Un Panamá que necesita de Dios
Publicado 2007/04/05 23:00:00
Que rememoremos los días de la crucifixión, de la pasión ínsita en la muerte y resurrección de Cristo, es algo que nos llena de espiritualidad singular.
Confieso mi fe. He caminado por la vida siempre confiando en Dios. En ese Dios trino: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Nada ha acontecido en mi vida sin entender que Dios tiene el control de todo. Cuando niño, aún en la inocencia cándida de esos años, podía entender la grandeza de Dios y cobijarme, tras las amenazas del castigo por parte de mis padres, en razón de alguna travesura propia de la edad, en el "Dios mío, ayúdame".
Recuerdo también que sobre la pequeña mesa que servía de comedor en la casa, mi madre hacía reposar una Biblia que permanecía abierta en el Salmo 91 y cuando no, en el Salmo 23. Podía cerrar la Biblia y sin ser adivino decir cuál era la página que tenía uno u otro salmo, pues la luz del sol y el transcurso del tiempo las habían tornado de blancas a un color amarillento que casi rayaba con el sucio. Nuestra abuela Felipa tenía su propia Biblia. Todas las mañanas, luego de su aseo personal, antes de tomar el desayuno, recurría a la vieja mecedora y balanceándose en ella leía parsimoniosamente cada línea de algún pasaje bíblico y de modo intermitente solía entonar alabanzas al Creador: "Este es el día que ha hecho el Señor...Día de alegría, día de alegría y de gozo".
Recuerdo que para Semana Santa sintonizábamos Radio Mía y se escuchaba de la viva voz de Ramón "Monchi" Pereira las lecturas, sin cesar, sin dar paso al agotamiento, de cada uno de los evangelios del Nuevo Testamento. La Palabra de Dios corría y había temor reverencial para las cuestiones relativas a Dios, a Cristo y al Espíritu Santo. A nadie se le ocurría decir una palabra fea, obscena, vulgar. Todo para la Semana Santa era silencio y recogimiento, reflexión y compostura. Acontecía algo, muy peculiar, y que aún se sigue dando. Para la Semana Santa siempre los días mismos se ponen tristes, grises, como que ellos siguen anunciando con gritos del silencio, voces que emergen de la propia naturaleza, la muerte y resurrección de Jesús. Los mismos días son testigos de aquel gran acontecimiento que ha marcado por siempre a la humanidad. Hay un no se qué en el ambiente que nos habla y redarguye.
Creo en Jesús. Pasarían los años para darme cuenta que no podía vivir divorciado de la fe cristiana. Que sin Dios, realmente, nada somos en este duro peregrinar y que tampoco nada podemos hacer. No hay sentido de vida ni fin en las acciones lejos del Señor.
Es en la adolescencia en donde más se sufre y la etapa en la que los traumas afloran por doquier. Por ello, bien llamamos a nuestros muchachos "adolescentes", porque "adolecen", sufren, tienen dolores, en el cuerpo, en el alma y en el espíritu. Por ello, sin duda, razón también tiene quien dijo: "Juventud divino tesoro". Ingresé a una Facultad de Derecho, previo pedido a Dios, que me iluminara en el estudio y aprendizaje de esa profesión. Encomendé, como dice la Palabra, a Dios mis caminos. Hecho abogado, pude ver la mano de Dios moviéndose en mi vida. He cometido errores, he evidenciado flaquezas, he tenido innumerables éxitos personales y profesionales, pero también he podido entender lo que dice la Biblia: "Bástate mi gracia porque mi poder se perfecciona en tu debilidad". Me ha enseñado Dios a pedir perdón allí en donde he sembrado, en el alma de mi prójimo, la nefasta ofensa; me ha enseñado Dios a dar gracias allí en donde la bondad del Creador se ha manifestado en cada instante de mi vida y a través de nobles semejantes; he aprendido, de Jesús, a valorar cada segundo de alegría entendiendo que cuando llega el dolor también hay que saber dar gracias a Dios. Me ha enseñado Dios que debo amar a mis enemigos, los manifiestos y los ocultos. He aprendido de las enseñanzas de Jesús que debo luchar por la Justicia y no dejarme atrapar por el silencio que nos convierte en cómplices ante las injusticias que contemplen nuestros ojos. Me ha enseñado Dios que debo estar al lado de los pobres y que por encima de todo tesoro hay uno invaluable, que no tiene costo ni precio, porque su estima está por encima de toda riqueza mundanal: la dignidad humana.
He aprendido que todos los seres humanos merecen ser tratados dignamente. Me ha enseñado el Creador que no debo odiar ni menospreciar a nadie. Quiere Dios que yo sea bueno, que mis hijos e hijas lo sean igualmente. Me ha enseñado el Creador que Jesús no es un cuento ni una fábula que se relata cada cierto tiempo. He aprendido de Dios que no existe una Semana Santa sino un Santo y Señor de todas las semanas y de todos los tiempos: Jesús. Que exista una semana importante que llamamos "santa", de ello no hay duda alguna.
Crecí en un mundo en donde el respeto a nuestros padres y maestros, era cuestión de regla a obedecer: o sí o sí; en un mundo en donde se estimaba al semejante. El loco era mirado con misericordia y el hombre lleno de amarguras era visto con piedad y templanza. No olvido a aquel loco que en la pedregosa calle del pueblo de Manaca Civil, a mediados de los 60, todos los días salía de su casa, desde muy tempranas horas, arrastrando las latas que en el curso de los años había logrado amarrar a un largo y viejo cordel. Algunos traviesos les lanzaban piedras, otros lo contemplábamos con tristeza.
Crecimos creyendo que existe la misericordia y el perdón. Pero, sobre todo, creyendo que el hombre se agiganta, se engrandece cuando confía más en Dios que en los hombres. "Maldito el hombre que confía en el hombre" dice la Biblia. No es que Dios quiere que desconfiemos de nuestros semejantes. No es esa la idea. Quiere Dios que sea Él nuestro Alfa y Omega, el principio y el fin, nuestra salida y nuestra entrada encomendadas siempre a Él. Todo alrededor de El.
Debemos confiar más en Dios que en los hombres. Los hombres decepcionan, frustran, Dios no falla. El hombre suele mentir, Dios no miente. Ergo, yo no quisiera que los malos políticos hicieran compañía a los que no pueden casi entrar al reino de los cielos y que en ese afán se los ganara el camello que bien podría penetrar por el ojo de una aguja. ¡A confiar más en Dios que en los hombres y entre éstos a confiar más en aquellos que vienen de parte de Dios! Panameños: ¡A creer más!
Recuerdo también que sobre la pequeña mesa que servía de comedor en la casa, mi madre hacía reposar una Biblia que permanecía abierta en el Salmo 91 y cuando no, en el Salmo 23. Podía cerrar la Biblia y sin ser adivino decir cuál era la página que tenía uno u otro salmo, pues la luz del sol y el transcurso del tiempo las habían tornado de blancas a un color amarillento que casi rayaba con el sucio. Nuestra abuela Felipa tenía su propia Biblia. Todas las mañanas, luego de su aseo personal, antes de tomar el desayuno, recurría a la vieja mecedora y balanceándose en ella leía parsimoniosamente cada línea de algún pasaje bíblico y de modo intermitente solía entonar alabanzas al Creador: "Este es el día que ha hecho el Señor...Día de alegría, día de alegría y de gozo".
Recuerdo que para Semana Santa sintonizábamos Radio Mía y se escuchaba de la viva voz de Ramón "Monchi" Pereira las lecturas, sin cesar, sin dar paso al agotamiento, de cada uno de los evangelios del Nuevo Testamento. La Palabra de Dios corría y había temor reverencial para las cuestiones relativas a Dios, a Cristo y al Espíritu Santo. A nadie se le ocurría decir una palabra fea, obscena, vulgar. Todo para la Semana Santa era silencio y recogimiento, reflexión y compostura. Acontecía algo, muy peculiar, y que aún se sigue dando. Para la Semana Santa siempre los días mismos se ponen tristes, grises, como que ellos siguen anunciando con gritos del silencio, voces que emergen de la propia naturaleza, la muerte y resurrección de Jesús. Los mismos días son testigos de aquel gran acontecimiento que ha marcado por siempre a la humanidad. Hay un no se qué en el ambiente que nos habla y redarguye.
Creo en Jesús. Pasarían los años para darme cuenta que no podía vivir divorciado de la fe cristiana. Que sin Dios, realmente, nada somos en este duro peregrinar y que tampoco nada podemos hacer. No hay sentido de vida ni fin en las acciones lejos del Señor.
Es en la adolescencia en donde más se sufre y la etapa en la que los traumas afloran por doquier. Por ello, bien llamamos a nuestros muchachos "adolescentes", porque "adolecen", sufren, tienen dolores, en el cuerpo, en el alma y en el espíritu. Por ello, sin duda, razón también tiene quien dijo: "Juventud divino tesoro". Ingresé a una Facultad de Derecho, previo pedido a Dios, que me iluminara en el estudio y aprendizaje de esa profesión. Encomendé, como dice la Palabra, a Dios mis caminos. Hecho abogado, pude ver la mano de Dios moviéndose en mi vida. He cometido errores, he evidenciado flaquezas, he tenido innumerables éxitos personales y profesionales, pero también he podido entender lo que dice la Biblia: "Bástate mi gracia porque mi poder se perfecciona en tu debilidad". Me ha enseñado Dios a pedir perdón allí en donde he sembrado, en el alma de mi prójimo, la nefasta ofensa; me ha enseñado Dios a dar gracias allí en donde la bondad del Creador se ha manifestado en cada instante de mi vida y a través de nobles semejantes; he aprendido, de Jesús, a valorar cada segundo de alegría entendiendo que cuando llega el dolor también hay que saber dar gracias a Dios. Me ha enseñado Dios que debo amar a mis enemigos, los manifiestos y los ocultos. He aprendido de las enseñanzas de Jesús que debo luchar por la Justicia y no dejarme atrapar por el silencio que nos convierte en cómplices ante las injusticias que contemplen nuestros ojos. Me ha enseñado Dios que debo estar al lado de los pobres y que por encima de todo tesoro hay uno invaluable, que no tiene costo ni precio, porque su estima está por encima de toda riqueza mundanal: la dignidad humana.
He aprendido que todos los seres humanos merecen ser tratados dignamente. Me ha enseñado el Creador que no debo odiar ni menospreciar a nadie. Quiere Dios que yo sea bueno, que mis hijos e hijas lo sean igualmente. Me ha enseñado el Creador que Jesús no es un cuento ni una fábula que se relata cada cierto tiempo. He aprendido de Dios que no existe una Semana Santa sino un Santo y Señor de todas las semanas y de todos los tiempos: Jesús. Que exista una semana importante que llamamos "santa", de ello no hay duda alguna.
Crecí en un mundo en donde el respeto a nuestros padres y maestros, era cuestión de regla a obedecer: o sí o sí; en un mundo en donde se estimaba al semejante. El loco era mirado con misericordia y el hombre lleno de amarguras era visto con piedad y templanza. No olvido a aquel loco que en la pedregosa calle del pueblo de Manaca Civil, a mediados de los 60, todos los días salía de su casa, desde muy tempranas horas, arrastrando las latas que en el curso de los años había logrado amarrar a un largo y viejo cordel. Algunos traviesos les lanzaban piedras, otros lo contemplábamos con tristeza.
Crecimos creyendo que existe la misericordia y el perdón. Pero, sobre todo, creyendo que el hombre se agiganta, se engrandece cuando confía más en Dios que en los hombres. "Maldito el hombre que confía en el hombre" dice la Biblia. No es que Dios quiere que desconfiemos de nuestros semejantes. No es esa la idea. Quiere Dios que sea Él nuestro Alfa y Omega, el principio y el fin, nuestra salida y nuestra entrada encomendadas siempre a Él. Todo alrededor de El.
Debemos confiar más en Dios que en los hombres. Los hombres decepcionan, frustran, Dios no falla. El hombre suele mentir, Dios no miente. Ergo, yo no quisiera que los malos políticos hicieran compañía a los que no pueden casi entrar al reino de los cielos y que en ese afán se los ganara el camello que bien podría penetrar por el ojo de una aguja. ¡A confiar más en Dios que en los hombres y entre éstos a confiar más en aquellos que vienen de parte de Dios! Panameños: ¡A creer más!

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