Un Jesús vivo
Publicado 2007/04/07 23:00:00
Nos equivocamos los cristianos que en cada Semana Santa conmemoramos la muerte y no la resurrección de Jesús, luego de su martirio de camino al Calvario. La doctrina nos enseña que resucitó al tercer día para reunirse con su Padre y que, incluso, visitó a algunos de sus discípulos, a Magdalena y a su madre.
Mel Gibson, en su versión de la historia, parece abrazar la tesis de las mortajas de Jesús que, quemadas por una especie de luz, crea un negativo fotográfico, reflejo de que, por inexplicable razón, el cuerpo que envolvía se volvió luz, despidiendo abundante radiación que marca hasta nuestros días la tela.
Y por más que el carbono 14 no avale en el tiempo la versión, hay pocas dudas de que lo que aparece en aquel tejido es una imagen tridimensional que emula al cuerpo de Jesús crucificado, de modo que ningún pincel o técnica pictórica de la época podía producir.
Hay otros que se estremecen ante el cáliz con la sangre de San Genaro que, pasado los siglos, se torna de negra coagulada a líquida y roja en los días de su santoral, al extremo de haber pasado exámenes que revelan una sangre viva. Y sin embargo, dudan que Jesús haya vencido a la muerte. Hace poco, una monja francesa aquejada del mal de Parkinson, un mal progresivo e incurable, caracterizado por la rigidez y el temblor incontrolable de todos los músculos del cuerpo, se curó de la noche a la mañana de manera inexplicable, luego de rezar por el Papa Juan Pablo II. Pero la debilidad de la fe de nuestros días no se cura ni con milagros, al punto que Santo Tomás habría seguido dudando si hoy hubiera metido su mano en la herida abierta en el cuerpo de Jesús.
De cualquier modo, quienes celebramos esta semana y todavía creemos, debemos recordar no tanto al Jesús fallecido como al Jesús vivo, resucitado. Por eso, más que lamentos y tristeza, debe prevalecer el regocijo esperanzador, del triunfo de la luz y la vida sobre la oscuridad y la muerte. Y lo mismo debe extenderse a nuestro diario vivir; pues Jesús sigue tan vivo como siempre.
Mel Gibson, en su versión de la historia, parece abrazar la tesis de las mortajas de Jesús que, quemadas por una especie de luz, crea un negativo fotográfico, reflejo de que, por inexplicable razón, el cuerpo que envolvía se volvió luz, despidiendo abundante radiación que marca hasta nuestros días la tela.
Y por más que el carbono 14 no avale en el tiempo la versión, hay pocas dudas de que lo que aparece en aquel tejido es una imagen tridimensional que emula al cuerpo de Jesús crucificado, de modo que ningún pincel o técnica pictórica de la época podía producir.
Hay otros que se estremecen ante el cáliz con la sangre de San Genaro que, pasado los siglos, se torna de negra coagulada a líquida y roja en los días de su santoral, al extremo de haber pasado exámenes que revelan una sangre viva. Y sin embargo, dudan que Jesús haya vencido a la muerte. Hace poco, una monja francesa aquejada del mal de Parkinson, un mal progresivo e incurable, caracterizado por la rigidez y el temblor incontrolable de todos los músculos del cuerpo, se curó de la noche a la mañana de manera inexplicable, luego de rezar por el Papa Juan Pablo II. Pero la debilidad de la fe de nuestros días no se cura ni con milagros, al punto que Santo Tomás habría seguido dudando si hoy hubiera metido su mano en la herida abierta en el cuerpo de Jesús.
De cualquier modo, quienes celebramos esta semana y todavía creemos, debemos recordar no tanto al Jesús fallecido como al Jesús vivo, resucitado. Por eso, más que lamentos y tristeza, debe prevalecer el regocijo esperanzador, del triunfo de la luz y la vida sobre la oscuridad y la muerte. Y lo mismo debe extenderse a nuestro diario vivir; pues Jesús sigue tan vivo como siempre.

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