De santos, dragones, rosas y libros
- Mónica Miguel Franco (Antropóloga y actriz)
El 23 de abril es el Día Mundial del Libro y los Derechos de Autor, para conmemorar que ese mismo día, pero del año 1616, (aunque según diferentes calendarios), murieron Cervantes y Shakespeare. El 23 de abril también nacieron, o murieron, escritores como Druon (1918), Laxness (1902) o Nabokov (1899). Aquí, en Panamá, esta fecha, como tantas otras importantes, ha pasado sin pena ni gloria, un par de columnas de opinión, otro par de referencias soslayadas de un par de locos en Twitter preguntando por algo que a la gran mayoría no le interesa, emperrados como estamos en las peleas de nuestro patio limoso. Pero como a mí, los dimes y diretes de la vecindad me traen cada vez más al pairo, y los libros, cada día que pasa me son más imprescindibles, pues paso de comentar unos y me dedico a los otros.
En Cataluña, el 23 de abril, fiesta de San Jorge, vencedor del dragón, se regala un libro y una flor, reminiscencia sin duda del amor cortés que en esa zona tuvo gran influencia por la cercanía del país de Oc. O quizás un recuerdo de otra fiesta, mucho más antigua y mucho más divertida, ya que las cortesanas de Roma celebraban su fiesta el día 23 de abril, día consagrado a Venus Ericina (que en esta admonición personifica el amor «impuro» y era la diosa patrona de las prostitutas) y se mostraban adornadas de rosas y mirtos.
El libro vino por añadidura, cuando, en la época del amor cortés, las mujeres estaban casadas, pero tenían su enamorado, y no siempre coincidían ambos en la misma persona. De manera que ambos presentes eran cuidadosamente escogidos: un libro donde el ser amado pudiera leer a solas y en silencio lo que quizás tú no tenías el valor de decirle a la cara. Una rosa como expresión máxima de la belleza y de la futilidad de la vida. Tantos simbolismos y significados en dos objetos tan simples. Obviamente esto se pierde hoy en día, en una época tan pedestre como la que nos ha tocado vivir, hoy, el amor cortés no se sublima en literatura, se soluciona en un hotel de ocasión. Y una rosa vale lo mismo para un roto que para un descosido, se compran por un dólar en los semáforos y a lo único que huelen es a contaminación. ¿Quién hoy en día ha leído las desgracias de Lucio, convertido en burro por su curiosidad y al que la Diosa vuelve a su forma humana al comer precisamente una corona de rosas? La rosa y el libro se imbrican profundamente en nuestra cultura y nos muestran la belleza y la sabiduría. Precisamente las dos cosas que nos hacen humanos.
Intento fútil hoy en día, cuando la gente se conforma con libros de autoayuda fáciles de digerir (obviamente el camino de sabiduría que nos muestra Apuleyo es demasiado complicado). Fáciles de leer, básicos, como la mayor parte de lo que nos ofrece la época en la que vivimos, comida rápida, música de usar y tirar, dobles sentidos tan simples que estomagan, libros con palabras facilitas para no asustar a los que husmean en ellos… Así nos va, una civilización de lerdos que vomitan cuando lo que ingieren es demasiado pesado para sus estómagos acostumbrados a los resúmenes ejecutivos y a los ciento cuarenta caracteres. Y seguimos poniendo excusas para no leer, mientras nuestras neuronas mueren y la ignorancia campa por sus respetos.
(Algo va mal con nuestra sociedad cuando nueve de cada diez lectores de esta columna no saben quien es Apuleyo)

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