Siempre Benedetti
- Pedro Crenes Castro
Era 1984 y no sé por qué comencé a leer. Mi padre, español para más señas, tenía un negocio de importación de libros y revistas. De la gran cantidad de libros que había sueltos por mi casa, dos tenía un peso especial para mí. Dos poetas se disputaban con sus versos el sueño del lectorcito recién estrenado: Rafael Alberti, con su antología “Poemas del destierro y la espera”; y el otro, un tal Mario Benedetti, con “Poemas de otros”. Allí comencé a leer y comencé a escribir plagiando a Benedetti sus sutilezas amorosas del día a día. De Alberti diré otro día otras cosas. El ejemplar en cuestión es una coedición “colombo-mexicana” entre la editorial “La oveja negra” y la editorial “Nueva Imagen”. El año, 1980, pero a mis manos no llegó hasta el 84.
Benedetti ha muerto, me parecía ver a un muchacho corriendo por la calle de mi infancia y yo voy y me asomo al balcón de mi abuela para gritarle mi incredulidad en forma de pregunta pero, ¿cuándo?, “ahora” me dice si dejar de correr como la brisa del mar y me deja con el frío, con la tristeza de que ese hombre viejo que admiro se me haya marchado tan de repente sin que le diera yo la mano y nos digamos un abrazo. El muchacho es Internet; y el balcón, mi mesa de trabajo, pero la perplejidad y el frío son los mismos.
Los otros días le leí a mi hija Lucía unos versos suyos en una madrugada de insomnio infantil, “¿quieres que te lea unos poemas?, y Lucía, con sus ojos inquietos y despejados me dijo que sí y yo le susurraba “compañera/ usted sabe/ que puede contar/ conmigo/ no hasta dos/ o hasta diez/ sino contar/ conmigo”. ¿Contar?, me decía y ella comenzaba uno, dos, tres… y hasta diez y no se durmió hasta varios poemas más y algún cuentecito. Me sorprendió que ese librito de mi juventud haya viajado desde el pasado hasta hoy manoseado de lecturas y con esquinas rotas que no son primavera, esquinas dobladas señalando las preferencias del joven enamoradizo que fui.
Mario Benedetti me acompañaba en mi camino por las letras como un son lejano que rescataba la esperanza de los sueños, que cautivaba todavía las esperanzas y servía de ejemplo. Me recomendó mi amigo Jorge Eduardo Benavides una novela suya “Quién de nosotros”, te va ayudar, me dijo Jorge en “El circo” mientras conversábamos de nuestras cosas, de Benedetti, dijo, y yo la busqué y es una maravilla, me ayuda, es magisterio, es literatura.
Nos deja, se marcha para ser memoria, leyenda, clásico ahora que no está aunque estando ya lo era. Hay personas que son necesarias, que te las cruzas por la vida y te cambian, para mí Mario Benedetti es una de esas. Su obra, lo que deja, lo que en realidad es para los que no le conocimos jamás, es pura vida, porque un autor es su literatura, un poeta sus versos y la poesía nos pertenece a todos. Es un abrazo eterno que se quedará con nosotros más allá de la muerte.

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