otra, sólo enmarcada y corregida por semejante amor, puede la justicia regular las relaciones humanas de manera a gestar un régimen de libertad, igualdad y sobre todo de fraternidad. Por más que sean diferentes la justicia y la misericordia no se pueden separar ni en Dios ni entre los hombres.
De nuestra comprensión del misterio pascual y de nuestra adhesión al Dios misericordioso y fiel que éste nos revela, depende en última instancia la plenitud de nuestra dignidad y esperanza humanas, tanto en nuestra dimensión personal como en nuestra dimensión comunitaria. En este domingo culminante de Pascua de Resurrección, celebremos por ello lo que el salmista entrevió y los Evangelios ahondaron: "El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades." (Salmo 100, 5).
En el contexto de ese diálogo orante, el Yo del hombre descubre al Tú de Dios sobre todo como misericordioso y fiel. "Es bueno dar gracias al Señor y tocar para tu nombre, oh Altísimo, proclamamos por la mañana tu misericordia y de noche tu fidelidad", dice el Salmo 92 (2-3), enmarcando así el tiempo humano entre el alpha de la misericordia divina y el omega de su fidelidad. "Señor, tu misericordia llega al cielo, tu fidelidad hasta las nubes", dice el Salmo 36 (6), indicando que éstos son rasgos de Dios en su sede propia o más bien en su propia singularidad de Dios único y todopoderoso.
En su encíclica Dives in misericordia, Juan Pablo II recuerda el texto de Exodo (34,6) donde Dios se manifiesta a Moisés en su revelación central como "Dios de ternura y de gracia, lento a la ira y rico en misericordia y fidelidad" (no. 4). La misericordia, explica el Papa, "es el contenido de la intimidad (del hombre) con su Señor" (ibid. ). Los términos hebreos que la Biblia usa para expresar la misericordia son muy sugerentes. El término "hesed" implica una benevolencia mutua "en virtud de un compromiso interior, por lo tanto también (en virtud) de una fidelidad hacia sí mismos" (ibid.), en relación con la alianza entre Dios y el hombre. Se trata de un amor más fuerte que la traición y que el pecado. Y el término "rahamim" implica la ternura, la paciencia y la comprensión, una variante casi femenina de sentimiento. Se trata de "un amor que es fiel e invencible gracias a la misteriosa fuerza de la maternidad" (ibid.) y que salva de los peligros, los enemigos y el pecado. La paternidad y la maternidad de Dios se conjugan en su misericordia y su fidelidad, de acuerdo con el Viejo Testamento.
La misericordia es entonces el mismo amor que Dios es, pero tornado hacia las fragilidades y las miserias que el hombre experimenta. Y la fidelidad es la determinación de dicho amor de mantenerse disponible y accesible al hombre cualesquiera que sean sus limitaciones e indignidades, de tal modo que la fidelidad de Dios a sí mismo como amor misericordioso fundamenta su fidelidad hacia el hombre en el contexto de la alianza.
El reconocimiento de que somos pecadores y estamos expuestos a fallas, males y sobre todo pecados, condiciona nuestro descubrimiento existencial de la misericordia y de la fidelidad de Dios. Cuando encaramos la muerte desde este reconocimiento, la misericordia y la fidelidad de Dios se convierten en nuestra única, pero sólida esperanza de una vida eterna. Le dan así a nuestra vida su dimensión la más prometedora. Por lo contrario cuando rechazamos este reconocimiento, como suelen hacer muchos de nuestros contemporáneos en su orgullo antropocéntrico, y encaramos la muerte como animales o superhombres, desconocemos por completo la ternura de Dios y su irrevocable disposición de perdonarnos y salvarnos. La vida termina en el vacío, cuando no en la desesperación.
El Nuevo Testamento asume y profundiza esta visión. En la Epístola a los Efesios San Pablo afirma: "Pero Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo -por gracia habéis sido salvados- y con él nos resucitó..." (2, 4-7). En Jesucristo, enseñan el Concilio y Juan Pablo II, se nos "revela plenamente el hombre al mismo hombre" (no. 1) . Sondeamos las profundidades de bondad heroica y de maldad siniestra de las que somos capaces. A la par se nos revela más cabalmente el insondable misterio de Dios Padre que entrega su Hijo ¿nico a la muerte en cruz para resucitarlo luego a la gloria y con l a nosotros, rescatándonos del pecado y haciéndonos hijos suyos por adopción y hermanos de Jesucristo. A la luz de la fe en Cristo comprendemos que la misericordia y la fidelidad se manifiestan no simplemente en una mirada compasiva, sino en la acción de caridad "que promueve y extrae el bien de todas las formas de mal existentes en el mundo y en el hombre" (no. 6). La misericordia se torna en fuerza transformadora de nuestro mundo y de nosotros mismos y la fidelidad en una persistente e invencible dedicación a esta obra.
En la muerte en cruz de Jesús, Hijo de Dios e Hijo del Hombre, se encuentra el "punto culminante" (no. 8) de la revelación del amor misericordioso y fiel de Dios Padre. En este acto de radical misericordia y fidelidad de Dios, se hace al mismo tiempo justicia del pecado y de la muerte del hombre. Además, en la resurrección de Jesús se asienta al máximo nuestra esperanza de superar tanto el pecado como la muerte y con ellos todo sufrimiento e injusticia, transformando radicalmente la condición humana. Así, el misterio pascual, nos revela, como indica el Papa, que el amor misericordioso y fiel de Dios "es más fuerte que la muerte, más fuerte que el pecado y que todo mal, ...que eleva al hombre de las caídas graves y lo libera de las más grandes amenazas" (no. 15).
Hay actitudes contrapuestas de muchos hombres contemporáneos que se resisten a esta revelación culminante del misterio pascual. Por una parte, en su autosuficiencia y ensimismamiento, han perdido el sentido del pecado. No confiesan como el salmista: "Pues yo reconozco mi delito, mi pecado esta siempre ante mí; contra ti, contra ti solo pequé, lo malo a tus ojos cometí" (Salmo 51, 5-6). En consecuencia, desvinculan el sentido de la muerte del sentido del pecado y, por eso, en su autolimitación e inmanencia, ésta les parece natural y definitiva. No anuncian como el profeta: "Pues he aquí que yo creo cielos nuevos y tierra nueva, y no serán mentados los primeros ni vendrán a la memoria; antes habrá gozo y regocijo por siempre jamás por lo que voy a crear" (Isaías, 65, 17-18). Estos hombres de nuestro tiempo viven una intensa e insuperable inquietud al haber restringido su espíritu y su libertad, de por sí abiertos a lo ilimitado del bien y del mal, a un empequeñecimiento en virtud del cual ni reconocen s u culpa en la trama histórica ni aspiran a una existencia transformada en la eternidad. Dejan así de encararse a un Dios misericordioso y fiel, que es el único Dios que humilla y enaltece al hombre a la vez, es decir que le respeta su capacidad de infinitud, porque lo hizo libre, a su imagen y semejanza.
Y al dejar de encararse al Dios de la misericordia y la fidelidad, dichos hombres comprometen la justicia, que es el valor que ha de regir las relaciones humanas en comunidad. En efecto, la justicia no se sostiene por si sola. Su fuente es el amor, que de cara al hombre ha de ser siempre misericordioso y fiel. Por una parte, el cumplimiento de la justicia es condición de una auténtica expresión de este amor. Mas, por la otra, sólo enmarcada y corregida por semejante amor, puede la justicia regular las relaciones humanas de manera a gestar un régimen de libertad, igualdad y sobre todo de fraternidad. Por más que sean diferentes la justicia y la misericordia no se pueden separar ni en Dios ni entre los hombres.
De nuestra comprensión del misterio pascual y de nuestra adhesión al Dios misericordioso y fiel que éste nos revela, depende en última instancia la plenitud de nuestra dignidad y esperanza humanas, tanto en nuestra dimensión personal como en nuestra dimensión comunitaria. En este domingo culminante de Pascua de Resurrección, celebremos por ello lo que el salmista entrevió y los Evangelios ahondaron: "El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades." (Salmo 100, 5).
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