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Sobre la inmediatez de las protestas modernas

En los enclaves coloniales, se dominaba simplemente; la opinión de las poblaciones conquistadas poco o nada importaba, porque era la fuerza bruta.

Arnulfo Arias Olivares | opinion@epasa.com | - Actualizado:

Sobre la inmediatez de las protestas modernas

En los enclaves coloniales, se dominaba simplemente; la opinión de las poblaciones conquistadas poco o nada importaba, porque era la fuerza bruta la que prevalecía.

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Por eso, se cambiaban las costumbres locales, se vedaban los consumos de alimentos autóctonos, se arrancaban de raíz las tradiciones, a fin de purgar de la memoria colectiva aquello que pudiera cohesionar las poblaciones conquistadas. Se creaban las necesidades artificiales, como una nueva forma de dominio.

Se les proveía de todo tipo de necesidades que no necesitaban: licores destilados donde se tomaba chicha; azúcar procesad, dónde usaban miel; religión compleja, para devastar los cultos "primitivos"; las medicinas de laboratorio, para desplazar remedios que eran tradicionales; el doctor a cambio del chamán. Poblaciones que habían cambiado poco, pero llevaban por milenios una vida plena, se veían ahora sometidas a las reglas de la civilización, impuestas por férreamente por los pueblos colonizadores.

Actos simples de la rebeldía comenzaban consumiendo, por ejemplo, aquellos platos tan tradicionales que ahora se vedaban; o vistiendo trajes tradicionales, en vez del saco y la corbata que eran parte de las nuevas etiquetas que se querían imponer, como una forma de control. Hoy el día, el brazo férreo de la colonización brutal es raro y no se emplea ya, salvo raras excepciones. Ahora, cada móvil celular tiene la capacidad de divulgar en tiempo real.

Recibimos más noticias por las redes, que por noticieros y, la verdad, hasta les creemos más, aún cuando pudieran ser menos fidedignas. A veces se prefiere creer lo que se quiere, y no lo que se debe. Vivimos, entonces, en un mundo de inmediatez en la actualización. Lo que se dice, tiene la capacidad de llegar a miles y a millones sin la diplomática virtud de la edición. Por eso, hasta los regímenes sangrientos se desangran pronto, por esa gran herida que la divulgación anónima espontánea les propina.

Esa realidad que vivimos, con todos sus defectos y virtudes, ha cambiado, entonces, hasta la forma de comunicarse con los pueblos por parte quienes ejercen el poder. La respuesta popular es hoy reactiva, y se pronuncia de inmediato por medio de sentencias electrónicas que manifiestan los dictados de escrutinio público hacia los gobernantes. Vale escucharlas, vale entenderlas; es la nueva forma de respuesta hacia los actos de poder, que se reciben con aplausos inmediatos o se repudian con la queja. La protesta en redes es tan válida y tan efectiva, a veces, como la presencial.

La una y la otra parecen ser orgánicas, simbióticas; como si las sociedades de hoy fueran como esos enjambres, cuyos miembros establecen comunicación por feromonas especiales, solo que nosotros lo hacemos ahora por los celulares, por los servidores, por el internet. La inmediatez de la protesta, que no espera el mecanismo húmedo de imprentas, ni las vibraciones temblorosas de la voz hertziana de la radio, ni los noticieros de pantallas que compiten por señales de satélites.

El mundo ha cambiado. La presión de las protestas ya no se confinan al país de los manifestantes, sino que a veces se convierten en las causas que son de alcance en extramuros de países, que se globalizan y se abrazan por otros ciudadanos, de otras naciones.

El tema minero ha despertado protestas de otra clase; protestas que son emporio y la creación de la generación moderna, en la que el liderazgo individual ya queda reducido a nada, y hasta se rechaza. Una unidad de sentimientos se dispersa ahora como fuego entre los unos y los otros, sin que nadie en realidad lo haya iniciado. De allí la dificultad que se confronta al tratar de conciliar con estas causas verdaderamente colectivas; porque se rechazan o se aceptan por completo las propuestas y los diálogos, sin que haya puntos medios y sin dirigentes que unifiquen lo que está disperso y sin un dueño.

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