Soliloquios
¡Ay mi mente vagabunda!
“Tendré que dejar de escribir si sigo escribiendo como Neco” ¿Habrá quien reniegue del abrazo sexual con o sin amor? ¿Tan rectas nuestras vidas que acusamos
“Tendré que dejar de escribir si sigo escribiendo como Neco”
¿Habrá quien reniegue del abrazo sexual con o sin amor? ¿Tan rectas nuestras vidas que acusamos al coito de inmoral y pecaminoso? ¿Te espanta la palabra orgasmo? ¿Qué maldad puede caber en el maravilloso orgasmo? Obedeciendo maliciosos mandatos hay quienes se ruborizan con sólo escuchar o leer palabras como “pene”, “vulva” y hasta “pezón”. He conocido personas del siglo veintiuno a quienes la mención del delicado pezón las hace sonrojar. El pezón, ese chupete natural capaz de consolar llantos y tristezas (de bebés y de hombres) y que sirve de maravilloso conducto por donde nos llega la energía primaria de la vida. «¡Oh, vulgaridad!», dicen los pudorosos. «¡Pezón, pezón!», repito a pleno pulmón. «Que los santos la protejan, señor, señora, de las terribles palabras: ¡vulva, pene, vagina, vagina, culo, culo!» Que alguien me explique por dónde nos dan a luz. Si forzaran a escoger una palabra para describir la puerta por la que uno sale (¿o entra?) a la vida, ¿cuál escogería usted? (¡lagarto, lagarto!). Eufemísticamente podríamos decir que la vulva es puerta de entrada a la vida y la vagina, es la salida a la vida. “¡Oh, Señor! Cómo abunda la gente que se avergüenza de nombrar lo que tú no te avergonzaste de crear” (palabras de Clemente de Alejandría, padre de la iglesia griega y filósofo cristiano, al que se catalogó como «el Platón iluminado por las Escrituras»). Pareciera que los moralistas (¿será mejor llamarlos “fundamentalistas”?) le ponen petardos a las palabras. Están a un triz de acusar al divino Hacedor: «¿Cómo se le ocurrió poner en nuestros castos cuerpos una vagina y un pene que se buscan y se corresponden con ansias? En vez de tan horribles protuberancias, agujeros y rajaduras, nuestros cuerpos debieron ser planos, con la posibilidad de procrearnos rozándonos las orejas o intercambiando bostezos y estornudos y parir por la boca». ¡Oh, eso sería la perfección!
¡Montaigne ayúdame! El Maestro lanza su caballería ligera: «Hemos enseñado a las damas a enrojecer con sólo oír nombrar aquello que en modo alguno temen hacer; no osamos llamar a nuestros miembros por sus nombres y sin embargo no tememos emplearlos para toda suerte de libertinaje. Prohíbenos la ceremonia expresar con palabras las cosas lícitas y naturales, y la obedecemos; prohíbenos la razón hacer las ilícitas y malas, y nadie la obedece».
¡Je, je, je!

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