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Día D / Arroyo en la Academia

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Desde madrid

Arroyo en la Academia

Publicado 1969/12/31 19:00:00
  • Pedro Crenes Castro (Especial)

Yo que soy un viejo, estoy atrapado por el primer Arroyo: La Gayola (1966), Dedos (1970) y Dejando atrás al hombre de celofán (1971), metáfora brillante. Pero no reniego del último arroyo, el maduro, el que en Vida que olvida atrapa y conmueve, revisita el tema de la panameñidad con solvencia narrativa.

Yo que soy un viejo, estoy atrapado por el primer Arroyo: La Gayola (1966), Dedos (1970) y Dejando atrás al hombre de celofán (1971), metáfora brillante. Pero no reniego del último arroyo, el maduro, el que en Vida que olvida atrapa y conmueve, revisita el tema de la panameñidad con solvencia narrativa.

Perfil

  • Nombre: Justo Arroyo. (Colón, Panamá-1936).
  • Profesión: Escritor y educador. Profesor de la Universidad de Panamá. Posee una maestría y doctor en letras en la Universidad Nacional Autónoma de México. Profesor en diversas universidades y traductor de inglés y francés.
  • Cargos: Fue Embajador de Panamá en Colombia, Editor de la Revista Cultural Lotería 1996 a 1999
  • Distinciones: Su obra ha sido traducida al inglés, alemán y húngaro. Ganador varias veces del premio nacional de literatura Ricardo Miró. Doctorado Honoris Causa por la Universidad Simón Bolívar de Barranquilla. Declarado Escritor del año por la Cámara Panameña del Libro en 2000.

Llegué hasta su obra tarde. La vida te da sorpresas y cuando uno no conoce, no ama, no gusta, como decía Ortega y Gasset. Y cuando conocí, gusté, seguí y leí todo lo que pude. Las primeras obras de él, las leí cuando Emma Gómez me pidió que hiciera unas reseñas sobre dos de sus novelas. Los vericuetos de la vida me alejaron del proyecto, pero las obras fueron leídas y me sorprendieron.

La Academia Panameña de la Lengua, por fin, acierta. Se dota de uno de los escritores que mejor practica la novela: Justo Arroyo. Pocos como él en Panamá hacen que el género de verdad sea importante. No es un cuentista novelista, no es un novelista a medio tiempo, es un escritor que, conociendo su oficio, hace de la ficción, en géneros distintos, su patria, su lucha y su causa. La obra novelística de Arroyo, se sostiene por sí sola sin apellidos al género novela. Sin saber más de historia, sus textos brillan técnica y formalmente.

Dueño de un estilo personal, Arroyo no se queda quieto ni en temas, ni en técnica. Ha conseguido ir de lo urbano a lo rural pasando por novelas de iniciación, con temática istmeña pero siempre con vocación de universalizar lo que aquí pasa y se vive. No es este, como ocurre con otros novelistas, un cronista, un tejedor de hechos con más o menos fortuna lírica, este es un escritor al que lo único que arrastra es el oficio, es la novela en sí, es la verosimilitud y totalidad de lo que narra. No admite encasillamientos esta obra que merece ser destacada y prestigiada por los panameños (escritores y lectores) con su lectura.

Ahora, que coincide que el colonense ingresa en la Academia Panameña de la Lengua, es un buen momento para poner a circular sus textos y enseñar desde ellos como se construyen historias, cómo se novelar, cómo se estructuran grandes narraciones sin tener que llenar páginas y páginas.

Seguro que La Gayola, ese esquivo texto, esa cosa que ha escrito (Chuchú Martínez dixit), no es de los más vendidos, no, tampoco Vida que olvida u Otra luz. La buena literatura no se mide en ejemplares comprados, sino en lectores, en tiempo transcurrido y que se siga hablando de ella pasado este. Por eso, escritores pretendidos y envidiosos, confundidos de arte y de oficio, solo quieren hacerse las fotos, no aspiran a la excelencia literaria, quieren el Olimpo pero lo que escriben solo merece un tuit, sin mucha enjundia, para informar que se ha publicado. Par esos, el olvido está a la vuelta de la esquina, una esquina que está cerquita.

Es justo, que Justo Arroyo esté en la Academia. Felicidades. Pero faltan otros ilustres que ya deberían estar y muchos de lo que están no deberían pero ya sabemos que esto es como cuando mi tío, el gran Chico Heron escogía a los jugadores para la selección de beisbol. La última palabra la tenía él y el resto de los sabios de la pelota tenían que aguantarse hasta ver el acierto del director. Y mi tío acertó muchas veces. Acá igual, hay que esperar los aciertos. Este es uno de ellos.

Yo que soy un viejo, estoy atrapado por el primer Arroyo: La Gayola (1966), Dedos (1970) y Dejando atrás al hombre de celofán (1971), metáfora brillante. Pero no reniego del último arroyo, el maduro, el que en Vida que olvida atrapa y conmueve, revisita el tema de la panameñidad con solvencia narrativa.

Como dijimos, faltan otros y espero que no tarden mucho en ingresar. Justo Arroyo aportará otra luz a la docta casa, la resucitará como Lucio Dante y, seguro que, por sus dedos, todavía corren ficciones que seguirán dando que hablar, y leer, en Panamá.

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