Panamá
Se encarnó por amor
- Mons. Rómulo Emiliani cmf
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La gran novedad del cristianismo, lo que sorprende, lo que asombra, lo que hace pensar a cualquier persona inteligente, es que nuestro Dios fue crucificado. Sí, crucificado como Dios hombre. En el judaísmo y en el islam, Dios permanece en el cielo, inmutable, intocable, con todo el poder y la gloria. Y en muchas otras religiones Dios está lejos e indiferente al drama humano. La encarnación fue un hecho real; la segunda persona de la Santísima Trinidad en un acto de amor infinito, para identificarse totalmente con la humanidad creada, se hace hombre, con todas las características físicas, mentales, espirituales, emocionales de un ser humano.
Lo único es que nunca pecó. Pero sentía como un ser humano: miedos, alegrías, ilusiones, dolor, esfuerzo para superarse, aprendizaje normal, hambre, sueño, tristeza. Se le enseñó de pequeño a hablar, a rezar, caminar, aprender a leer; iba a la sinagoga, escuchaba las enseñanzas de los rabinos: trabajaba con su papá adoptivo en su taller de carpintería; en ocasiones, y quizá bastantes, iba a a la plaza pública con San José a buscar un trabajo temporal de dos o tres días, y a veces más días para sembrar, cosechar en las fincas de las personas pudientes. Vivió entre la gente, y hasta los treinta años nunca hizo nada que llamara la atención y lo hiciera diferente a los demás, pero siempre estaba consciente de que dentro de sí habitaba el mismo Dios y más aún que era Dios. Esa consciencia de quien era él, era tan natural como la que sientes tú de que eres humano. Así naciste, así eres. No tienes que hacer ningún esfuerzo para saber quién eres. Ni te estás repitiendo que eres humano. Jesús vivía con ese misterio y lo asumía sin ningún esfuerzo ni asombro. Era connatural a su ser.
Pues como te decía, nuestro Dios hecho hombre fue crucificado y asesinado y bajó tres días al lugar de los infiernos, al reino de la total impotencia, al lugar de los muertos, donde se esperaba por misericordia divina una resurrección. Nadie que quisiera fundar una religión se inventaría un Dios así. Ningún iniciador de misterios divinos, ningún seudo profeta en ninguna parte del mundo nos hablaría de un Dios hombre crucificado, abandonado, traicionado, fracasado humanamente, para fundar una religión con seguidores. Nadie lo seguiría. Todos queremos un Dios que esté por encima de todo, que sea poderoso y nos garantice riquezas, salud, larga vida. Por eso nuestra religión es verdadera. Dios nos amó tanto, pero tanto, que envió a su hijo para hacerse hombre, dar la vida por nosotros, pagar el precio del rescate por nuestra salvación y recapitulando todo Cristo, llevarnos al cielo.

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