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Día D / Me bautizó la tierra

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Me bautizó la tierra

Publicado 2010/03/20 17:39:40

Con un gran estruendo cae una lámpara de la mesa de noche; después, la otra y el teléfono. Dentro de mí he dicho adiós a mi esposo, a mis hijos, a mis nietos, a mis hermanos.

Me mueven la cama en el piso 6 del Hotel Crown Plaza de Santiago de Chile. Abro los ojos y me siento. No sé dónde estoy. Son las tres de la madrugada y estaba profundamente dormida. Recapacito y pienso mientras que todo me da vueltas. Me recobro: he venido a la presentación del Diccionario. Todo se mueve. Me levanto y solamente puedo pegarme a la pared porque no puedo caminar. El movimiento, que comenzó como el de los vacíos que ocurren en el espacio aéreo, ahora va en aumento de un lado al otro, es increíblemente fuerte y no se detiene. Con un gran estruendo cae una lámpara de la mesa de noche; después, la otra y el teléfono. Dentro de mí he dicho adiós a mi esposo, a mis hijos, a mis nietos, a mis hermanos. Cada recuerdo ocupa mi memoria por un instante, porque estoy segura de que no sobreviviré. Lo peor es la soledad. (¿No hay soledad inexpugnable?)

El movimiento amaina. Debo bajar.

Rápidamente me he vestido, recojo mi pasaporte, el dinero, mi medicamento y salgo. No hay luz y no sé bien dónde está la escalera de emergencia. Giro, y allí está el botones del hotel con una luz, que me señala la salida: --Siga hasta el tercer piso, señora. En el tercer piso, otro botones me dirige a través de la cocina hasta una escalera externa: --Con cuidado, señora. Hay escombros y vidrios, pero puedo sortearlos. He llegado al patio de un costado del hotel. En la oscuridad, he visto que hay gente agrupada y entro a formar parte del conjunto, sin haber identificado a ninguno de mis compañeros. Nos señalan el camino para que nos situemos en la plaza que está delante del edificio. Allí están todos los del Congreso: españoles y americanos. “--¿Tuvo mucho miedo? –Mucho. Creí que había llegado mi última hora –dije. —Íbamos detrás de usted…” Se repetían las palabras de Neruda.

La planta del hotel ha traído la luz. Muchos entran y se ubican en el “lobby”. Unos pocos nos quedamos afuera. Me asaltan los temores. Finalmente, al amanecer, hemos entrado y estamos reunidos. Hay una variopinta indumentaria. Han colocado jugos, frutas, yogurt, galletas para el desayuno, pero mato por un café. De vez en cuando tiembla y yo lo siento. He decidido no volver a subir, y así ha sido. A media mañana me ha llamado mi hija, muy atemorizada. Nos hemos tranquilizado la una a la otra.

En resumen, dormimos tres noches en el “lobby”. Nos han traído mantas y almohadas y cada uno ha colonizado alguna silla, algún sofá o el piso, que es de todos. Subimos en las mañanas para asearnos (yo llego hasta el piso 6) y bajamos de inmediato porque sigue temblando. Ya sabemos hasta el cansancio que es así, y que las réplicas continuarán, pero no queremos volver a vivir la experiencia, sobre todo, en soledad. La Comisión inter-académica continúa trabajando en la Ortografía. Cuando sea publicada la obra nadie sabrá lo que ha significado. Finalmente, hemos partido para Valparaíso, en donde debía haberse celebrado el Congreso de la Lengua Española.

En Viña del Mar, el 4 de marzo de 2010. Frente a mis ojos colgados en un sexto piso del Hotel Sheraton Miramar, que cala las paredes de piedra de la orilla, está la bahía de Valparaíso. Las aguas marinas hacen gorgoritos de espuma que saludan un día radiante de verano. Estoy en el número 605. Todo vibra con música. Está claro que cuando no se sabe, cuando se desconoce todo, cuando no se ha sentido, alguien podría mirar a lo lejos regocijadamente, sin temores, el crucero que anuncia un viaje feliz o la lanchita que trata de alcanzar el horizonte y que baila la zamacueca. Aunque la televisión nos arrastra al desconsuelo, todavía nos queda la opción de abandonarla y decidimos visitar La Sebastiana, la casa de Pablo Neruda en este puerto, llamada así por él en honor a Sebastián Collado, constructor español de esta curiosidad. En 1959 compró Neruda la obra bruta a medias, y dio inicio a una elaboración poética de la casa. La concibió como un artefacto en movimiento y dispuso su contenido de modo que provocara efectos singulares que todavía persisten. Hemos llegado en taxi; y, andando, Valparaíso nos ha mostrado entre la luz y la sombra su línea ascendente. A medida que ha avanzado nuestro transporte, Valparaíso se mueve hacia arriba. En frente, como una pintura, la esplendorosa belleza del mar. Me parece que deseamos seguir subiendo y alejarnos de todo por encima de los techos, pero al llegar a La Sebastiana, el contenido de la casa nos obliga a plantarnos en los espacios, olores, voces, memorias, cadenas. Pablo y Matilde continúan allí. Como fruta prohibida, en el jardín hemos probado un pequeño albaricoque.

¿Es posible recordar la información que no se ha tenido nunca? ¿Es posible presentirla? Aunque en el tiempo o en la actuación del hombre y de la naturaleza haya signos y señales, nos cuesta trabajo atender el llamado, no queremos ser los advertidos. Tuve siempre la esperanza de pisar la tierra de “La zamacueca”, el cuento de Horas Lejanas (1903), del panameño Darío Herrera, y por eso, entre otras cosas y a pesar de todo, estoy aquí. Si agudizo la temporalidad, observo que un año después de aquella publicación nacía el gran Neftalí Reyes (1904) en Parral. ¿Qué dirá la prensa de hoy acerca de la golpeada Parral? ¿Qué se dirá en cien años de lo que ha pasado? El sol y el mar siguen el correr del tiempo como síntesis feliz, pero sé que hay quienes hoy sufren, y son los suyos. También son míos.

De vuelta al hotel, el anuncio. Salimos de Chile atravesando la Cordillera de los Andes. Me parece increíble la diferencia entre lo que me propongo y lo que dispone Dios, pero aquí estoy mientras que muchos otros ya no están. A las cuatro de la mañana saldremos por tierra en un busito desde Valparaíso hasta Mendoza en Argentina. No vamos al exilio como Neruda, sino al retorno. En Mendoza tomaremos un avión de Aerolíneas Argentinas que nos llevará a Buenos Aires para, finalmente, regresar a Panamá. Pero a las 12 de la noche frente al mar, otra vez el sobresalto, y yo, en el fatídico piso 6. Temblando he bajado al piso quinto, en donde el calor de los amigos me ofrece solidaridad y compañía. Tras otra conmoción decidimos permanecer en el vestíbulo con nuestros equipajes cerrados, asegurados con sombras y correas, como antes en Santiago, hasta la hora de las despedidas. Y, al fin, un beso al capitán y a su copiloto que gobiernan la situación de esta nave académica hasta vernos partir seguros hacia un destino que no es el suyo. Adiós, gracias, adiós.

Panamá, 7 de marzo de 2010.

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