Resabios de militarismo
Publicado 2001/06/06 23:00:00
- Cables internacionales
También para mí es muy satisfactorio debatir con un intelectual de la estatura de Ricardo Arias Calderón, quien en su columna del domingo pasado aborda varios temas importantes. La falta de espacio me obliga a concentrarme en algunos de los ejemplos que presenta para defender su afirmación que hemos superado el militarismo. Opino que el militarismo persiste en estructuras, prácticas y actitudes heredadas del régimen castrense, que la actual dirigencia político-partidista no ha tenido la voluntad de reemplazar, en perjuicio de los intereses ciudadanos. Arias Calderón cree que ya superamos el militarismo, pero para sustentar esa opinión recurre a indicadores que no refuerzan su argumento.
Según Arias Calderón, la eliminación del ejército se realizó "en las instituciones, el personal, las instalaciones, el presupuesto, el régimen de vida, el equipo y el armamento, la educación y el entrenamiento y las funciones de los agentes de seguridad." Justo es reconocer que bajo su inspiración se dieron cambios significativos, pero también que se mantuvieron vigentes costumbres y símbolos que contribuyen a avivar el germen del militarismo, como los rangos y honores castrenses, la peligrosa práctica de reclutar a egresados de academias militares y, sobre todo, la arbitrariedad y la venalidad inherentes al militarismo, que aún no han sido extirpadas de la fuerza pública.
Arguye que la "desaparición del militarismo" se constata por la celebración "de las elecciones más libres que haya conocido el país en su historia". A nivel presidencial, los comicios de 1994 y 1999 produjeron una sana alternancia en el ejercicio del poder ejecutivo. Pero ese saludable resultado -que contrasta con la práctica dictatorial de monopolizar el ejercicio del poder público- no da a las elecciones, automáticamente, el carácter de "libres" que Arias Calderón les endilga.
En efecto, la tónica de los últimos dos comicios generales ha sido la manipulación de la voluntad popular, a través de una legislación electoral (heredada de la dictadura) que desvirtúa la representación democrática; del escandaloso clientelismo, aplicado especialmente a través de las partidas circuitales (legado de la dictadura); y de la alteración de los procesos electorales (práctica exacerbada durante la dictadura). Los trabajos de Leopoldo Castillo y Eugenio Morice, así como el mío ("Forsaken Virtue") han documentado esta deplorable realidad, que se nutre directamente de la fuente militarista y que ha sido denunciada, entre otros medios, por El Panamá América, notablemente en su editorial del 6 de junio de 1999.
De acuerdo con Arias Calderón, otro indicio de la desaparición del militarismo lo constituye "una libertad de expresión y de prensa que a veces es salvaje". Salvaje es la represión del periodismo, ayer dirigida por la soldadesca y hoy por un ex legislador del PDC, cuyas acciones se fundamentan en la concepción retrógrada del poder, propia de los militares -así como en las "leyes mordaza" de la dictadura- y cuyas últimas declaraciones, que comprometen seriamente la reputación internacional del Estado, constituyen una vergüenza nacional, como atinadamente lo apuntó El Panamá América (5 de junio de 2001).
Según Arias Calderón, "el irrespeto hacia las autoridades por parte de sectores de la opinión pública" es un ejemplo de que hemos superado el militarismo. Pero el irrespeto que sobresale a partir de 1990 no es el que señala Arias Calderón, sino el de los servidores públicos hacia la ciudadanía, particularmente durante el último gobierno del PRD (hoy socio del PDC), cuyo desdén por la opinión pública asumió claros ribetes autoritarios. Ese irrespeto por el principio de rendición de cuentas está directamente vinculado al estilo político de una dictadura que durante dos décadas negó violentamente la soberanía popular.
De las pruebas que ofrece Arias Calderón para sustentar su opinión de que el militarismo ya no existe, la más curiosa es este concepto: "desde hace algún tiempo se han comenzado a borrar las fronteras entre quienes fuimos adversarios y quienes fueron partidarios del militarismo." Lejos de constituir ejemplos de virtud democrática, estos cambios de tolda, en su mayoría, son expresiones de la cultura del "juega vivo" impulsada por los militares. Esa cultura encuentra sus antecedentes inmediatos en los giros notorios que se dieron bajo la dictadura, como los de Jorge Illueca y Manuel Solís Palma, quienes abandonaron su trayectoria civilista en aras de un protagonismo pseudo presidencial basado en el militarismo.
Ese "juega vivo", que refleja la pérdida de valores acentuada bajo la dictadura, es sobremanera perjudicial para el sistema democrático, porque genera cinismo y desconfianza en la población. Para subsistir y afianzarse, el sistema democrático requiere legitimidad y apoyo popular, como ha sido apuntado, entre otros, por el académico español Juan Linz ("The Breakdown of Democratic Regimes", Johns Hopkins, 1978). Ni el oportunismo ni los otros resabios de militarismo contribuyen a producir legitimidad, como tampoco colabora a ello la resistencia de las cúpulas partidarias a promover una reforma política amplia y democrática.
Según Arias Calderón, la eliminación del ejército se realizó "en las instituciones, el personal, las instalaciones, el presupuesto, el régimen de vida, el equipo y el armamento, la educación y el entrenamiento y las funciones de los agentes de seguridad." Justo es reconocer que bajo su inspiración se dieron cambios significativos, pero también que se mantuvieron vigentes costumbres y símbolos que contribuyen a avivar el germen del militarismo, como los rangos y honores castrenses, la peligrosa práctica de reclutar a egresados de academias militares y, sobre todo, la arbitrariedad y la venalidad inherentes al militarismo, que aún no han sido extirpadas de la fuerza pública.
Arguye que la "desaparición del militarismo" se constata por la celebración "de las elecciones más libres que haya conocido el país en su historia". A nivel presidencial, los comicios de 1994 y 1999 produjeron una sana alternancia en el ejercicio del poder ejecutivo. Pero ese saludable resultado -que contrasta con la práctica dictatorial de monopolizar el ejercicio del poder público- no da a las elecciones, automáticamente, el carácter de "libres" que Arias Calderón les endilga.
En efecto, la tónica de los últimos dos comicios generales ha sido la manipulación de la voluntad popular, a través de una legislación electoral (heredada de la dictadura) que desvirtúa la representación democrática; del escandaloso clientelismo, aplicado especialmente a través de las partidas circuitales (legado de la dictadura); y de la alteración de los procesos electorales (práctica exacerbada durante la dictadura). Los trabajos de Leopoldo Castillo y Eugenio Morice, así como el mío ("Forsaken Virtue") han documentado esta deplorable realidad, que se nutre directamente de la fuente militarista y que ha sido denunciada, entre otros medios, por El Panamá América, notablemente en su editorial del 6 de junio de 1999.
De acuerdo con Arias Calderón, otro indicio de la desaparición del militarismo lo constituye "una libertad de expresión y de prensa que a veces es salvaje". Salvaje es la represión del periodismo, ayer dirigida por la soldadesca y hoy por un ex legislador del PDC, cuyas acciones se fundamentan en la concepción retrógrada del poder, propia de los militares -así como en las "leyes mordaza" de la dictadura- y cuyas últimas declaraciones, que comprometen seriamente la reputación internacional del Estado, constituyen una vergüenza nacional, como atinadamente lo apuntó El Panamá América (5 de junio de 2001).
Según Arias Calderón, "el irrespeto hacia las autoridades por parte de sectores de la opinión pública" es un ejemplo de que hemos superado el militarismo. Pero el irrespeto que sobresale a partir de 1990 no es el que señala Arias Calderón, sino el de los servidores públicos hacia la ciudadanía, particularmente durante el último gobierno del PRD (hoy socio del PDC), cuyo desdén por la opinión pública asumió claros ribetes autoritarios. Ese irrespeto por el principio de rendición de cuentas está directamente vinculado al estilo político de una dictadura que durante dos décadas negó violentamente la soberanía popular.
De las pruebas que ofrece Arias Calderón para sustentar su opinión de que el militarismo ya no existe, la más curiosa es este concepto: "desde hace algún tiempo se han comenzado a borrar las fronteras entre quienes fuimos adversarios y quienes fueron partidarios del militarismo." Lejos de constituir ejemplos de virtud democrática, estos cambios de tolda, en su mayoría, son expresiones de la cultura del "juega vivo" impulsada por los militares. Esa cultura encuentra sus antecedentes inmediatos en los giros notorios que se dieron bajo la dictadura, como los de Jorge Illueca y Manuel Solís Palma, quienes abandonaron su trayectoria civilista en aras de un protagonismo pseudo presidencial basado en el militarismo.
Ese "juega vivo", que refleja la pérdida de valores acentuada bajo la dictadura, es sobremanera perjudicial para el sistema democrático, porque genera cinismo y desconfianza en la población. Para subsistir y afianzarse, el sistema democrático requiere legitimidad y apoyo popular, como ha sido apuntado, entre otros, por el académico español Juan Linz ("The Breakdown of Democratic Regimes", Johns Hopkins, 1978). Ni el oportunismo ni los otros resabios de militarismo contribuyen a producir legitimidad, como tampoco colabora a ello la resistencia de las cúpulas partidarias a promover una reforma política amplia y democrática.

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