Panamá
Sobre la inteligencia práctica
- Arnulfo Arias Olivares
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Admiro la inteligencia práctica, porque se remonta a los tiempos en los que no había otra forma de solucionar problemas inherentes a la vida. Tiempos en los que no había "coaching", ni psicólogos, ni barbitúricos, ni universidades; tiempos en los que el auxilio electrónico, del cual nos estamos haciendo dependientes, era absolutamente inconcebible para el hombre, y la enseñanza se basaba en el aprendizaje que es mecánico, repetitivo y útil.
Con la filosofía, llegó también la turbación por los problemas que ella misma había creado y que ahora prometía solucionar. Por supuesto que los grandes avances de la humanidad tienen sus ventajas, si consideramos, por ejemplo, que la expectativa de vida en la edad de piedra no superaba 33 años. Hoy la expectativa de vida duplica con creces esa edad; pero cabe preguntarse si verdaderamente vivimos más o si solo existimos de manera artificial y por más tiempo. La tecnología, la medicina moderna, el logro rápido sin el esfuerzo y la ilusión de las compensaciones inmediatas a nuestros deseos ha forjado un nuevo tipo de personalidad. Estudios recientes se debaten en el tema tecnológico y su posible efecto de aceleración sobre la evolución de nuestra especie. Tal vez, nos podemos asimilar de muchas formas con nuestros ancestros de la edad de piedra, pero solo físicamente. Una mascota del hogar seria más conocedora de la vida moderna que más sabio cavernícola rupestre. Hoy, nuestra mente se abre a la modernidad como una flor temprana desde la más tierna infancia. Nos habituamos de manera inconsciente e inmediata a la temperatura atemperada, a umbrales cortos de dolor, porque nos saturan de analgésicos, a la vida rápida, agitada y electrónica de los hogares comunes, a la comida refrigerada y a otras comodidades que, aunque pasan desapercibidas por nosotros, no nos han acompañado más de dos siglos a la fecha.
En fin, la inteligencia práctica, y su aplicación, han sido paulatinamente abandonados, a tal punto que hoy en día se le dificulta a muchos jóvenes, aunque parezca mentira, redactar alguna escasa línea sin recurrir a la ayuda de chatGPT, e incluso se les hace insoportable tener que descifrar respuestas a tareas simples del hogar si no recurren a la web. Se extingue poco a poco el aprendizaje tan tradicional de atar un nudo, porque ya vienen amarrados de la fábrica; o la capacidad de interpretar un texto, sin auxilio externo y electrónico.
¿Cuál será la consecuencia, a largo plazo, de este tipo de hábitos que anulan casi por completo ese proceso lógico de pensar en las tareas más simples de la vida? ¿Llegará acaso el día en que un botón reemplazará la voluntad y los criterios personales y hasta la personalidad del individuo? No lo sé, pero a menudo pienso en estas cosas, y miro con nostalgia al artesano que todavía resguarda los secretos del tejido del sombrero de palma, o el pescador, especie en extinción, que esmeradamente teje con sus propias manos las redes con las que también pesca, o el ama de casa que tiene habilidades para cocer las prendas rotas de sus hijos. Todo esto cosas del pasado ciertamente y, sin embargo, todas también fruto de experiencias delegadas por generaciones y muestras evidentes de la importancia y la vigencia de la inteligencia práctica en el hombre.

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