Día del Escritor
- Ariel Barría Alvarado
Culmina la Semana Mayor y mañana hemos de conmemorar el Día del Escritor panameño, fecha alusiva al natalicio del insigne Rogelio Sinán. Con un abrazo fraternal a los hombres y mujeres que enfocan su talento en la literatura, recojo en esta columna un extracto de las palabras públicas con las que, en 2007, contextualicé la figura de Sinán en el marco de este homenaje.
Un 25 de abril de 1902 vino al mundo, en Taboga, Bernardo Domínguez Alba, a quien las letras y la posteridad habrían de bautizar como Rogelio Sinán. Esta misma fecha fue escogida para conmemorar el día de los escritores panameños, según la Ley 14 del 7 de febrero de 2001, surgida de una propuesta que en su momento realizara la Universidad Tecnológica de Panamá y su entonces director de difusión cultural, Enrique Jaramillo Levi.
Quienes nos dedicamos a cultivar las letras aceptamos que Sinán nos representa, y no solo por lo que significó como precursor de la corriente vanguardista en el Istmo, sino también por el marcado éxito que tuvo al irrumpir en todos los campos de la palabra escrita.
Una vez escuché una anécdota sobre el teólogo, filántropo, escritor y médico alemán Albert Schweitzer, premio Nobel de la Paz 1952. A su arribo, en abril de 1913, al África Ecuatorial, aprensivos tambores nativos dispersaron la nueva diciendo: “Llega un brujo blanco”. Pero al morir, 52 años después, esos mismos tambores acompañaron el luto de los que lo lloraban, clamando: “Se ha ido nuestro padre”.
Cuando Sinán, en 1929, presentó tímidamente su emblemático libro “Onda”, publicado en Roma con los auspicios de don Manuel Roy, la crítica de entonces lo recibió con halagos, pero con cautela. No era para menos: ese “aporte juvenil y fresco” del que habló Octavio Méndez Pereira, rompía con los cánones poéticos panameños vigentes, por lo que aquel “poeta ignorado hasta ahora en nuestro medio”, como lo reconoce Demetrio Fábrega, constituía el virtual “abanderado y maestro”, según Guillermo Andreve, de un movimiento cultural del cual él era casi el único integrante.
En cambio, cuando acaeció su muerte, un 4 de octubre de 1994, los diarios la consignaron en primera plana: se nos iba Sinán, “Gloria nacional”, “El Brujo”, “El Patriarca”, o simplemente “El Maestro”. Todos esos nombres eran de él, y todos los dijimos con una voz que partía del corazón.
En cierta ocasión, a principios de los 80, en una tertulia universitaria, un joven poeta declaraba: “La mayor gloria de Sinán fue haberse atrevido a apedrear las torres de la catedral modernista”; se hizo un silencio unánime entre los congregados, que solo se interrumpió cuando otra voz dijo: “Falso: él no lanzaba piedras: convocó, sí, manos dispuestas a construir una catedral más grande y perdurable que la modernista”.
Muchas lecturas forjaron a Sinán, y entre páginas universales no le faltó interés por la producción local, de la que otros, menos ilustrados que él, reniegan. En una entrevista concedida a Jaramillo Levi (1985), en que declaró que “nuestras polillas son altamente intelectuales”, mostró conocer bien la realidad cultural del patio, y los trabajos de los escritores panameños.
Por eso lo sigo imaginando cargado de libros de quienes escribieron antes de él, con él y después de él; seguro, se sentirá regocijado porque aun ahora, cuando parecen cerrarse las ventanas, hay jóvenes que siguen las huellas que él, junto a otros grandes, dejó marcadas.
Salud y larga vida a nuestras letras, a los que las hicieron, a los que trabajan en ellas, y a los que esperan su oportunidad.
Que la palabra te acompañe.

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