Cantus Interruptus
El chatarrero
- Emiliano Pardo-Tristán *
El visitante pronto aprendería que en Madrid, y en toda España, gran parte de la vida transcurría en los bares.
El día que Calixto Canto llegó a Madrid, Máximo Amores lo invitó a tomar algo en el bar de la planta baja del edificio. Esa tarde conoció a casi todas las personas que después vería a diario. Alrededor de una semana tardó para entender aquel español extraño al que sus oídos no estaban acostumbrado. Poco a poco fue incluyendo el argot madrileño a su vocabulario y sin proponérselo hibridó su acento natal. «¿Quieres una caña?» —preguntó Máximo Amores—. «¿Una caña? ¿Qué es una caña?», —dijo. Luego fue él quien pidió las cervezas de dos en dos y en la euforia de todo aquel ambiente insólito, retomó el hábito del cigarrillo. Fumó Ducados y comparó el tabaco negro al rubio, con clara preferencia, para su gusto, del tabaco rubio. Pronto aprendería que en Madrid, y en toda España, gran parte de la vida transcurría en los bares. Era ahí donde se conocía la gente, se reunían los amigos, las familias y se citaban los enamorados.
Al día siguiente: «El chatarrerooo», lo despertó el eco de un grito ronco que rebotó en todas las paredes del apartamento antes de quedarse percutiendo entre sien y sien. Deberían ser como las seis de la mañana, el reloj aún marcaba la hora atrasada de Panamá. A la memoria le llegaron imágenes superpuestas con todos los rostros nuevos del día anterior y con cada rostro venía un tono de voz distinto al real. A todos los veía, los oía y hasta los olía al mismo tiempo, una maraña de rostros, voces y olores abstrusos, que poco a poco fue ordenando como pudo, tratando de asignarle la voz y el olor al rostro correcto. No había dormido bien y aún seguía vestido con la misma ropa del viaje. En vano trato de contar las cañas que se había tomado con Máximo Amores, porque al llegar a cierto número la cuenta se perdía y aunque volvía a empezar de cero, prestando más atención, el resultado era el mismo.
«El chatarrerooo», volvió a gritar la voz hiriente y entonces se levantó con rapidez para asomarme al balcón y ubicar al pertinaz pregonero. Lo encontró sin dificultad, un hombre de tez oscura, con sombrero, bastón y chaleco, que tiraba de un burro y el burro de una carreta en la que se veían algunos desechos de metales y otros artefactos que por el deterioro habían perdido su identidad. Era el primer gitano que veía. Desde aquella distancia de pájaro, aquel hombre podía pasar por un campesino santeño curtido por el sol y la lluvia azuerenses. «El chatarrerooo», volvió el grito a llenar la mañana madrileña.
*(Compositor y guitarrista)

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