Verdadera pasión nacional
Publicado 2007/04/10 23:00:00
- César Quintero Sánchez
El período de luna de miel de un mandatario electo por parte de la oposición, los medios de comunicación y la sociedad civil, no va más allá de 365 días.
HACE UNOS DÍAS, mientras departíamos con unos amigos, entre doble senas ahorcadas y boxeadores golpeándose a matar, a alguien se le ocurrió preguntar cuál, a criterio de la mesa, era la verdadera pasión nacional. Es decir, algo por lo que los panameños se desviven y es parte de su diario acontecer.
Yo no tengo duda de que el verdadero deporte y pasión que une a todos los panameños sin distingos de raza, edad, credo religioso, partido político, nivel de escolaridad o status socio-económico, es su obsesión por participar en elecciones o competencias en donde se evalúa el grado de simpatía o aceptación social que se posee o, visto desde otro ángulo, cómo encontrar o mejorar su calidad de vida, sin tener que esforzarse mucho, como lo demandaría el estudio y el trabajo honesto. De lo contrario, no se explica cómo es que más de la mitad los ciudadanos con derecho al voto pertenece a algún partido político, cuando lo que se espera del comportamiento político de la población en un país normal es que el 10% sea militante partidario, 20% sea simpatizante de una tendencia política y el 70% indiferente. Acá los porcentajes son idénticos, pero al revés.
Además, existe un doble fenómeno que llama la atención y que sucede cada cinco años al completarse el conteo electoral y conocerse el resultado final. Por un lado, se da una gran cantidad de saltos de barcos o en este caso de yates electorales, en donde los "cocotudos" que quedaron sin puestos por elección, se mudan de sus toldas partidarias para conseguir entonces, siempre por el bien de la Patria, algunos puestos en el alto engranaje gubernamental, pero ahora por designación. Por otro, algunos candidatos perdedores, sin dar tiempo ni a que los ganadores celebren el triunfo, prometen y en efecto empiezan a recorrer el país, recordándome la imagen del atleta que sigue corriendo en la cancha a pesar de que la carrera terminó hace rato y que la lógica será esperar a que se aproximen las Olimpíadas.
En este maravilloso país se ha demostrado que el período de luna de miel que recibe todo mandatario electo por parte de la oposición, los medios de comunicación y la sociedad civil, no va más allá de 365 días. A partir de esa fecha se pasa por el microscopio cada una de las ofertas electorales que se hicieron, incluyendo la ortografía para verificar cada palabra prometida.
La nación está acostumbrada a que a menos de la mitad del período que le corresponde gobernar a los electos, empieza la campaña a lo interno y a lo externo de los partidos políticos. Esto, sin duda, desestabiliza y altera el ejercicio del poder en los tres órganos del Estado, porque el funcionario debe transitar sin ser lesionado, entre las exigencias de militancia de los potenciales candidatos y las posibles consecuencias laborales y económicas de su decisión, las cuales serán directamente proporcional a qué tan lejos o cerca se encuentra del poder real actual, la figura propuesta.
Desgraciadamente -y aquí hablo en carne propia de lo que históricamente sucede en el PRD-, la disidencia interna jamás se perdona y los opositores a los candidatos en las primarias, si éstos resultaran electos, más les vale no haber nacido, pues serán condenados al ostracismo por cinco años y tratados peor que si hubiese ganado la oposición real. Esta es la cruda realidad, lo demás es maquillaje o falta de memoria.
Otra de las cosas a las que estamos ya habituados es a escuchar de boca de los precandidatos intra o extra partidarios, la reflexión apasionada de qué medidas debería el gobierno de turno tomar, para solucionar tal y cual problema. Lo extraordinario del hecho es de que quien lo expresa, en la mayoría de los casos, es una de estas tres cosas: es responsable de los efectos adversos que ahora señala, no hizo absolutamente nada cuando tuvo la oportunidad de decidir en el pasado inmediato y por último, estoy convencido, que lo que expresa, lo hace de los dientes para fuera, porque la realidad es qué hará tan pronto llegue al poder, todo lo contrario de lo que ahora promete.
Panamá está viviendo un excelente momento en dirección a alcanzar un amplio y sostenido crecimiento económico, basado en los sectores turístico, marítimo, construcción e inmobiliario, ahora que parece que los extranjeros han decidido que somos algo así como el paraíso terrenal. El problema es cómo manejamos la indispensable distribución de toda esa riqueza que se está generando, para que alcance a la mayor cantidad de ciudadanos y no se siga concentrando en algunas familias panameñas y corporaciones globalizadas.
Por eso nos preocupa que se sigan creando partidos, realizando fusiones electoreras y que los principales cuerpos electorales no prioricen el desarrollo de verdaderas propuestas ideológicas y programáticas, cosa que las decisiones al momento de votar no se basen en las apariencias y conveniencias personales, sino en la de cuál es la propuesta que más beneficia a la nación panameña en su conjunto.
Leía que en el idioma chino, el ideograma que representa a las palabras crisis y oportunidad es el mismo. Quizás hasta los chinos ya saben que en nuestro país las crisis que agobian al 40% de los que viven en la pobreza y miseria, representan la oportunidad del 10% que se cree dueño de Panamá y que, en la mayoría de los ciclos quinquenales, se alterna en la conducción del gobierno y la empresa privada.
Yo no tengo duda de que el verdadero deporte y pasión que une a todos los panameños sin distingos de raza, edad, credo religioso, partido político, nivel de escolaridad o status socio-económico, es su obsesión por participar en elecciones o competencias en donde se evalúa el grado de simpatía o aceptación social que se posee o, visto desde otro ángulo, cómo encontrar o mejorar su calidad de vida, sin tener que esforzarse mucho, como lo demandaría el estudio y el trabajo honesto. De lo contrario, no se explica cómo es que más de la mitad los ciudadanos con derecho al voto pertenece a algún partido político, cuando lo que se espera del comportamiento político de la población en un país normal es que el 10% sea militante partidario, 20% sea simpatizante de una tendencia política y el 70% indiferente. Acá los porcentajes son idénticos, pero al revés.
Además, existe un doble fenómeno que llama la atención y que sucede cada cinco años al completarse el conteo electoral y conocerse el resultado final. Por un lado, se da una gran cantidad de saltos de barcos o en este caso de yates electorales, en donde los "cocotudos" que quedaron sin puestos por elección, se mudan de sus toldas partidarias para conseguir entonces, siempre por el bien de la Patria, algunos puestos en el alto engranaje gubernamental, pero ahora por designación. Por otro, algunos candidatos perdedores, sin dar tiempo ni a que los ganadores celebren el triunfo, prometen y en efecto empiezan a recorrer el país, recordándome la imagen del atleta que sigue corriendo en la cancha a pesar de que la carrera terminó hace rato y que la lógica será esperar a que se aproximen las Olimpíadas.
En este maravilloso país se ha demostrado que el período de luna de miel que recibe todo mandatario electo por parte de la oposición, los medios de comunicación y la sociedad civil, no va más allá de 365 días. A partir de esa fecha se pasa por el microscopio cada una de las ofertas electorales que se hicieron, incluyendo la ortografía para verificar cada palabra prometida.
La nación está acostumbrada a que a menos de la mitad del período que le corresponde gobernar a los electos, empieza la campaña a lo interno y a lo externo de los partidos políticos. Esto, sin duda, desestabiliza y altera el ejercicio del poder en los tres órganos del Estado, porque el funcionario debe transitar sin ser lesionado, entre las exigencias de militancia de los potenciales candidatos y las posibles consecuencias laborales y económicas de su decisión, las cuales serán directamente proporcional a qué tan lejos o cerca se encuentra del poder real actual, la figura propuesta.
Desgraciadamente -y aquí hablo en carne propia de lo que históricamente sucede en el PRD-, la disidencia interna jamás se perdona y los opositores a los candidatos en las primarias, si éstos resultaran electos, más les vale no haber nacido, pues serán condenados al ostracismo por cinco años y tratados peor que si hubiese ganado la oposición real. Esta es la cruda realidad, lo demás es maquillaje o falta de memoria.
Otra de las cosas a las que estamos ya habituados es a escuchar de boca de los precandidatos intra o extra partidarios, la reflexión apasionada de qué medidas debería el gobierno de turno tomar, para solucionar tal y cual problema. Lo extraordinario del hecho es de que quien lo expresa, en la mayoría de los casos, es una de estas tres cosas: es responsable de los efectos adversos que ahora señala, no hizo absolutamente nada cuando tuvo la oportunidad de decidir en el pasado inmediato y por último, estoy convencido, que lo que expresa, lo hace de los dientes para fuera, porque la realidad es qué hará tan pronto llegue al poder, todo lo contrario de lo que ahora promete.
Panamá está viviendo un excelente momento en dirección a alcanzar un amplio y sostenido crecimiento económico, basado en los sectores turístico, marítimo, construcción e inmobiliario, ahora que parece que los extranjeros han decidido que somos algo así como el paraíso terrenal. El problema es cómo manejamos la indispensable distribución de toda esa riqueza que se está generando, para que alcance a la mayor cantidad de ciudadanos y no se siga concentrando en algunas familias panameñas y corporaciones globalizadas.
Por eso nos preocupa que se sigan creando partidos, realizando fusiones electoreras y que los principales cuerpos electorales no prioricen el desarrollo de verdaderas propuestas ideológicas y programáticas, cosa que las decisiones al momento de votar no se basen en las apariencias y conveniencias personales, sino en la de cuál es la propuesta que más beneficia a la nación panameña en su conjunto.
Leía que en el idioma chino, el ideograma que representa a las palabras crisis y oportunidad es el mismo. Quizás hasta los chinos ya saben que en nuestro país las crisis que agobian al 40% de los que viven en la pobreza y miseria, representan la oportunidad del 10% que se cree dueño de Panamá y que, en la mayoría de los ciclos quinquenales, se alterna en la conducción del gobierno y la empresa privada.

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