Si no cree en Dios, El sí en usted
Publicado 2004/04/08 23:00:00
- Silvio Guerra Morales
Todos los hombres, los buenos, los malos y los que están el término medio, tenemos una mínima noción de Dios. El naturalismo teológico postula, en ese orden de ideas, que la noción de Dios es innata al hombre. La historia pone de manifiesto que tras el origen lógico del Estado, que según Aristóteles nace con el hombre que con una mujer forma la familia y que la reunión de muchas familias forman pueblos y la unión de muchos pueblos forman el Estado, también surgió la connotación teológica de la política entendida como claro ejercicio del poder político.
El mismo Apóstol Pablo advierte que las cosas que nos son desconocidas respecto a Dios, nos son manifiestas por medio de la creación. La naturaleza de las cosas y el orden natural como escenario en el que convivimos muestran la grandeza y la existencia de ese ser Supremo que es Dios.
En Filosofía se confronta la relación Dios y Hombre. Del ente Dios se expresa que es un ser de máxima extensión y de mínima comprensión. Del ente "hombre" se sostiene un concepto invertido: ser de máxima comprensión y de mínima extensión. Desde esta perspectiva resulta que se nos presenta a Dios como un ser incomprendido y al hombre como un ser comprendido. ¿Será realmente así? Nos parece que en la purita realidad de las cosas así, efectivamente, acontece: Dios dispone de la incomprensión y no aceptación de cientos de millones de personas. ¿Por qué razón? Porque el mensaje de Cristo, el que nos brinda en todo su peregrinaje sobre la Tierra, el vía crucis y la crucifixión, luego la resurrección que denota el triunfo de Dios sobre Satanás y que acredita que Cristo tiene toda la autoridad o potestad para acabar con la semilla del mal y reivindicar al hombre del pecado, es un mensaje que describe y delata la miseria de nuestra propia condición pecaminosa.
Y como a nadie pareciera gustarle que le digan la verdad, nos incomoda que nos expresen, en nuestras caras, que Dios no patrocina la lujuria, la avaricia, la codicia, la infidelidad conyugal, la envidia, los celos, la traición, la inmoralidad, las bajas pasiones, la ira, etc. Pero, no hemos comprendido el mensaje de Dios. El, que nos habla a través de la Palabra Santa, las Sagradas Escrituras, dio a su único hijo para que todo aquel que en El cree no se pierda más, tenga la vida eterna y la salvación. ¿Salvación de qué? Sencillamente hay que responder: viene un fin.
Hay un cielo y un infierno. De eso no se tenga duda. Lo que conocemos y lo que tenemos no es eterno. Todas las cosas ardiendo serán desechas dice el Apóstol Pablo. Tendremos que comparecer ante el Gran Tribunal de Cristo a rendir cuentas claras. Las pruebas de nuestras acciones estarán allí exhibidas como quien comparece ante un Juzgado y le son puestas las pruebas del delito en una mesa contigua. Y las lágrimas de los santos serán enjugadas por el propio Señor.
Estamos en deuda con Dios. Sabiamente alguien dijo que le debemos a Dios la vida y El no nos la está cobrando. Pero queremos ir más allá y advertir que no se trata de una relación entre acreedor y deudor. Que la relación que Dios quiere mantener y preservar con cada hombre, sin distinguir su abolengo social, su estirpe o condición económica, su color de piel, etc.; es una relación dotada de la dosis del amor. Amor es la palabra clave para distinguir al Buen Dios: su único hijo, Jesucristo, murió por nuestros pecados. Es en Jesús en quien el alma sufrida, abatida, encuentra el rescoldo para suprimir las penas y los padecimientos de esta vida.
No hay alma por muy millonaria que sea que pueda decir que no necesita de Dios ni tan empobrecida como para expresar que Dios nada puede hacer por ella. He allí al Dios del Amor: celebrando con sus santos ángeles en el cielo cuando un pecador se arrepiente. He allí al Dios Trino que viendo a su propio hijo ser escarnecido, humillado hasta lo sumo, vilipendiado, pisoteado, escupido, cargando sobre su cuerpo la paga de todos nuestros pecados, contuvo su ira, frenó su todo poderío, no dio rienda suelta a su poder absoluto sobre todos y sobre todas la cosas, y así se consumó el plan de Dios: ahora todos tenemos un Redentor ante Dios Padre, a Jesucristo, varón de dolores y de quebranto. Satanás pensó que no era posible redimir al pecador. Que el plan de Dios no se consumaría. Pero Cristo luchó por nuestras almas, por redimirnos del pecado, de modo que si alguno está en Cristo, dice la Biblia, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas. Esa es la maravilla del Plan Divino: que en Jesús somos nuevas criaturas, renacemos para el Señor. Ya no más vilipendiar a la prostituta, pues en Cristo se convierte en una Santa; ya no tildar de ladrón al que tomó lo ajeno, pues Cristo borró sus pecados; ya no más medir al hombre por la magnitud de sus malas acciones, ahora en Cristo hay borrón y cuenta nueva.
En la Filosofía Griega un sabio, Protágoras, dijo: "El hombre es la medida de todas las cosas", es lo que se conoce como la concepción métrica del hombre; pero, con la aparición de Cristo en la historia de la humanidad, ahora la estatura del varón perfecto que debemos alcanzar está dada por el mismo Hijo de Dios: Jesucristo.
Que la Semana Santa nos haga reflexionar y adoremos a Jesús con mayor devoción y fe. Dios siga bendiciendo al pueblo panameño y sus autoridades. Oremos a Dios, más que nunca, en estos días santos, por la Patria nueva que queremos. Si Usted no cree en Dios, sepa que Dios sí cree en usted.
El mismo Apóstol Pablo advierte que las cosas que nos son desconocidas respecto a Dios, nos son manifiestas por medio de la creación. La naturaleza de las cosas y el orden natural como escenario en el que convivimos muestran la grandeza y la existencia de ese ser Supremo que es Dios.
En Filosofía se confronta la relación Dios y Hombre. Del ente Dios se expresa que es un ser de máxima extensión y de mínima comprensión. Del ente "hombre" se sostiene un concepto invertido: ser de máxima comprensión y de mínima extensión. Desde esta perspectiva resulta que se nos presenta a Dios como un ser incomprendido y al hombre como un ser comprendido. ¿Será realmente así? Nos parece que en la purita realidad de las cosas así, efectivamente, acontece: Dios dispone de la incomprensión y no aceptación de cientos de millones de personas. ¿Por qué razón? Porque el mensaje de Cristo, el que nos brinda en todo su peregrinaje sobre la Tierra, el vía crucis y la crucifixión, luego la resurrección que denota el triunfo de Dios sobre Satanás y que acredita que Cristo tiene toda la autoridad o potestad para acabar con la semilla del mal y reivindicar al hombre del pecado, es un mensaje que describe y delata la miseria de nuestra propia condición pecaminosa.
Y como a nadie pareciera gustarle que le digan la verdad, nos incomoda que nos expresen, en nuestras caras, que Dios no patrocina la lujuria, la avaricia, la codicia, la infidelidad conyugal, la envidia, los celos, la traición, la inmoralidad, las bajas pasiones, la ira, etc. Pero, no hemos comprendido el mensaje de Dios. El, que nos habla a través de la Palabra Santa, las Sagradas Escrituras, dio a su único hijo para que todo aquel que en El cree no se pierda más, tenga la vida eterna y la salvación. ¿Salvación de qué? Sencillamente hay que responder: viene un fin.
Hay un cielo y un infierno. De eso no se tenga duda. Lo que conocemos y lo que tenemos no es eterno. Todas las cosas ardiendo serán desechas dice el Apóstol Pablo. Tendremos que comparecer ante el Gran Tribunal de Cristo a rendir cuentas claras. Las pruebas de nuestras acciones estarán allí exhibidas como quien comparece ante un Juzgado y le son puestas las pruebas del delito en una mesa contigua. Y las lágrimas de los santos serán enjugadas por el propio Señor.
Estamos en deuda con Dios. Sabiamente alguien dijo que le debemos a Dios la vida y El no nos la está cobrando. Pero queremos ir más allá y advertir que no se trata de una relación entre acreedor y deudor. Que la relación que Dios quiere mantener y preservar con cada hombre, sin distinguir su abolengo social, su estirpe o condición económica, su color de piel, etc.; es una relación dotada de la dosis del amor. Amor es la palabra clave para distinguir al Buen Dios: su único hijo, Jesucristo, murió por nuestros pecados. Es en Jesús en quien el alma sufrida, abatida, encuentra el rescoldo para suprimir las penas y los padecimientos de esta vida.
No hay alma por muy millonaria que sea que pueda decir que no necesita de Dios ni tan empobrecida como para expresar que Dios nada puede hacer por ella. He allí al Dios del Amor: celebrando con sus santos ángeles en el cielo cuando un pecador se arrepiente. He allí al Dios Trino que viendo a su propio hijo ser escarnecido, humillado hasta lo sumo, vilipendiado, pisoteado, escupido, cargando sobre su cuerpo la paga de todos nuestros pecados, contuvo su ira, frenó su todo poderío, no dio rienda suelta a su poder absoluto sobre todos y sobre todas la cosas, y así se consumó el plan de Dios: ahora todos tenemos un Redentor ante Dios Padre, a Jesucristo, varón de dolores y de quebranto. Satanás pensó que no era posible redimir al pecador. Que el plan de Dios no se consumaría. Pero Cristo luchó por nuestras almas, por redimirnos del pecado, de modo que si alguno está en Cristo, dice la Biblia, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas. Esa es la maravilla del Plan Divino: que en Jesús somos nuevas criaturas, renacemos para el Señor. Ya no más vilipendiar a la prostituta, pues en Cristo se convierte en una Santa; ya no tildar de ladrón al que tomó lo ajeno, pues Cristo borró sus pecados; ya no más medir al hombre por la magnitud de sus malas acciones, ahora en Cristo hay borrón y cuenta nueva.
En la Filosofía Griega un sabio, Protágoras, dijo: "El hombre es la medida de todas las cosas", es lo que se conoce como la concepción métrica del hombre; pero, con la aparición de Cristo en la historia de la humanidad, ahora la estatura del varón perfecto que debemos alcanzar está dada por el mismo Hijo de Dios: Jesucristo.
Que la Semana Santa nos haga reflexionar y adoremos a Jesús con mayor devoción y fe. Dios siga bendiciendo al pueblo panameño y sus autoridades. Oremos a Dios, más que nunca, en estos días santos, por la Patria nueva que queremos. Si Usted no cree en Dios, sepa que Dios sí cree en usted.

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