Palabra de escritor
- Rodolfo de Gracia
“No me gaste las palabras no cambie el significado mire que lo que yo quiero lo tengo bastante claro”.
Mario Benedetti.
Aquí están en el mundo, revueltos con nosotros, en el mejor sentido de la palabra, estos hombres y mujeres que, dotados de una inteligencia superior, tienen una palabra llena de magia, de mundos posibles, de belleza, humanismo, verdad y optimismo.
Los escritores, los excepcionales, los que verdaderamente fueron tocados por el don de la palabra como herramienta para construir su edificio literario, los que abundan en talento, en indemostrable capacidad creativa, nos maravillan.
La mitad de la humanidad probablemente no sepa de su existencia, porque vive mareada (y enajenada) entre el espectáculo de la televisión y el fetichismo que provocan Hollywood y las grandes compañías disqueras que elevan al rango de “dioses” a artistas banales y poco venales. Espectáculos circenses, trivialidades y frivolidades dominan el gélido mundo de hoy, en el que, parodiando a Saramago (y guardando las notables distancias), me atrevo a decir que “el factor apariencia” se ha enquistado.
Aquí están con nosotros -regodeémonos en ello- García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, José Saramago, José Emilio Pacheco, Ernesto Sábato, Antonio Gamoneda, Guillermo Sánchez Borbón, Ángeles Mastreta, Rosa Montero e Isabel Allende. Ah, pero también están Daddy Yankee, Madonna, Michael Jackson y un largo etcétera local y “universal” que, inflados por la publicidad, crean una especie de universo absoluto (monopolístico) que no permite ver nada más. Y es así, de tal manera que, a no dudarlo, el “hombre moderno” de hoy (y la mujer moderna, también) habrá dedicado posiblemente diez veces más tiempo a escuchar “La gasolina” o a enterarse pormenorizadamente de las “excentricidades” de los “fetiches” hollywoodenses antes que haber leído una página siquiera de Cien años de soledad.
Honor a quien honor merece
Esta columna quiere rendir tributo a la palabra del escritor uruguayo Mario Benedetti, un hombre muy visible por su sapiencia, su destreza en el manejo de la palabra literaria, su humor fino y sagaz (también mordaz) y su sencillez lírica, su facilidad narrativa y su entrega a la literatura, arte que cultivó con fervor.
La experiencia local nos ha demostrado sobradamente lo que parece ser un mal irremediable: los pueblos en los que el quehacer cultural de más alto vuelo no significa mucho ni para los gobernantes ni para los gobernados se rasgan las vestiduras y lloran con tono elegiaco a quienes cultivan antivalores, aunque sea a través de un arte tan loable como la música. Y cuando nuestros talentos verdaderos (llámese Rogelio Sinán, Elsie Alvarado de Ricord, Roque Cordero, Lucho Azcárraga, Virgilio Ortega, Pedro Correa Vásquez, Raúl Vásquez Saénz, Jorge Conte Porras, Dora de Zárate, Alberto McKay…) nos abandonan, muchas veces el pueblo inculto ni siquiera se entera, y los medios de comunicación (a falta del sensacionalismo esperable) dedican (con suerte) unos segundos, unas líneas, a mencionar el infortunado hecho.
Ese extraordinario intelectual, poeta, cuentista, novelista y ensayista que fue Mario Benedetti (y que nos abandonara terrenalmente hace una semana) deja una estela llena de cultura, de letra para pensar y ser pensada, de ideas que germinan, de mundos posibles en la verdad de la literatura y de mirada indagadora en la realidad que nos circunda.
La voz de un escritor vale porque sus libros (palabra al fin) trascienden y permanecen.
Estamos seguros de que en el caso de Benedetti, que murió sin el Cervantes (tan merecido como tardío y postergable) esa voz se expandirá en el tiempo de quienes le hemos sobrevivido y de las generaciones venideras, aunque sean los menos.
A este poeta de talla mayor que nos decía “Hagamos un trato… yo quisiera contar con usted”, lo despedimos con su propio poema “Hasta mañana”: Voy a cerrar los ojos en voz baja/ voy a meterme a tientas en el sueño. En este instante el odio no trabaja…”.

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