Que yo no sé qué, que yo no sé cuánto
- Héctor Collado (Escritor)
En el lenguaje coloquial, mejor decir cotidiano, los panameños somos unos campeones. Las palabras en inglés se convierten rápidamente en verbos: alguien se acuerda de parquear, faxear, chatear o el recientísimo tuitear. Usamos, sin manejar necesariamente las definiciones, palabras tales como pifia para decir que algo está fuera de serie, si es elegante, “pifioso”, cuando en realidad el diccionario lo define como descuido. El buco o un superlativo rantan, pocotón (bella prótesis lingüística) para expresar cantidades excesivas de algo. Chantin para decir casa, o guial o uman, o man para identificar a una fémina. El pay es unisex, tanto se puede estar hablando de una muchacha como de un hombre y lo mejor es que se entiende…
Para nadie es un secreto que echamos mano, quizás en demasía, con la forma adverbial dizque (dice que: Al parecer, presuntamente. Dicho, murmuración, reparo). Es moneda de uso corriente escuchar en las conversaciones de los jóvenes y en repeticiones sucesivas el “dique, dique, dique” que exige del interlocutor atención porque lo que viene es una “cocoa” buena; seguido de un “que yo no sé qué, que yo no sé cuánto”, que termina de sazonar una conversación que además se matiza con gestos, ademanes, onomatopeyas y un par de “palabras santas”. Maravillas que florecen en cualquier conversación, incluso telefónica.
Nada que decir de cosa o vaina, verdaderos comodines del decir que muchas veces van acompañados del índice señalando el objeto o con la trompa de los perezosos que la alargan para señalarlo. Comerse las letras eses al final también es otra gracia. El uso, el desuso es el que obliga. Por eso hay que preguntar dos veces para saber si se habla en plural o singular. La misma letra tiene otro tratamiento cuando se dice comiste(s) bebiste(s) dormiste(s) se añade sin miramiento. El panameño al hablar es un ser mágico, por ejemplo, si necesita un plural para decir, ponga el caso: amigos, dice “frenes”.
El rompedero de cabeza de los extranjeros cuando escuchan el “boabañame”, que suena a guaba y ñame, según dan fe algunos amigos de otras latitudes es cosa de risa cuando se sabe finalmente que eso es voy a bañarme.
En verdad, no sé de dónde viene el “yo no se qué, que yo no sé cuánto” pero me encanta cuando aparece para adobar cualquier conversación. Un apartado merece “enantes”, que todavía es materia de discusión, afortunadamente, acerca de su uso entre mis amigos.

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