El desfile
- Eliécer Navarro
Las gruesas gotas del aguacero comenzaron a ensañarse con los sombreros a los que doblaron sus alas y despojaron de su elegancia. Enseguida, sobre ellos se derramaron chorros que empaparon las camisillas y los pantalones de los caballeros que habían acudido a ese compromiso con la patria. Luego las gotas rebotaron de forma constante en los tembleques que adornaban las cabezas de las empolleradas, caprichosamente deformaron los cuidados peinados femeninos, para luego ensañarse con los maquillajes que disimulaban las imperfecciones, no tanto de rostros de jóvenes, pero sí de mujeres y doñas que participaban en el desfile.
La lluvia corría por los tambores y se agolpaba en los huecos de las trompetas para salir por las boquillas. Las batuteras, al verse amenazadas, resguardaban sus altas botas blancas de los charcos de agua sucia que se formaban por doquier. Y a pesar de su gallardía, las formaciones de los escuadrones de las bandas escolares sucumbieron ante el embate de las ráfagas de lluvia, que caían desde más arriba de las torres de las iglesias, y rompieron filas.
El inoportuno aguacero sembró tal caos en el comienzo del evento que nadie sabía dónde estaba su delegación. Estandartes y banderas comenzaron a deambular por las estrechas calles de la parte vieja de la ciudad que cambiaron su orden por la incertidumbre de un ejército en retirada.
Los únicos que sabían bien qué hacer eran los perros callejeros que sorteaban con gran sentido común los charcos y las miles de piernas que amenazaban con pisotearlos. Estoicamente, los animales se movieron hacia los zaguanes de las viejas casas vecinas, donde encontraron refugio, dejando indiferentes atrás el afán de los humanos. La lluvia continuaba y amenazaba con no permitir que la tradicional parada partiera.
Los que se notaban más desesperados eran los vendedores de agua que, empapados, anunciaban sus productos y eran vistos como esquimales que vendían hielo en el Ártico. Otros comerciantes informales trataban de volver a encender los fogones de asar chorizos y carnes en palitos a los que el agua había apagado. Al mismo tiempo, tenían que sortear a inspectores que pedían por certificados de salud y revisaban sus productos para constatar que no eran potenciales venenos populares. El vendedor de paraguas luchaba contra un grupo de clientes que cada vez se hacía más numeroso. Su problema no era la demanda, sino el dar vuelto a billetes de diez y de veinte dólares. Hubo un momento en que las transacciones se vieron interrumpidas y muchos siguieron mojándose por la falta de billetes de un dólar para dar vuelto.
En el ambiente reinaba un sonido distinto, igual al llanto sin consuelo de varios niños. Pero el torrencial arreció y opacó el fenómeno. Otras delegaciones civiles también se deshicieron, entre ellas, unas tan apuradas por no mojarse que insensatos voltearon un carro de raspados. Ante el desconsuelo del raspadero, el tuco de hielo rodó y se deslizó por los ladrillos de las calles haciendo tantos estragos como una bola de boliche ante una formación de bolos.
De repente, sonaron las sabrosas notas de un acordeón, a los que siguieron los golpes de un tamborito, y una caja. Más allá, un enérgico redoblante llamó al orden, y un esforzado trompetero, que quizás había podido resguardar el instrumento, se solidarizó con el llamado.
Ante la alegría y la marcialidad de la música, las banderas y estandartes sobresalieron nuevamente sobre las cabezas de la multitud que se agrupaba ante el cese del aguacero, y el desfile echó a andar, con ritmo y majestad, olvidando el caos anterior.
El sonido aquel, similar a un berrido, volvió a herir mis oídos y entonces fue cuiando vi a un pequeño y luego a otro soplar trompetas de plástico de las que salían aquellas horribles discordancias. La lluvia volvió a caer, pero nada podía detener, ya que ondeaban orgullosas las banderas que señalaron la ruta del desfile.

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