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Opinión / Panamá necesita un ícono. Quizás ya lo tiene

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Panamá América Panamá América Sábado 26 de Septiembre de 2026
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Panamá necesita un ícono. Quizás ya lo tiene

Publicado 2026/09/28 00:00:00
  • Jaime Figueroa Navarro
  •   /  
  •   /  

Imagino un crucero entrando por el Pacífico al Canal de Panamá. Desde la cubierta, un pasajero mira hacia adelante y, poco a poco, el país se revela: primero el océano y la entrada del Canal; luego, frente a él, aparece el Biomuseo, con su arquitectura imposible de ignorar; detrás, el Casco Antiguo, cargado de siglos; y al fondo, elevándose sobre el Pacífico, la ciudad moderna con sus rascacielos. El barco avanza y, por unos instantes, todo queda dentro del mismo encuadre: naturaleza, historia, ingeniería, arquitectura y ciudad. Pienso en esa escena y me pregunto qué sentiría alguien que llega por primera vez. Quizás no conozca todavía nuestra historia, pero en esa sola imagen ya puede intuirla. Porque Panamá tiene algo que pocos sitios pueden mostrar en unos cuantos kilómetros: aquí el destino parece haber ido dejando su huella, una y otra vez, hasta convertir este diminuto istmo en un punto decisivo de la historia del mundo.

Desde Vasco Núñez de Balboa, que en 1513 divisó el Mar del Sur en nuestro Darién, hasta la construcción del Canal y la Panamá cosmopolita de hoy, hay una línea de acontecimientos que parecen haber encontrado en el Istmo su lugar natural. No deja de impresionarme esa coincidencia. Balboa dejó su nombre unido para siempre a aquel momento en que Europa descubrió desde Panamá el más allá; siglos después, otro gran proyecto volvería a convertir este mismo territorio en puente entre dos mares y el universo. Y hoy, frente a esa misma ruta, tenemos el Biomuseo. Por eso mi interés por esta obra ha ido mucho más allá de la arquitectura. En conversaciones con Líder Sucre, Margot López y Vic Murillo fui descubriendo distintas dimensiones de su narrativa y de la visión que la hizo posible. Eso alimentó una pregunta que cada vez me parece más inevitable: ¿y si el Biomuseo puede convertirse en el gran ícono contemporáneo de Panamá?

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Frank Gehry ha demostrado que la arquitectura puede cambiar la manera en que una ciudad es percibida. Bilbao es el ejemplo más conocido. El Guggenheim no transformó aquella ciudad por sí solo, pero se convirtió en una pieza central de una estrategia urbana y en una imagen reconocible en todo el mundo. París ofrece otra lección con la Torre Eiffel: una obra concebida para una exposición terminó convirtiéndose en el símbolo universal de una ciudad. Barcelona hizo algo parecido con la Sagrada Familia, una creación de Gaudí que con el paso de las generaciones dejó de ser solamente una obra arquitectónica para convertirse en parte de la identidad de Barcelona. No creo que Panamá deba copiar ninguno de esos modelos. Lo que sí debemos preguntarnos es cómo una sociedad logra hacer suyo un edificio extraordinario. Y ahí yace nuestra oportunidad.

Porque el Biomuseo ya tiene algo que no se puede diseñar en una mesa de arquitecto: el lugar. Un barco entra por el Pacífico y lo encuentra frente al Canal; detrás está el Casco Antiguo y, más lejos, la ciudad de los rascacielos. Es casi una película condensada de nuestra historia. El Biomuseo puede ser la puerta para contarla: la formación del Istmo, la unión de los continentes, el intercambio de especies, nuestra biodiversidad, nuestros mares y bosques y el papel que Panamá ha desempeñado en la historia global. Pero para mí el reto no es que más personas visiten el edificio. Es que más personas entiendan lo que representa. Que quien salga de allí quiera conocer Darién, Coiba, Bocas del Toro, Chiriquí, Colón, Azuero y nuestras comarcas; que descubra que la historia que comenzó dentro del museo continúa fuera de sus paredes.

Por eso creo que el Biomuseo tiene que salir de Amador sin dejar de ser Amador. Su narrativa debe viajar a las escuelas y universidades, a los parques nacionales, a los territorios indígenas, a nuestros centros de investigación y a las comunidades. Exposiciones itinerantes, programas educativos, proyectos científicos y alianzas con universidades podrían convertirlo en una plataforma nacional de conocimiento, conservación, cultura y turismo. Así dejaría de ser percibido como una extraordinaria obra arquitectónica situada en la Calzada de Amador para convertirse en algo más ambicioso: un lugar desde el cual Panamá se explica a sí mismo y se presenta ante el mundo.

Mis conversaciones con Líder Sucre me ayudaron a mirar el Biomuseo desde esa perspectiva de país. Con Margot López entendí aún más la importancia de la narrativa: una obra puede ser extraordinaria, pero si no contamos bien lo que significa, su potencial queda incompleto. Y con Vic Murillo confirmé algo que a veces olvidamos: detrás de las grandes obras siempre hay personas que creen, insisten, conectan ideas y convierten una visión en realidad. Todo ello fue reforzando en mí una convicción: Gehry hizo su parte. Ahora nos corresponde a nosotros hacer la nuestra.

Porque el Biomuseo no debería quedar para siempre como "el edificio de Gehry en Panamá". Debería llegar a ser "el Biomuseo de Panamá", con el mismo sentido de pertenencia con que París siente su Torre Eiffel o Barcelona su Sagrada Familia. No para competir con ellas ni para imitarlas, sino para encontrar nuestra propia manera de convertir arquitectura en identidad. Y esa identidad no empieza con el edificio. Empieza mucho antes: con Balboa mirando por primera vez el otro océano; continúa con generaciones que hicieron del Istmo una ruta entre mundos; pasa por el Canal y llega hasta esta ciudad que hoy se levanta frente al Pacífico. El Biomuseo puede ser una expresión contemporánea de esa historia extraordinaria.

Cuando vuelvo a imaginar aquel crucero, la escena adquiere para mí otro significado. El pasajero ve el Biomuseo, el Casco Antiguo, los rascacielos y el Canal, pero nosotros sabemos que detrás de esa imagen hay siglos de acontecimientos que hicieron de Panamá lo que es. Aquí el destino parece haber dejado su huella una y otra vez. Balboa dejó la suya al descubrir el Mar del Sur; el Canal, al cambiar para siempre las rutas del mundo; la ciudad, al convertirse en una de las más dinámicas de la región; y Gehry, al dejar en Amador una obra que nos obliga a mirarnos de otra manera. Quizás el siguiente paso sea nuestro: convertir esa suma de huellas en un símbolo que podamos reconocer como propio.

Panamá necesita un ícono contemporáneo. No uno inventado para una campaña ni uno impuesto desde arriba, sino uno que nazca de nuestra propia historia y que sea capaz de contar hacia dónde vamos. Yo creo que el Biomuseo tiene esa posibilidad. Tiene el lugar, tiene la arquitectura, tiene una historia poderosa detrás y, sobre todo, tiene delante de sí un país entero que todavía puede apropiárselo. El edificio ya está ahí. La postal también. La historia nos la entregó el destino. A nosotros nos toca darle sentido. Y quizás esa sea la verdadera oportunidad: que algún día un barco entre por el Pacífico, que un pasajero mire hacia tierra y que, sin que nadie tenga que explicárselo, entienda que frente a él no hay simplemente un museo diseñado por Frank Gehry. Hay algo mucho más grande. Hay Panamá.

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